Cinco ciclos abajo

El piano del club estaba contra la pared de Lugones, entre un tablero de básquet plegado y una pila de sillas de plástico, y Delia Sabatini ya le había sacado la tapa de arriba y la de abajo. Adentro olía a madera vieja, a fieltro y a una mezcla de cera y humedad que ella reconocía con los ojos cerrados. Eran las tres de la tarde del viernes. Mañana, a las diez y media de la noche, esa cancha iba a llenarse de mesas, de trajes planchados y de gente que no perdona un compás.

Puso la tira de paño sobre la octava del medio, clavó las cuñas con mango en los extremos y tocó el la. Después sacó el diapasón del bolsillo del delantal, lo golpeó contra la rodilla y lo apoyó en la madera de la caja. Las dos notas se pelearon un segundo. El piano estaba bajo, como siempre, y ella ya sabía cuánto: la llave de afinar, con la boca estrellada del número dos, estaba en su mano antes de que lo pensara.

—¿Cómo lo ves? —preguntó Hugo, el presidente del club, que cruzaba la cancha con una caja de vasos descartables.

—Como a todos los pianos de club. Se cansó.

—Mañana toca Evaristo. Con el bandoneón. Vino hoy para probar el sonido y me dijo que quería hablar con vos.

Delia levantó la vista. Hacía once años que no veía a Evaristo Lamas, desde el velorio de Beto. Beto había tocado el bandoneón en el mismo cuarteto, y ella le afinaba el piano a toda la gente de Villa Urquiza que tuviera uno, pero nunca había querido tocar nada con su marido. Decía que ella escuchaba demasiado.

Evaristo apareció por la puerta del buffet con el estuche en las dos manos, como quien carga una olla caliente. Tenía ochenta y cuatro años y el saco de los sábados. Se sentó en una silla de plástico, abrió las hebillas y sacó el fuelle. Era un instrumento negro, de nácar gastado en los botones, con una etiqueta alemana casi borrada en un costado.

—Es el de tu marido —dijo—. Me lo dejó Beto. Bueno, me lo dejaste vos.

—Te lo dejé yo.

—Tengo un problema, Delia. Este bandoneón está bajo. Lo toqué cincuenta años y siempre estuvo así. Las lengüetas son lo que son, no se las puede mover sin sacarles el alma. Con la orquesta de cámara que vino el año pasado tuve que tocar todo desviado, un papelón. Y ahora el piano del club, que no se afina desde la inundación, ni siquiera me acompaña. Quiero tocar mañana una sola milonga con piano. Una. Y que suene.

Hugo se aclaró la garganta.

—Delia, yo te pago el afinado normal, a 440, como corresponde. Si dejás el piano raro, después viene el sobrino de alguien con el celular, abre una aplicación y dice que desafinamos.

—La aplicación no escucha —dijo Delia—. Mide.

Evaristo apretó el fuelle y tocó un la. Delia puso el diapasón a la par, y ahí estaban, clarísimos, los batidos: una pulsación lenta, lenta, como un latido de pájaro, de cuatro o cinco ciclos por segundo de diferencia. Cinco ciclos en la cuarta octava no eran nada para un oído apurado. Eran todo para dos instrumentos que van a tocar juntos una noche entera, frente a gente que sabe hasta qué pie va adelante.

—Bajarlo es más difícil que subirlo —dijo ella, casi para sí—. Hay que aflojar todas las cuerdas, y el piano no quiere. Después vuelve para arriba solo.

—¿Cuánto te lleva?

—Toda la tarde. Y mañana a la mañana, otra vez, porque va a volver.

Hugo miró el reloj de pared de la cancha y se encogió de hombros.

—Hacé lo que tengas que hacer. A mí me tiene que sonar bien.

Evaristo se quedó. Nadie se lo pidió y él no lo propuso. Se sentó con el bandoneón sobre las rodillas y tocó, cada tanto, el la, sin música, para que ella tuviera dónde apoyarse. Afuera, por Lugones, pasó un colectivo que hizo temblar el vidrio de la ventana alta. Delia fue de clavija en clavija, un milímetro por vez, como decía el viejo Ferrara que le había enseñado el oficio, y de a poco las tres cuerdas de cada nota fueron aflojando juntas hacia ese la bajo y particular que ya no existía en ninguna tabla.

A las siete y media tenía el temperamento armado. Evaristo tocó una escala, torpe, con los dedos duros. Después tocó el comienzo de una milonga, y Delia, sin darse cuenta, puso la mano izquierda en las teclas graves y acompañó. Era la primera vez en su vida que tocaba con el bandoneón de Beto. Los batidos habían desaparecido. Quedaba solamente el sonido, redondo, un poco más oscuro de lo que decía el manual, y ese sonido tenía el mismo temblor del fuelle cuando se abre.

—Suena igual que antes —dijo Evaristo.

—No suena como antes. Suena como él.

Él no dijo nada. Cerró el estuche con cuidado y se fue caminando por Lugones hacia la parada, con el saco abotonado hasta arriba.

Al otro día, a las once y diez de la noche, Delia estaba en una mesa del fondo, con un vaso de gaseosa y los zapatos de salir apoyados en el travesaño de la silla. El piano había bajado un poco más durante la noche, como ella temía, y a las diez de la mañana había tenido que volver a tirarle de las clavijas. Ahora nadie lo notaba. Las parejas iban y venían sobre las líneas blancas del básquet, bien cerca, sin hablar, caminando la milonga con una atención que pocas veces se ve en otra parte.

Ninguna aplicación, ninguna pantalla, ningún sobrino. Solo un piano afinado cinco ciclos abajo de lo correcto, y un bandoneón que por primera vez en cuarenta años no tenía que pedir perdón.

Cuando terminó la tanda, Evaristo levantó el fuelle hacia el fondo de la cancha, sin buscarla. Delia dejó el vaso sobre la mesa y, bajito, sin que nadie la escuchara, tarareó el la.

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