A las nueve de la noche, Teodoro Kovalchuk todavía no había encendido el fuego y ya le dolía la espalda de mirarlo apagado.
El barbacuá del fondo de la chacra, en las afueras de Apóstoles, era un techo de chapa sobre postes torcidos, con el hogar abajo y el catre de varas arriba, negro de tres generaciones de humo. Hacía seis años que nadie lo usaba. La hoja de la familia iba directo al secadero de cintas de la ruta, y de ahí a los paquetes que Teodoro compraba en el supermercado como cualquiera.
Esa tarde, sin embargo, había salido con la tijera al yerbal viejo, los doce plantas que había puesto su abuelo Mykola cuando llegaron los polacos y los ucranianos, y había cortado una sola ponchada. Ahora estaba ahí, atada en las cuatro puntas, en el piso de tierra, oliendo a hoja verde y a tarde de octubre. La yerba se sapecaba antes de las veinticuatro horas de cosechada, o se echaba a perder. Eran las nueve. La había cortado a las tres. Le quedaban seis horas, y la leña de la semana estaba empapada por la lluvia.
Solo tenía seca la pila que guardaba bajo la chapa, la que usaba para el asado de fin de año. La sacó rama por rama, la acomodó en el hogar con papel de diario encima, y prendió. El fuego tomó con ganas. Teodoro se sentó en un banquito de madera a mirarlo, con las manos entre las rodillas.
Había una sola razón por la que hacía eso, y venía en el último colectivo de Posadas, si es que venía. Lena, su nieta, tenía diecisiete años, un celular que nunca soltaba y una opinión firme sobre la chacra: después de la Fiesta de la Yerba Mate, en noviembre, la familia la iba a vender. Era una decisión de los grandes, y Teodoro no había dicho que no. Pero le había escrito a Lena un mensaje con mucha torpeza: «Mañana a la madrugada hago yerba como la hacía el abuelo. Si querés venir, ahí estoy». Ella había contestado con un pulgar. Nada más.
A las diez y media, el humo ya subía parejo por entre las varas del catre. A las once menos veinte, Teodoro oyó pasos en la picada, y después una linterna de celular, que bailaba entre los árboles.
—Abuelo. El colectivo me dejó en la ruta y vine caminando. Había un perro.
—Es el Pirulo. No muerde.
—Ya sé que no muerde. Me siguió dos kilómetros.
Lena dejó la mochila en el piso. Tenía zapatillas blancas y las miró con tristeza, ya manchadas de tierra colorada. Miró también el techo ahumado, el catre, el hogar que ardía.
—¿Esto es lo que hay que ver?
—Esto es lo que hay que hacer —dijo Teodoro—. Ver, ya viste.
Le alcanzó una horquilla larga, de las que se usan para pasar las ramas por el fuego, y desató la ponchada. Una de las cosas que sabía, sin que nadie se la hubiera explicado nunca, era cuánto tiempo aguantaba la hoja sobre la llama: treinta segundos, no más, y después había que sacarla.
—Agarrás un puñado de ramas. Pasás rápido. Cuando oís que estalla, es que está.
Lena lo hizo mal la primera vez, y la segunda, porque tenía miedo de acercarse. A la tercera, metió el brazo de lleno. Las hojas reventaron con un crepitar seco y parejo, como pochoclo en una olla tapada, y un olor nuevo subió de golpe, entre dulce y quemado, un olor que Teodoro conocía desde antes de saber hablar.
—¡Abuelo, suena!
—Siempre sonó.
—No, pero suena de verdad. —Se rio, con la cara roja del calor—. Pensé que era como un modo de decir.
Trabajaron una hora así, ella pasando y él acomodando lo sapecado sobre el catre, con las manos negras de ceniza. A medianoche, Lena ya le discutía cómo se agarraba la horquilla. A la una, se quedó callada, mirando las brasas, y preguntó:
—¿Cuánto tarda en estar lista?
—El secado lleva toda la noche y un buen pedazo de la mañana. Hay que mantener el fuego, ni muy fuerte ni muy flojo. Y después se canchan las hojas, se muelen a golpes. Mi abuelo lo hacía con un palo envuelto en arpillera.
—¿Y vos?
—Yo lo hacía igual, hasta que vino la cooperativa.
No dijo más. Lena tampoco. Se turnaron para cuidar el fuego, cada uno con su manta, y a eso de las cuatro ella se durmió sentada contra un poste, con la capucha puesta y el olor del humo en el pelo.
A media mañana, con el sol ya alto sobre la chapa, Teodoro sacó un puñado de hoja seca del catre y la golpeó con el palo sobre una arpillera, hasta dejarla en trozos del tamaño de una uña. La puso en el mate de calabaza que había traído de la cocina, y calentó el agua en la pava ennegrecida, sin dejar que hirviera.
Le cebó el primero a ella.
Lena lo tomó con las dos manos, probó despacio, y se quedó pensando.
—Sabe a humo.
—Sí.
—Pero no feo. Sabe a… —Miró alrededor, el hogar, el catre, los postes oscuros—. Sabe a este lugar.
Teodoro no contestó. Guardó lo que sobraba en una bolsa de nailon, la cerró con un nudo, y Lena sacó un marcador de la mochila y escribió en la bolsa, con su letra redonda de colegio, la fecha de ese día.
No dijo si iban a vender o no. Dijo que el sábado volvía, que había que limpiar el hogar antes de que se acumulara la ceniza, y que se iba a traer otras zapatillas.
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