Los espejitos estaban en una lata de galletitas Lola, entre botones sueltos y un dedal abollado. Eusebia Colque los volcó sobre el hule de la mesa y los fue separando con la uña: los redondos a un lado, los cuadrados a otro, los rotos al fondo. Contó cuarenta y uno. Para el pecho del traje le faltaban cuarenta.
Era jueves de tarde en Tilcara y el sol ya había pasado el filo del cerro. Desde la ventana de la cocina se veía el cauce seco del Huasamayo, con los chicos pateando una pelota sobre las piedras. El sábado, el desentierro. Antes de las seis, el traje tenía que estar colgado en la casa de la comparsa.
El traje era de Anselmo. Hacía dos años que Anselmo ya no bajaba del cerro con la máscara puesta, y hacía dos años que Eusebia, cada febrero, le sacaba el polvo al traje, le cambiaba un hilo, le repasaba una costura, y volvía a guardarlo en la bolsa de arpillera, como si el dueño estuviera por llegar de un viaje. Este año, el presidente de la comparsa había ido a verla. Se sacó el sombrero en la puerta. Dijo que faltaba un diablo y que el traje de Anselmo era el único que quedaba.
—Ese traje no se presta —había contestado ella.
—No se presta, doña. Se baila.
Lo dejó pensando. Y mientras pensaba, sacó el traje de la bolsa y vio que a la cintura le faltaban espejitos, justo donde Anselmo se había sentado tantas veces a descansar contra la pared de adobe. Para eso había abierto la lata.
Cosió hasta que se hizo de noche. Cada espejito llevaba cuatro puntadas en cruz con hilo de pescar, porque con hilo común se aflojaban con el salto. Tenía los dedos duros, la aguja le resbalaba, y cada tanto ponía el traje contra la lámpara para ver cómo le devolvía la luz a las paredes de la cocina. Una constelación de puntitos temblaba sobre la cal.
A las nueve llegó Yanina, su nieta, con la mochila del colegio y olor a ómnibus. Venía de Jujuy a pasar el fin de semana largo. Tenía dieciséis años y la costumbre de entrar en la cocina sin saludar, directo a destapar las ollas.
—¿Eso es del abuelo?
—Es del abuelo.
—¿Quién lo va a bailar?
—Nadie. Lo estoy arreglando.
Yanina agarró la manga y la estiró contra su brazo. Era una manga larga, ancha, de hombre que había cargado bolsas de papa toda la vida. Le llegaba hasta la punta de los dedos y sobraba un puño entero.
—Abuela, a mí me va a quedar grande.
—¿A vos? Yo no dije que a vos.
—No. Yo digo, por si acaso.
Se quedaron calladas. En la calle pasó una camioneta con parlantes, probando un carnavalito, y se cortó en la esquina. Eusebia siguió con la aguja. Yanina se sentó enfrente y empezó a separar los espejitos rotos del fondo de la lata, sin que nadie se lo pidiera, con la uña, igual que ella.
—Con estos se puede hacer el borde de la capa —dijo—. Si los cortás más chicos.
—No se cortan. Se rompen.
—Bueno, se rompen derechos.
Eusebia no contestó. Cerca de la medianoche se levantó, buscó las tijeras grandes, las de cortar paño, y las dejó sobre el hule, al lado del traje. Se quedó mirándolas un rato, con las manos en la cintura.
—Parate —dijo.
Yanina se paró. Eusebia le tomó las medidas con la cinta de modista, la que Anselmo le había regalado cuando se casaron y que ya tenía los números gastados de tanto uso. Hombros, brazo, cintura, largo de pierna. Lo anotó todo en el margen de un diario viejo.
Después dobló la manga por la mitad y cortó.
El ruido de la tijera en la tela fue seco y corto, como un hueso. Eusebia respiró hondo y siguió con la otra manga. No miró a su nieta. Fue achicando el traje de a poco, con las puntadas flojas de un costado, con paciencia, mientras Yanina le alcanzaba los alfileres y el café le humeaba frío en la taza. Hacia las tres, la capa tenía el borde nuevo hecho con espejitos rotos, cortados derechos.
El viernes no hablaron del tema. El sábado, a media tarde, Eusebia ayudó a su nieta a ponerse el traje y la máscara en la casa de la comparsa, entre sahumerios y talco y gente que se abrazaba sin motivo. Le ajustó el cinturón. Le acomodó la capa. Le dijo que no se parara contra la pared, que se iba a ensuciar.
A las seis, los anateros empezaron a tocar del otro lado del río. Se oyó la anata, aguda y cuadrada, y de golpe bajaron los diablos por la ladera, saltando, sacudiéndose, entre la espuma y la gritería de la gente. El sol de la tarde pegó de lleno en el último que bajaba, el más chico, y el pecho entero se le encendió. Los espejitos mandaron la luz para todos lados: a la cara de los que miraban, a las paredes, al cielo.
Eusebia se quedó abajo, entre la gente, con talco en el pelo. Se sacó el pañuelo y no supo qué hacer con él. Una mujer a su lado le preguntó de quién era ese diablo. Ella tardó en contestar.
—Es de Anselmo —dijo. Y después, porque no alcanzaba, agregó—: Y mío.
Uno de los espejitos le mandó un destello directo a los ojos. Eusebia los entrecerró, sonrió, y no corrió la cara.
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