Tibio de adentro

El Mercedes de Mirta Olivera tenía el motor al ras de los asientos y un olor a pasto húmedo y a goma recalentada que ya no se iba con nada. Eran las seis y diez de la mañana de un jueves de septiembre y faltaban trece kilómetros de ripio para llegar a la escuelita del paraje, cerca de Gancedo. Atrás venían once chicos, unos dormidos con la cabeza contra el vidrio, otros jugando a quién veía primero un carancho.

Hacía veintisiete años que hacía ese recorrido. Se jubilaba el viernes.

—Seño Mirta —dijo Yamila, la más chica, desde el segundo asiento—, ¿hoy sí vamos?

—Hoy no, Yami. Hoy hay clase.

—Pero usted dijo.

Mirta no contestó. Lo había dicho, sí, en marzo, medio en broma, mientras esquivaba un pozo lleno de agua: que antes de dejar el colectivo iba a llevarlos a ver el hierro que cayó del cielo. Los chicos lo habían anotado en el pizarrón de la escuela, con letra torcida, entre la fecha y el menú del comedor. Ella vivía a quince kilómetros de la Reserva y nunca había entrado. Había pasado mil veces por el cartel de la ruta 89, a setecientos metros de Gancedo, donde dice que ahí es Campo del Cielo, y había seguido de largo, porque siempre había alguien esperando en la próxima tranquera.

La escuela quedaba pasando la curva del algarrobo quemado. La maestra, Noemí, la esperaba en la puerta con el mate y la cara de quien ya sabe algo.

—Ya llamé —dijo—. Hay una guía en el Centro de Interpretación. Nos dejan entrar a las diez. Si vos querés.

—No tengo permiso del Ministerio.

—Es una salida educativa. El permiso lo firmé yo en agosto. Faltabas vos.

Mirta se quedó mirando el termo. Después miró el micro, con los once chicos bajando de a uno y las mochilas más grandes que ellos, y pensó que en veintisiete años nunca había sido ella la que decidía adónde ir. Siempre fue la ruta, el horario, la lista. Un volante grande y una planilla.

—A las diez en punto —dijo—. Que se lleven abrigo, que en el monte hace fresco.

Salieron a las nueve y media. Los chicos cantaban algo que no era una canción sino una enumeración: el Chaco, el Gancedo, el Chaco, el Gancedo. Mirta manejaba despacio, por el costado del camino, donde el ripio estaba más firme. A los costados el monte se abría en quebracho y vinal, con el suelo bajo y gris, y de a ratos un campo pelado donde el sol pegaba parejo. Pasaron un cartel torcido. Pasaron una chata cargada de leña. Un chico preguntó si los meteoritos quemaban todavía.

—No —dijo Mirta—. Eso fue hace cuatro mil años, mijo.

—¿Y qué había antes?

—Monte. Y gente. Gente que lo vio.

Lo dijo sin saber si era cierto, y después se acordó de lo que había leído en un folleto, que los pueblos de la zona, los qom, los mocoví, quizás habían visto la caída, y que los nombres de algunos cráteres lo parecían confirmar, aunque nadie podía asegurarlo. Se lo repitió a los chicos tal cual, con el “quizás” adentro. Yamila dijo que entonces quizás alguien se había asustado mucho, y todos se quedaron callados un rato largo, mirando el monte, como si de pronto ese monte supiera algo.

La guía se llamaba Edith y tenía una campera azul con el nombre de la Reserva bordado en el pecho. Los recibió en la entrada y los llevó primero a un salón fresco donde había meteoritos en vitrinas, piezas negras y arrugadas, como panes quemados. Les dejó tocar una. Los chicos la pasaron con cuidado de brujos, la mano abierta, el aliento contenido.

—Pesa más de lo que parece —dijo uno.

—Es hierro casi puro —dijo Edith—. Mucho más pesado que una piedra del mismo tamaño.

Mirta se quedó atrás, junto a la ventana, con las manos en los bolsillos del buzo. Se sentía rara, sin planilla, sin volante. Una invitada en su propio campo. Por la ventana vio la torre y las plataformas de madera, y más allá, bajo un techito, algo grande, oscuro, tendido en el suelo como un animal dormido.

—Es el Chaco —le dijo Edith, que se había acercado sin que ella la oyera—. Casi veintinueve toneladas. Lo encontró un poblador en 1969 y lo sacaron del cráter en 1980, con ayuda de la Fuerza Aérea.

—¿Y cómo lo sacaron?

—Con mucha paciencia. Y con mucha grúa.

Salieron todos juntos por el sendero. El suelo era arenoso y crujía. Los chicos corrieron los últimos metros y se frenaron en seco a un paso del hierro, como frente a un caballo. Nadie habló. Yamila estiró la mano y lo tocó con la punta de los dedos.

—Está tibio —dijo.

—Es el sol —dijo Edith.

—No —dijo Yamila—. Está tibio de adentro.

Edith no la corrigió. Mirta dio un paso y puso la palma contra el metal. Estaba áspero y picado, con huecos donde cabía un dedo, y sí, tibio, aunque fuera el sol, aunque fuera el mediodía que se acercaba. Pensó en la noche en que alguien, hace miles de años, vio venir aquello por el cielo bajo, casi de costado, como dice el folleto que vino, a nueve grados, y no pudo ni gritar. Pensó en los veintisiete años de ripio, en los pozos, en las barreras que nadie le abrió, en cada chico que bajó de su colectivo y que ahora era peón, o maestra, o nada, o alguien que se fue a Resistencia y no volvió. Todos esos trayectos tan chicos, tan derechos, pegados a la tierra.

—Seño —dijo Yamila—, ¿se va a ir?

—El viernes.

—¿Y quién nos va a traer?

—Va a venir Ramiro, el de la cooperativa. Maneja bien. Un poco rápido.

—Ramiro no sabe de este lugar.

—Ya va a saber. Vos le contás.

Yamila lo pensó con mucha seriedad, como si le hubieran dado un trabajo. Después apoyó la mejilla contra el hierro, un segundo, y la separó.

A las once y media volvieron al micro. Mirta se sentó al volante, giró la llave, y el motor tosió y arrancó. En el espejo, once cabezas miraban todavía hacia atrás por la ventanilla, hacia el techito, hacia el monte.

Tomó el camino de ripio de vuelta, despacio. Y por primera vez en veintisiete años, antes de la curva del algarrobo quemado, frenó sin motivo, apagó el motor y dejó que entrara el silencio, con el viento moviendo el vinal y un carancho, uno solo, cruzando el cielo muy alto, de este a oeste, como una piedra que se acuerda de caer.

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