Un teléfono en Cueva de Romero

A las seis de la mañana, Eulogio Páez ya había cargado de leña la caldera de Cueva de Romero, y el vapor le empujaba el motor con ese resoplido de animal viejo que él conocía mejor que la respiración de su mujer. Afuera, el cerro tenía color ceniza. Cuesta abajo se veía la fila de torres de hierro remachado, y colgando del cable, una por una, las vagonetas, balanceándose con su carga de piedra hacia Chilecito.

Era diciembre de 1926 y en la estación nadie hablaba del asunto, pero todos sabían que el cablecarril se apagaba. Los ingleses se habían ido hacía años. Quedaban turnos sueltos, sueldos que llegaban tarde y una orden que se repetía sin explicación: mantener presión. Eulogio mantenía presión. Había mantenido presión durante once inviernos, y si esa mañana la dejaba caer, el cable tractor se frenaba a mitad de tramo y las vagonetas quedaban quietas sobre la quebrada, con el viento meciéndolas.

Su hija Dominga se casaba esa tarde en Chilecito. Él no iba a estar.

Lo había intentado todo la semana anterior. Descolgó el teléfono de la cabina, le dio vuelta a la manivela hasta que le dolió la muñeca y habló con el capataz.

—No hay quien te cubra, Páez —había dicho Teodoro Lamas, con la voz chiquita y raspada que tenían todas las voces por el alambre—. Si bajás vos, se me queda el motor sin fuego. Y bajar a pie son dos días.

—Mi hija se casa, don Teodoro.

—Y yo lo siento como si fuera la mía. Pero el cable no se casa con nadie.

Eulogio colgó. Después fue a buscar lo único que tenía para mandar.

Era el reloj de bolsillo que le había dado un ingeniero alemán el primer año, cuando cruzaron el túnel entre la cuarta y la quinta estación y no hubo un solo accidente. Tapa de plata un poco abollada, una cadena corta. Nunca había atrasado más de un minuto por semana. Lo envolvió en un pañuelo, lo metió en una lata de galletitas con un puñado de lana de oveja para que no golpeara, y le escribió a Dominga en un papel de las planillas: «Para que Anselmo sepa a qué hora llegar a casa».

Esa mañana, entre dos vagonetas de mineral, Eulogio colgó la lata él mismo. Le puso una chapita de zinc con el nombre de la destinataria y la miró alejarse por el cable, una cosa chica y brillante, sola entre las piedras. Tardaría cuatro horas en bajar, con las paradas de estación en estación. Iba a llegar antes de la ceremonia, si nadie la sacaba por error.

Al mediodía comió una tortilla al rescoldo y tomó un mate lavado, de pie junto a la caldera. Mientras tanto fue contando las vagonetas que pasaban. Quince. Dieciséis. Pensó en la iglesia, en el olor a cera y a naftalina de los trajes, en Dominga con el pelo recogido que había heredado de la madre. Pensó que nunca la había visto de blanco. Después se agachó, abrió la portezuela del fogón y echó otro tronco de algarrobo, porque el manómetro empezaba a dudar.

A las cuatro y media sonó el teléfono.

Fueron dos timbrazos largos y uno corto. No era la señal de la empresa. Eulogio atravesó el galpón con las manos todavía sucias de ceniza y levantó el tubo.

—¿Páez?

No era Lamas. Era una voz de mujer joven, con apuro.

—Soy Nieves, la telefonista de la estación de Chilecito. Me pidieron que lo llame. Dice la novia que no corte.

—¿Qué novia?

—La suya, don Eulogio.

Hubo un ruido de madera y de gente, un golpe de silla arrastrada, y después un silencio grande, como el de un patio lleno con todos callados. Eulogio apoyó la frente en el marco de la cabina. Olía a aceite, a hierro frío, a su propia ropa.

—Ya llegó el reloj —dijo la voz de la telefonista, más bajito—. Se lo mostraron a todos. El novio lo tiene en la mano y no lo suelta. Dicen que anda justo.

—Anda justo.

—Ahora van a bailar. Dominga pidió que se lo dejemos escuchar. Yo apoyo el tubo cerca. No hable, que no se oye. Escuche.

Eulogio no habló.

Primero oyó un acordeón afinándose. Después una guitarra, que se metió en el acordeón como un caballo en un corral, y después los pasos, muchos, sobre un piso de tierra bien regada. Alguien gritó un nombre. Alguien se rio. Entró un bombo, flojo, hasta que se acomodó, y la chacarera arrancó del otro lado del alambre, delgada y entera, a treinta y cuatro kilómetros por el aire de la montaña.

Afuera, el motor seguía con su resoplido. Una vagoneta cruzó la ventana, cargada hasta el borde, con el cable cantando en las poleas. A Eulogio le pareció que todo el sistema, la torre, el contrapeso, el vapor, iba al compás de la música, y que él, con el tubo contra la oreja, sostenía la fiesta como sostenía la presión.

Se quedó así hasta que el tubo se llenó de aplausos y alguien dijo, lejos, «otra, otra». Entonces cerró los ojos, sacudió el pie derecho, sin que lo viera nadie, y marcó el ritmo con el taco sobre el piso de hierro, justo, sin atrasar un solo minuto.

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