Pan para ochenta

La harina llegó a las nueve de la noche en una carretilla, y Haydée Gallo la recibió como se recibe a un pariente que viene a pedir algo. Era una sola bolsa de cincuenta kilos, de la que había dejado la cooperativa de Bahía Blanca, y con eso tenía que alimentar al comedor de la huelga hasta el viernes.

Hacía tres días que los estibadores de Ingeniero White habían parado. El miércoles 19 de octubre de 1966 no se había movido una sola bolsa en los muelles, y desde entonces las grúas quedaban quietas contra el cielo y el viento del sur entraba por las calles de tierra sin nadie que lo discutiera. Las mujeres habían armado una comisión, y la comisión había armado una olla, y la olla había terminado en el galpón de la sociedad italiana, que tenía el único horno de barro del barrio.

—Haydée, el cuñado de la Tota dice que el horno no pasa de los cuarenta panes por tanda —dijo Elsa, que llevaba la lista de las familias en un cuaderno escolar.

—Entonces hacemos cinco tandas.

—Son las nueve.

—Ya sé qué hora es.

Lo que Haydée quería, y no se lo había dicho a nadie, era que el pan saliera como el de su madre. Nada de tortitas flacas de apuro ni de bollos duros para mojar en el mate cocido. Quería el pan de corteza fina que su madre hacía en Piamonte, donde había aprendido, y que había hecho una sola vez en White, para el casamiento de Haydée, en un horno que ya no existía. Su marido, Aurelio, estaba preso desde el lunes en la comisaría de Bahía Blanca, junto con otros cinco dirigentes. Ella pensaba que, si el pan salía bien, de algún modo se iba a enterar.

Amasaron hasta pasada la medianoche. Las manos de las mujeres se iban poniendo blancas hasta el codo, y en el galpón olía a levadura, a leña de eucalipto y a humedad de río. Afuera, a lo lejos, los elevadores de granos se veían apagados, enormes, con una sola luz roja en lo alto.

A las dos de la mañana salió la primera tanda. Haydée sacó una hogaza con la pala, la golpeó con los nudillos por abajo y la oyó sonar hueco. Se quedó un momento con el pan en las manos, calentándose.

—Está —dijo.

—¿Está bien o está?

—Está.

Elsa lo partió y lo olió antes de probarlo, como si fuera a firmar algo. Después se lo comió en silencio, parada, con las migas en el delantal.

A las tres, cuando iban por la tercera tanda, golpearon la puerta del galpón. No era un golpe de vecino. Eran tres golpes secos y espaciados, de alguien que no está seguro de que le abran. Haydée se limpió las manos en el trapo y fue ella.

Era un muchacho de unos veinte años, flaco, con una campera de lona demasiado grande y la gorra en la mano. No era de White. Haydée lo supo por los zapatos, que eran de calle.

—Señora, disculpe —dijo—. Me mandaron a trabajar al puerto. Me dijeron que había que cargar y que pagaban doble. Llegué en el tren de las once y no hay nadie, y no sé dónde dormir.

Haydée lo miró de arriba abajo. Sabía qué era. En el barrio les decían krumiros, y a los pocos que habían llegado se los habían pasado de boca en boca como se pasa un mal olor. Detrás de ella, Elsa había dejado de hablar.

—¿Cómo te llamás?

—Ismael.

—¿Comiste, Ismael?

El muchacho no contestó. Miró el piso, y después, sin querer, miró el pan que se enfriaba en la mesa larga, con el vapor subiendo en hilos delgados bajo el foco.

—Entrá —dijo Haydée.

—Haydée —dijo Elsa, bajito.

—Entrá, que hace frío.

Lo sentó en un banco, lejos de la puerta, y le puso adelante una hogaza entera y un jarro de mate cocido. Ismael comió con la cabeza baja, despacio al principio y después como quien llevaba un día sin hacerlo. Las mujeres lo miraban de reojo y seguían amasando. Nadie le dijo nada, y eso, en el galpón, pesaba más que si le hubieran gritado.

Cuando terminó, Haydée se sentó enfrente.

—Te mandó alguien que te dijo que había trabajo. Ahora ya sabés por qué no hay nadie.

—Sí, señora.

—Mi marido está preso por pedir que no los echen a todos. Vos tenés hambre y yo tengo pan. Son dos cosas que no tienen nada que ver, y por eso te di de comer.

El muchacho levantó la vista. Tenía los ojos rojos de tanto viento.

—Mañana a la mañana hay un colectivo a Bahía a las seis —siguió ella—. Si te vas en ese, yo no te vi. Si te quedás a trabajar al muelle, te vieron todas las que están en esta mesa, y las vamos a ver siempre.

Ismael apretó la gorra. No dijo que sí ni que no. Pero cuando Elsa le alcanzó un trapo para que se limpiara las manos, lo agarró, y antes de devolverlo lo dobló en cuatro, con cuidado.

La última tanda salió a las cinco. Eran ciento veinte panes, no ochenta, porque Haydée había terminado estirando la harina como se estiran los días. Los fueron poniendo en canastos, cubiertos con repasadores, y a las seis menos diez Elsa los cargó en la carretilla para repartirlos por las casas del barrio.

Haydée salió a la puerta. El cielo del lado del mar estaba color ceniza, y el viento había aflojado. Del banco ya no quedaba nadie. En la punta de la mesa, doblado en cuatro, estaba el trapo, y encima, solo, un pedazo de pan con un mordisco.

A lo lejos, sobre el camino a Bahía, un colectivo prendió los faros y arrancó.

Haydée tomó una hogaza de la última tanda, todavía tibia, la envolvió en un repasador limpio y se la puso a Elsa en la carretilla.

—Esa llevala a la comisaría —dijo—. Que se la den a Aurelio, aunque sea desmigada.

Después volvió al horno, a juntar las brasas.

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