A la una y diez de la madrugada del sábado 3 de enero, Ermelinda Sosa pegaba la pluma trescientos doce con la pistola de silicona, y el olor a pegamento caliente ya se le había metido en la ropa, en el pelo y en el mate. El galpón quedaba a dos cuadras del Corsódromo, en lo que había sido el playón de la estación de trenes. Desde la puerta abierta se veían las torres de luces apagadas, esperando la primera noche.
Faltaban noventa plumas de marabú para cerrar el traje de la reina de una de las comparsas, y la costurera que las cosía de a pares se había quebrado la muñeca el miércoles. Ermelinda, que hacía cuarenta años ponía lentejuelas pero nunca había armado un abanico de plumas, había dicho que sí antes de pensarlo.
—Vos no te preocupes, Delfina, a las nueve está colgado en la camioneta —le había dicho a la jefa de taller.
A la una y cuarto golpearon la persiana de al lado. No era la puerta, era la chapa, tres golpes con la palma abierta. Ermelinda apagó el compresor y salió.
En la vereda había un hombre de pantuflas y campera, con una linterna de celular. Debía tener setenta años. Tenía el pelo blanco, aplastado de tanto pasarse la mano.
—Soy Albornoz, el de la casa de atrás —dijo—. Dos noches que no puedo dormir con ese ruido.
—Es el compresor. Perdón, don. Mañana empieza todo y hoy no se puede parar.
—Ya sé que empieza todo. Mi señora lo esperaba todo el año. —Se quedó callado—. Murió en marzo. Me quedé sin saber para qué sirve ese galpón.
Ermelinda lo miró un rato largo. Detrás de él, en la calle, pasó una moto con el escape abierto y el aire olía a pasto cortado y a río.
—Pase —dijo—. Le muestro para qué sirve.
Albornoz entró con las manos atrás, como en un museo. El galpón era un tinglado alto, con las chapas ennegrecidas y las vigas llenas de bastidores colgados: alas de lentejuelas, un sol de tres metros, una serpiente de telgopor a medio pintar. En la mesa larga, bajo un tubo de luz que zumbaba, el abanico de la reina estaba armado a medias, como un pájaro al que le falta la mitad del pecho.
—Son cuatrocientas plumas —explicó ella—. Van de las más largas a las más cortas, y cada una tiene que quedar un dedo más abajo que la anterior. Si no, de lejos parece un plumero.
—¿Y quién mira de cerca?
—Nadie. Por eso tiene que estar bien.
Albornoz se acercó a la caja de plumas. Había dado treinta y seis años de geometría en la escuela técnica, y se le notó en cómo agarró la regla de acero sin que nadie se la diera.
—Si me las separás por tamaño, yo te marco el dedo —dijo, y se quitó la campera.
Trabajaron sin hablar casi una hora. Ermelinda pegaba, Albornoz medía y pasaba las plumas con dos dedos, con cuidado de maestro que corrige una prueba. Una vez se rió solo, cuando se le pegó una pluma en la oreja. Ella le ofreció el mate, y él lo tomó sin decir que estaba lavado.
A las tres, con la pluma ciento setenta, Ermelinda se pinchó con la pistola y largó una puteada que se escuchó hasta en la calle.
—Mi señora decía lo mismo cuando cosía —dijo Albornoz—. Ella hacía la ropa de los bailarines de los corsos de barrio, los Matecito, en la avenida del parque. Cada febrero cosía una semana entera. Yo le gritaba que bajara la máquina.
—¿Y ahora?
—Ahora la máquina está en el comedor tapada con una sábana. Y yo no duermo, porque lo único que escucho es que no suena nada.
Ermelinda no contestó. Le pasó otra pluma, la más larga del lote, y la dejó en la mano de él un segundo más de lo necesario.
A las seis, cuando el cielo detrás de la chapa empezó a ponerse del color de una cáscara de mandarina, quedaban once. Los hombros le ardían a Ermelinda. Albornoz había dejado de medir hacía rato y miraba el abanico, parado, con la regla colgando.
—Falta la última —dijo ella.
—Es la más corta, ¿no?
—La más corta. Va abajo de todo, donde no se ve. Es la que cierra.
La puso ella. Después se la dio a él, y le acercó la silicona tibia.
—Pegala vos.
Albornoz la pegó. Le tembló el pulso apenas, un segundo, y se acomodó la pluma con la uña del pulgar. Cuando levantaron el abanico entre los dos y lo abrieron bajo el tubo de luz, ocurrió lo que Ermelinda esperaba cada vez y nunca se acostumbraba a ver: las cuatrocientas plumas se movieron juntas, con un solo temblor, como una respiración.
A las nueve y cinco llegó la camioneta. Delfina miró el abanico, miró a Ermelinda, miró al hombre dormido en la silla plegable con la campera de manta, y no preguntó nada. Los chicos cargaron el abanico en horizontal, con sábanas entre las capas.
Esa noche, en la tribuna, entre veinte mil personas, Ermelinda vio salir a la reina bajo los papelitos y las luces. No pudo distinguir las plumas de a una. Vio una sola cosa grande que se movía bien.
Al volver, pasó por la calle de atrás y vio luz en una ventana. Era la del comedor de Albornoz. Se oía, apenas, una máquina de coser.
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