El candado de Hipólito

A las doce y veinte, Berta Lucero acomodó el micrófono con el dorso de la mano, como hacía desde hacía treinta y cuatro años, y se dio cuenta de que ya no tenía nada más que acomodar. La mesa estaba limpia. Había llevado el termo y el mate, la lapicera Bic con la tapa mordida, y la carpeta de tapas verdes donde se anotaban los avisos del día. Esa carpeta se quedaba en la radio. El papel doblado en cuatro que traía en el bolsillo del cardigan, no.

Afuera, el viento del sur levantaba arena fina de los médanos y la tiraba contra la ventana. En el Valle Argentino, octubre huele a caldén mojado cuando llueve y a polvo cuando no, y ese mediodía olía a polvo. Desde la cabina se veía la antena, el techo de chapa del corralón de enfrente y un perro echado en la sombra de un Ford F-100 sin ruedas.

—Faltan diez, Berta —dijo Ramiro por el vidrio. Era el técnico, tenía veintitrés años y usaba auriculares que le daban un aire de piloto—. ¿Todo bien?

—Todo bien. Andá a tomarte algo, que yo me arreglo.

—Es tu último día.

—Por eso mismo. Andá.

Ramiro se fue. Berta sacó el papel y lo alisó contra la mesa. El renglón de arriba decía, con letra de lápiz tinta, apretada: Para que lo lea Berta cuando yo no esté. Hipólito Maldonado, puesto de la laguna.

Había llegado en 1994, un invierno de heladas negras. Lo trajo un camionero que paraba en el bar de la ruta y que dijo que el viejo se lo había dado a la salida de la ruta, sin explicar. Berta lo leyó esa misma tarde y no lo pasó. Hipólito vivía solo, a cuarenta kilómetros por camino de tierra, cerca de la laguna Utracán, con cabras, un caballo ciego de un ojo y una radio a pilas que sintonizaba LU a las doce y media en punto. Tenía una hija, Rita, que se había ido a Bahía Blanca a los diecinueve y no volvió. Y el papel pedía que se leyera cuando él no estuviera. Pero el viejo estuvo muchos años más. Cuando por fin murió, en 2009, Berta ya había dejado pasar tanto tiempo que leerlo le pareció una grosería, como contestar un telegrama con quince años de atraso.

Lo guardó en el cajón, entre las cintas y los fusibles. Lo cambió de lugar tres veces. Esa mañana lo sacó del cajón y se lo puso en el bolsillo sin pensar.

La luz roja se encendió.

—Buenas tardes en el Valle, en los puestos y en los parajes —dijo, con la voz de siempre, un poco más grave que la de afuera—. Es la hora de los mensajes al poblador. Hoy, viernes, no hay muchos. Los Aguirre avisan que el camión de la cooperativa pasa mañana a las nueve, no a las siete, por el estado del camino. La escuela de Quehué recuerda que el acto es el miércoles. Y la señora de Pereyra pide que alguien le acerque, cuando pueda, una garrafa a la tranquera del campo de los Sosa.

Leyó los demás avisos, uno por uno, con la calma de quien sabe que cada uno es una persona esperando junto a un aparato. Cuando terminó, miró el reloj de pared. Eran las doce y cuarenta y dos. Respiró.

—Y ahora, para cerrar, un mensaje que quedó pendiente desde hace mucho. Lo escribió don Hipólito Maldonado, del puesto de la laguna, y me pidió que lo leyera cuando él no estuviera. Tardé en hacerlo. Pido disculpas.

Se aclaró la garganta. El papel temblaba apenas.

—Dice así: Rita, hija. Si estás escuchando, es que ya me fui y yo no pude decírtelo. Nunca le puse candado a la tranquera. Lo compré, pero lo dejé colgado de un clavo adentro del galpón. Cada noche pensé que a lo mejor volvías de madrugada y no quería que tuvieras que gritar para que te abrieran. El caballo se llama Manchado. Los cabritos se venden bien en diciembre. No te pido que vengas. Te aviso nomás que está abierto.

Se quedó en silencio, dos segundos, tres, que en la radio son una eternidad y que Berta siempre había aprendido a evitar. Después dijo:

—Eso es todo. Hasta mañana. O hasta nunca, para mí, que me jubilo. Gracias por escucharme todos estos años.

Apagó el micrófono. Se sacó los auriculares. Del otro lado del vidrio, Ramiro había vuelto y la miraba con la boca un poco abierta, y detrás de él, en la mesa de recepción, el teléfono empezó a sonar.

No sonaba mucho, ese teléfono. Berta atravesó la cabina, levantó el tubo y dijo “Radio, buenas tardes”.

Al principio solo hubo viento del otro lado, y un motor, y alguien que respiraba. Después una voz de mujer, grande, de esas voces que tienen cuarenta años de ciudad encima y todavía una vocal del campo escondida:

—Yo estaba en la ruta. Paré en la banquina cuando dijeron el nombre. —Hizo una pausa—. ¿Usted sabe si el puesto sigue en pie?

Berta miró por la ventana. El perro se había levantado y se sacudía el polvo, y al fondo, más allá de los médanos que nadie le había dibujado nunca, se veía una línea oscura de caldenes y, abajo, el brillo gris de agua.

—Sigue —dijo—. Tiene el techo flojo, pero sigue. Y la tranquera, señora, está abierta.

Del otro lado cortaron. Berta colgó despacio. Después agarró la carpeta verde, la dejó en el centro de la mesa y apagó la luz de la cabina, y por la ventana vio levantarse, a lo lejos sobre la ruta, la primera nube de polvo de una camioneta que daba la vuelta.

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