La carpa 214

A las cuatro de la tarde del 31 de marzo, Gladys Mansilla ya había desarmado la fila uno. Las lonas a rayas estaban dobladas en pilas sobre las pasarelas de madera, los parantes atados de a diez con alambre, y el viento sur le pegaba en la nuca con ese frío de cuando el verano se acaba y nadie se quiere dar cuenta.

Llevaba veintiséis temporadas de carpera en Playa Grande. Sabía de memoria cuánto pesa una lona mojada y cuánto tarda el camión de la empresa de mudanzas en llegar cuando dice que llega a las seis: llegaba a las siete menos diez, pero había que tener todo listo igual.

Iba por la carpa 205 cuando lo vio bajar por la escalera de la barranca. Era un hombre de unos setenta, con campera azul y un termo bajo el brazo, que caminaba por la pasarela como quien camina por el pasillo de una casa ajena que conoce.

—Señora, perdón. ¿La 214 sigue armada?

—Estoy desarmando de la uno para acá. La 214 es de la fila dos. Hoy es el último día, don.

—Ya sé. Soy Aldo Ferrari. Treinta y siete años en la 214.

Gladys lo conocía de vista. Una pareja que llegaba el primero de enero con una reposera de más, siempre, para la hermana que nunca iba. Este verano había venido solo, tres veces, y se había sentado en la arena, sin carpa.

—Mi señora murió en julio —dijo Aldo, sin que se lo preguntaran—. Ella fue la que sacó la carpa en 1988, yo no quería saber nada con eso. Y no la pude usar este verano, no me dio el cuerpo. Quería sentarme una hora. Una sola. Con la lona puesta, con el mate.

Gladys miró el reloj de pulsera. Las cuatro y diez. Miró la fila dos, donde le faltaban once carpas por desarmar, con el hierro frío y los pernos oxidados que hay que aflojar con la llave inglesa y paciencia.

—El camión viene a las seis.

—Yo me voy a las cinco.

Ella sabía que el dueño del balneario le había dicho que a las seis la playa tenía que estar pelada. Sabía también que, si dejaba una carpa en pie, iba a tener que desarmarla sola, en la oscuridad, con el camión esperando.

—La 214 la dejo para lo último —dijo—. Pero me ayuda con las otras.

Aldo se rió, una risa corta, de nariz.

—No sé hacer nada con las manos, señora.

—Sostenga el parante y no se mueva.

Trabajaron una hora y diez. Gladys aflojaba, Aldo sostenía, y de a ratos él decía algo sin que viniera a cuento: que la mujer se llamaba Nené, que odiaba el olor a protector solar pero se lo ponía igual, que una vez se había dormido en esa carpa con la revista Gente sobre la cara y se había despertado con la marca de la tapa en la mejilla.

A las cinco y veinte quedaba una sola carpa en toda la playa, la 214, con sus rayas verdes y blancas un poco desteñidas por el sol de treinta y siete veranos. Gladys le sacó el candado, le abrió la cortina y acomodó adentro las dos reposeras que había guardado en el depósito. Después fue a buscar la tercera. No dijo para qué.

Aldo la miró, con el termo contra el pecho.

—Esa es de mi cuñada. Nunca vino.

—Bueno, hoy puede venir —dijo Gladys, y la puso en el costado, abierta, mirando al mar.

Se sentaron los dos. Ella no quería, pero él insistió con el mate, y a los cuatro minutos ya había tomado uno. Estaba lavado y tibio, como lo tomaba su viejo en la cabina del camión. El mar estaba gris y quieto, con una línea de espuma baja. Más allá, en el Torreón, alguien prendía las luces del complejo, de a una.

—Ella decía que el mejor momento de la playa era este —dijo Aldo—. Cuando se va la gente y queda el ruido de las olas solo. Yo le decía que estaba loca. Que el mejor momento era el mediodía.

—¿Y qué piensa ahora?

—Que tenía razón.

Ninguno dijo nada más. El viento movió la lona, que hizo un ruido de vela, y en la pasarela vacía quedó una sombra rayada.

A las seis menos cinco, Aldo se paró y devolvió el termo a la campera. Estiró la mano, como si fuera a pagar algo, y Gladys se la tomó sin sacudirla, nada más sosteniéndola un segundo.

—Hasta el verano —dijo él.

—Hasta el verano.

Lo vio subir la escalera de la barranca, despacio, con la mano en el pasamanos. Después se puso los guantes, agarró la llave inglesa y se paró frente a la última carpa. La desarmó sola, parante por parante, con el camión ya doblando por el Bulevar Marítimo, y la lona de la 214 fue la única que dobló en cuatro, como para guardar una sábana buena.

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