Seis los jueves

A las seis y diez, con la chata todavía fría, Rogelio Almada acomodó el último cajón atrás de los bidones, donde no se golpeara. Seis sifones de un litro, con la presión justa. Era el pedido de los jueves de Aldo Brunetti, el último de la planilla. Después de treinta y cuatro años de ruta, el recorrido ya tenía comprador: un pibe de Temperley le había pagado el camión y la libreta de clientes, y el lunes arrancaba.

Empezó por Maipú, con las persianas todavía a medio bajar, y fue dejando la despedida casa por casa. En la panadería lo abrazaron. En la peluquería le dieron un sobre. La señora del tercero de Alsina le preguntó quién le iba a subir los bidones y él dijo “el pibe”, y ella dijo “ese no sube nada”, y los dos se rieron un poco más de lo necesario.

Aldo vivía en una casa baja de Cochabamba, con reja verde y un limonero que se asomaba por encima de la medianera. Hacía treinta y un años que dejaba en la vereda, los jueves, seis sifones vacíos y un papelito escrito a lápiz: “Seis. Gracias. A.B.” Rogelio nunca lo había visto en persona. Conocía la letra, la panza de la B, la manera en que el lápiz apretaba al final de la última línea.

Ese jueves la vereda estaba vacía. No había sifones ni papelito.

Tocó el timbre. Esperó. Tocó de nuevo. Del otro lado se movió una cortina y, después de un rato largo, se abrió la puerta. Salió un hombre muy flaco, con la camisa abotonada hasta el cuello, que se apoyaba en un andador con pelotas de tenis en las patas.

—¿Usted es el de la soda? —preguntó.

—Rogelio. Le traigo desde hace treinta y un años, don Aldo.

—Y antes le traía al vecino. —Miró el cajón—. No los saqué. Perdone. Se me complicó la cadera y no puedo agacharme.

—No se preocupe. Si quiere, se los dejo adentro.

—En la cocina. Pase.

Rogelio no había pasado nunca del portón. El pasillo olía a cera y a limón. En la cocina, sobre la mesa de fórmica, había un mantel de hule con peras y, en la pileta, un sifón de vidrio verde con la cabeza de bronce, de esos que ya casi no se ven.

Dejó el cajón junto a la heladera. Y entonces vio los otros: seis sifones vacíos, en fila, apoyados contra la pared, con las chapitas de la sodería. Los de la semana pasada. Con el papelito atado a uno de ellos con un hilo.

—Los iba a sacar hoy a la mañana —dijo Aldo desde la puerta—. Me levanté tarde.

Rogelio levantó el papelito. “Seis. Gracias. A.B.” La letra le temblaba más que otros años, pero la B era la misma.

—Seis por semana —dijo—. Para dos personas era razonable. —Se frenó—. Perdón, no quise…

—Elsa tomaba dos por día con el vermut. —Aldo se sentó con cuidado en una silla y puso las manos sobre el andador—. Hace dos años que no está. Yo no tomo nada con gas, me cae mal.

—¿Y los seis?

Aldo señaló la pileta con el mentón.

—Los vacío ahí, de a uno. Todos los días. Aprieto la palanca y suena. Así el jueves los dejo afuera como siempre, y usted viene, y los cambia, y yo escucho la chata desde acá. —Hizo una pausa—. Si dejo de pedir, ¿quién toca el timbre?

Rogelio se miró las manos. Tenía las uñas partidas de treinta y cuatro años de cajones, y una cicatriz en el pulgar, de un sifón de vidrio que explotó en 1994 en Lomas, cuando todavía no sabía que no había que cargarlos al sol.

—Hoy es mi último día —dijo—. Vendí el recorrido. El lunes viene un pibe, Tomás. Es bueno, pero hay que explicarle.

—Entonces va a venir otro.

—Sí. Y le va a dejar el cajón adentro, como hoy. Yo le explico lo de la letra.

Aldo asintió despacio. Después se levantó, se arrimó a la alacena con el andador y sacó una botella con una etiqueta roja y dos copitas finas.

—Es de Elsa. La abrí una sola vez. —Las puso sobre el hule—. Usted nunca aceptó nada, en treinta y un años.

—Estoy en horario.

—Es el último día.

Rogelio miró el reloj de la cocina, un reloj redondo de plástico con un gallo pintado. Faltaban todavía cuatro casas y media Alsina. Se sacó la gorra y la dejó sobre la mesa.

Aldo llenó las copitas hasta la mitad, con mano firme, sin derramar una gota. Rogelio agarró el sifón verde de la pileta, el de bronce, que alguien había lavado esa mañana. Apoyó la copa contra la boquilla, le pegó un último vistazo a Aldo y apretó la palanca.

El chorro salió largo, fino y frío, con ese silbido que Rogelio había oído desde adentro de la chata cada mañana, en cada puerta, en cada vereda de Banfield. Pero nunca desde una cocina, nunca sentado, nunca con alguien del otro lado de la mesa esperando que terminara.

Cuando el silbido se acabó, la cocina quedó en silencio. Aldo levantó la copita.

—Seis los jueves —dijo.

—Seis los jueves —contestó Rogelio, y tomó.

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