Lo bueno se hace esperar

Anselmo Pascuali llegó al Abasto a las seis y media, con el cajón de pinceles bajo el brazo y el olor a verdura mojada pegado a la ropa. Los puestos de la calle Anchorena ya estaban abiertos. Cajones de tomate, bolsas de papa, un pibe que gritaba «¡lechuga, lechuga!» como si le debiera plata.

Al fondo, contra la pared del galpón, esperaba el carro de Teodoro Lamas. Un carro verdulero de tablas largas, con las varas apoyadas en el suelo y una lona doblada encima. Hacía cuarenta años que lo arrastraba un tordillo llamado Lucero, y hacía cuarenta años que Anselmo lo mantenía fileteado.

—Llegaste —dijo Teodoro. Tenía las manos metidas en los bolsillos del guardapolvo y no miraba a Anselmo. Miraba el carro.

—Me mandaste a llamar. Acá estoy.

—Es por lo de la ordenanza.

—Ya sé lo de la ordenanza. Lo sabe toda la calle.

Desde ese año los carros a sangre no podían circular más por la Capital. Los de la leche, los del pan, los de la verdura, todos iban a parar al corralón o a la leña. Teodoro había comprado un camión usado, un Dodge verde, medio flaco de chapa, que esperaba a unos metros con el capot abierto como una boca.

—Quiero que me pases la tabla —dijo por fin Teodoro.

Anselmo se agachó junto al costado del carro. Ahí estaba, bajo la mugre del último invierno: la tabla grande, de casi dos metros, con sus acantos enroscados, la guirnalda de flores en las esquinas, las cintas en espiral que había dibujado en 1931, cuando todavía le temblaba el pulso por el examen con el viejo Brunetti. En el centro, en letras de molde con sombra, la frase: «Lo bueno se hace esperar».

—No se pasa una tabla a un camión —dijo Anselmo—. El camión tiene otra forma. Otra chapa. La pintura sintética no agarra igual.

—Entonces pintala de nuevo.

—Teodoro.

—Pintala de nuevo, pero igual. Con la frase. Con la guirnalda. Con todo.

Anselmo se sacó el sombrero. Dentro de la cinta guardaba, desde siempre, un trocito de tiza. Con eso empezó: midió con el palmo el costado del Dodge, tanteó la chapa con la uña, y supo que la cosa era menos imposible que fea. Había que adaptar. El camión era alto y corto donde el carro era bajo y largo. La guirnalda tendría que subir. La frase, en cambio, no cabía en una línea.

Le pidió a un changarín un cajón para sentarse y trabajó toda la mañana. Pasó una lija fina por la chapa, la limpió con aguarrás, dio el fondo de color crema. Mientras tanto Lucero, atado al poste, resoplaba y miraba el camión de reojo. A media mañana Teodoro le trajo un pan con salame, y Anselmo comió con los dedos manchados de ocre.

—¿Sabés qué es lo que me pesa? —dijo Teodoro—. No es el caballo. El caballo se va a ir a una quinta de Mercedes, un primo mío lo recibe. Es que la gente me conoce por el carro. Las señoras me dicen «el del tordillo». Si llego en camión, ¿quién soy?

—El mismo verdulero.

—Sin la tabla, no.

Anselmo no contestó. Cargó el pincel de pelo largo, ese que tenía desde que murió su maestro, con rojo bermellón, y trazó la primera espiral sobre la puerta del acompañante. Después el verde, para las hojas. Después, con paciencia, el amarillo de las flores. El filete tiene eso: parece que cada línea se fuera a escapar, y de golpe se cierra sobre sí misma, justo donde tiene que cerrarse.

A la tarde le dio las luces. Mezcló negro con barniz, el yapón, y fue sombreando cada cinta para que se levantara del fondo como si estuviera de verdad enrollada. Los changarines se fueron arrimando de a uno. Nadie dijo nada. Un pibe preguntó si eso se borraba con la lluvia y Anselmo dijo que no, que esa pintura aguantaba más que muchos matrimonios.

Al final llegó la frase. La había partido en dos para que entrara en el panel de la caja: arriba, «Lo bueno», y abajo, más chico, «se hace esperar». Dudó antes de la última letra. Pensó en el 31, en el viejo Brunetti mirándole la mano por encima del hombro, diciéndole que el filete no se firma, que se nota.

Cuando soltó el pincel ya había luz de farol. Teodoro caminó alrededor del Dodge con las manos atrás, despacio. Se detuvo frente a la puerta y estuvo mucho rato sin hablar.

—Está igual —dijo.

—No está igual. Está en otro lado.

—Eso quise decir.

Desataron a Lucero y lo llevaron hasta el camión. El tordillo olió la chapa fresca, estiró el cuello hacia las flores y las rozó con el hocico, apenas, sin llegar a tocarlas. Anselmo contuvo el aliento. Una huella de hocico en el esmalte fresco hubiera sido el final de la tarde.

Lucero resopló, sacudió la cabeza y se dejó llevar.

A la mañana siguiente, Teodoro arrancó el Dodge con el motor tosiendo y salió despacio por Anchorena, con las cajas atrás y la guirnalda al sol. Una señora que esperaba con la bolsa se corrió de la vereda, levantó una mano y le gritó, riéndose:

—¡Teodoro! ¡Ahora sí que se hizo esperar!

Anselmo lo vio doblar en la esquina desde la puerta del bar, con el café en una mano y los pinceles limpios en la otra. Las flores se alejaron por la calle, tan chicas ya que no se distinguía una de otra, y brillaron un segundo más antes de perderse en la mañana.

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