El filo de Teodoro

El galpón de esquila de la estancia La Ventana olía a lanolina, a gasoil y a yerba caliente. A las cinco y media de la mañana, con el viento del oeste golpeando la chapa, Teodoro Aybar ya tenía la piedra mojada y la lámpara prendida sobre la mesa de afilar. Hacía cuarenta y un años que era el mecánico de la comparsa, y esa era la última temporada.

Nadie lo sabía. Se lo había dicho solamente a la Nené, la cocinera, porque a ella no se le escapaba nada y además tenía la costumbre de guardarse lo que le contaban junto con las sobras del guiso.

—Hoy cerramos antes de las ocho de la noche —dijo Nené, sin darse vuelta, mientras amasaba—. El patrón quiere el último fardo cargado para mañana.

—Mejor —dijo Teodoro—. Tengo que hacer una cosa en el cuarto de la tarde.

No explicó cuál. Sacó de la caja de herramientas un trapo de franela, y adentro del trapo, las tijeras de mano de su padre: hojas largas, el mango de hierro gastado por una palma que no era la suya, una marca grabada que ya nadie leía. Esas tijeras esquilaron ovejas en Gregores cuando todavía no había máquinas con peine en ningún galpón de la zona. Teodoro las había afilado cada noviembre desde la muerte del viejo, y nunca las había usado.

Empezó la jornada como todos los días. Los esquiladores entraron arrastrando las botas de goma, se calzaron las zapatillas de lona y se colgaron los arneses. A las seis en punto arrancaron las máquinas y el galpón se llenó de ese zumbido parejo que a Teodoro le entraba por los huesos. Cuatro cuartos de dos horas y cuarto cada uno, con el mate y el bizcocho en el medio. Los pibes de la playa barrían los vellones, los meseros los estiraban sobre la mesa y descartaban las puntas sucias, el prensero pisaba la lana en el cajón. Teodoro iba y venía con peines y cuchillas afiladas, cambiando los filos gastados por los nuevos antes de que alguien tuviera que pedírselos.

—Tío, esta no corta —se quejó Lautaro, el más joven, un playero de diecinueve años que contaba las latas y las pagaba a cada esquilador.

—No es la cuchilla. Es que estás apoyando mal la tijera. —Teodoro se la sacó de la mano, probó el borde con la uña, hizo un ajuste de un segundo y se la devolvió—. Ahora sí.

Lautaro la miró como se mira un truco.

A las tres de la tarde, con el sol bajo y plano entrando por las ventanas del lado norte, empezó el cuarto final. Teodoro dejó la mesa de afilar, se limpió las manos con el trapo y fue hasta el corral de adentro. Eligió una oveja mansa, de las últimas, una Corriedale de vellón largo, y la llevó él mismo hasta una de las tarimas vacías. Un esquilador que lo vio levantó la vista y paró la máquina sin decir nada. Después paró otro. Después los de las otras tarimas.

El galpón se quedó en un silencio raro. Solo se oía el viento afuera y la respiración de la oveja.

—¿Qué hacés, Teodoro? —preguntó Aurelio, el capataz de la comparsa, un hombre ancho, con las manos llenas de cicatrices finitas.

—Una sola. Con las de mi viejo. —Teodoro se arrodilló, acomodó el animal entre las piernas como le habían enseñado a los doce años, y abrió las hojas—. Si no les molesta que pierdan cinco minutos de lata.

Nadie dijo nada. Aurelio se cruzó de brazos y se apoyó contra un poste.

Teodoro empezó por la panza, con tajos largos, parejos, sin apuro. La tijera de mano pide otro ritmo que la máquina: hay que escuchar cómo se abre el vellón, sentir dónde se separa de la piel tibia. Las manos se acordaron antes que la cabeza. El ruido del filo cerrándose era un chasquido seco, repetido, como el de alguien que cuenta. Cuando llegó a la espalda, el vellón empezó a abrirse entero, de una sola pieza, y por un segundo le pareció que el galpón era de antes, con las mismas ventanas y la lámpara de kerosene, y su padre mirándolo desde la puerta con el cigarrillo apagado en la boca.

Tardó once minutos. A una máquina le habrían alcanzado tres. Soltó a la oveja, que salió despacito, limpia y blanca, con la dignidad ofendida de un animal recién desvestido, y Teodoro levantó el vellón con las dos manos y lo extendió sobre la mesa.

Lautaro se acercó primero. Lo miró por el lado de adentro, por el de afuera, lo tocó con la punta de los dedos.

—No tiene ni un doble corte —dijo, casi ofendido—. Ni uno.

—Porque no tiene prisa —dijo Aurelio desde el poste. Y después, más bajo—: Pagalo igual, pibe. Una lata entera.

Lautaro sacó una ficha de lata de su lata y se la puso a Teodoro en la palma, sin saber bien por qué. Teodoro la miró y no la guardó. La dejó sobre el vellón, como un peso sobre un papel.

Las máquinas volvieron a arrancar de a una. El zumbido creció, y el galpón recuperó su ruido de siempre. Teodoro limpió las hojas con la franela, despacio, y las envolvió otra vez.

A las ocho de la noche, con el último fardo cosido y el camión esperando bajo la luz del patio, Nené le alcanzó un plato de guiso con una galleta encima.

—¿Y? —preguntó.

—Once minutos.

—¿Y las tijeras?

Teodoro cortó la galleta en dos. Afuera, el viento seguía soplando desde la cordillera, y en la mesa de afilar la piedra todavía estaba húmeda.

—Se las dejo a Lautaro —dijo—. Va a tener que aprender a escuchar el filo.

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