Negro de humo

El galpón olía a pintura fresca y a naftalina, y a esa hora de la tarde, con las chapas hirviendo, también a pluma caliente. Zulema Barrientos levantó el espaldar de la percha con las dos manos, como se levanta a un chico dormido, y lo apoyó sobre la mesa larga.

Tenía sesenta y ocho años, cuarenta y tres de ellos en los talleres que rodean el corsódromo, sobre la calle Estrada, donde antes había vías y ahora hay comparsas. Había cosido trajes, pegado lentejuelas, emplumado bastoneras. Pero desde hacía unos años su tarea era otra, la que nadie quería: teñir de negro las plumas que ya no daban más.

—Es la última, Zule —dijo Mauro, el director, parado en la puerta con el celular en la mano—. Después de esta ya no queda nada de lo viejo. Faltan tres semanas para el primer sábado y los espaldares nuevos todavía no tienen ni la mitad de las plumas.

—Ya sé.

—Teñila hoy así se seca el fin de semana.

—Ya sé, Mauro.

Él se quedó un segundo de más, quiso decir algo, y se fue. Zulema oyó sus zapatillas alejarse por el pasillo, entre los rollos de tela y las estanterías de gemas de plástico que llegaban hasta el techo.

El espaldar era de los primeros de la comparsa. Hierro finito, soldado a ojo, con varillas que se abrían en abanico. Las plumas de gallo blanco se habían puesto amarillentas, quebradas en las puntas, y entre ellas, más largas, quedaban nueve de faisán que alguna vez habían sido de un blanco azulado. Cada una se compraba por centímetro. Nadie tiraba una pluma en esa casa; cuando llegaba a su final, se teñía de negro y volvía a la pasarela, porque el negro era el color de lo que ya había dado todo y todavía servía.

Puso la olla sobre la hornalla de la pieza del fondo. Midió el tinte con la tapa de un frasco, como le había enseñado la Chola, que había sido su jefa y que ya no estaba. El agua empezó a hacer ruido. Zulema volvió a la mesa, tomó la primera pluma de faisán por el cañón y la dobló apenas a contraluz, para ver cuánta vida le quedaba.

Fue en la sexta que encontró el hilo.

Era un hilo rojo, de coser, atado en el cañón, justo debajo de donde nacían las barbas. Un nudo doble, apretado, de los que ella hacía sin pensar. Se quedó mirándolo. Sintió que el galpón entero se achicaba hasta ser solo esa mesa.

Había sido en el 81, el verano en que la comparsa desfiló por primera vez con espaldares propios. Ella tenía veintitrés años y una hermana, Nélida, de diecinueve, que bailaba en el tercer cuerpo y llevaba justamente este espaldar, el más liviano de todos. Zulema le había atado un hilo rojo a la pluma más larga, a escondidas, para que nunca se perdiera de vista entre tanto blanco. «Así te encuentro desde la tribuna», le había dicho.

Nélida se había ido a vivir a Rosario en el 90, y después a Neuquén, y hacía once años que no se veían más que por videollamada, con el teléfono apoyado contra el frasco del azúcar.

El agua hirvió. Zulema apagó el fuego.

Se sentó. Pensó en Mauro y en las tres semanas, en las plumas nuevas que todavía venían en bolsas desde afuera, en lo que costaba cada una. Pensó que el hilo no iba a aguantar el tinte, que el rojo se iba a ir con el agua, que una pluma negra era una pluma negra y que nadie en la tribuna iba a mirar un nudo.

Tomó la pluma con el hilo, la apartó y tiñó las otras ocho. Una por una, con la pinza, las sumergió hasta el cañón y las sacó chorreando, y las colgó boca abajo en la soga del fondo, donde se escurrían contra el piso de cemento sin hacer ruido. Quedaron negras, brillosas, serias. Eran lindas, para qué negarlo.

La novena la guardó en el bolsillo del delantal.

A las ocho, Mauro volvió con dos medialunas y un termo.

—¿Terminaste?

—Casi.

Él miró el espaldar, las ocho plumas negras, el hueco. Zulema esperó el reproche. Mauro sirvió el mate, lo probó, hizo una mueca por lo lavado, y le pasó el primero.

—Dejalo así —dijo—. Que una quede blanca. En la entrada del tercer cuerpo, que se vea desde la tribuna.

—Nadie va a mirar una sola pluma.

—Yo sí.

Zulema bajó la vista al mate. Lo tomó despacio, hasta que el agua hizo ruido en el fondo del termo. Después sacó la pluma del bolsillo, la ató de nuevo al abanico con un nudo doble y la dejó asomar, larga, sobre las otras ocho. El hilo rojo quedó a la vista, apenas, como una vena.

Esa noche, de vuelta en su casa, abrió la videollamada con el teléfono apoyado contra el frasco del azúcar.

—Nélida —dijo—. Mirá para el sábado de carnaval. Vení a buscarme a la tribuna, que esta vez soy yo la que te hace una seña.

Del otro lado hubo un silencio largo, de esos con señal débil, y después una risa que se cortó y volvió.

—¿Todavía está ese hilo?

—Todavía.

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