Las tijeras de Nené

Lucas dejó la camioneta donde terminaba el camino de tierra y apagó el motor. Del otro lado del parabrisas había un pueblo sin techos, blanco como si lo hubieran pasado por harina gruesa. Los árboles muertos tenían la corteza lisa y gris; los cimientos de las casas asomaban de la costra de sal como dientes.

—Abuela, ¿segura que sabés dónde es?

—Rivadavia, a dos cuadras del Castillo. Mirá, ahí está el Castillo.

Nené Ferrari bajó con la bolsa de tela en una mano y la pala de jardín en la otra. Tenía setenta y cuatro años y las rodillas peores que el camino. En la bolsa llevaba un termo, dos mates, un peine de carey y un par de tijeras nuevas, todavía con el precinto, que había comprado el jueves en Carhué.

El viento venía del lago y traía olor a barro viejo y a metal. La sal crujía bajo las zapatillas. Caminaron por lo que había sido una calle y que ahora se reconocía por el cordón, una línea de cemento partido que se perdía entre los pastos.

—Acá vivían los Izaguirre —dijo Nené, señalando un chalet sin paredes—. Y esto era la despensa del gallego. Entonces mi local era el tercero después de la esquina.

—Todos son iguales, abuela.

—No. Todos son iguales ahora.

Contó los cimientos con el dedo, uno, dos, tres. Se paró. No quedaba nada del frente, ni del mostrador, ni del cartel que su marido había pintado a mano, Peluquería Nené, con la N más grande que las otras letras. Pero en el suelo, bajo una capa de sal que parecía escarcha sucia, se veía un damero de mosaicos blancos y verdes.

—Son los míos —dijo, y le sorprendió que la voz le saliera tan firme.

El domingo 10 de noviembre de 1985 ella tenía treinta y tres años. Se había pasado la semana entera cargando bolsas de arena en el terraplén con los vecinos, y esa madrugada el agua pasó por encima. Cuando volvió a la peluquería ya había un palmo de agua en la vereda. Sacó el secador, el sillón no entraba en el carro de nadie, y las tijeras de su madre, las de acero alemán que le habían servido a ella para cortar el pelo de medio Epecuén, no podía llevárselas en el bolsillo del delantal porque ese día no tenía delantal. Las envolvió en una toalla, levantó el mosaico flojo que había junto a la pileta y las dejó en el hueco, que ella misma había hecho años atrás para esconder la plata de la semana. Después tapió la puerta con ladrillos, como hacían todos, porque el verano estaba cerca y el sol iba a evaporar el agua.

No volvió. Primero esperó, después ya no quiso, y la vida se la fue llevando a Carhué, a un departamento, a otro oficio, a la peluquería de una amiga donde trabajó treinta años más.

—La pileta estaba a la izquierda —dijo ahora, y se agachó con un quejido—. Y el mosaico flojo, al lado.

Lucas se arrodilló con ella. Rasparon la sal con la pala hasta que apareció un verde más oscuro, después otro, y al tercero la baldosa se movió con un clic hueco.

Nené metió los dedos en el borde y tiró. Debajo había un pozo del tamaño de una caja de zapatos, lleno de tierra húmeda, y en el fondo un bulto duro, color óxido, con restos de tela adheridos como una costra.

Lo sacó con las dos manos. Pesaba más de lo que recordaba. Las hojas de las tijeras estaban soldadas entre sí por la sal y el hierro, y las argollas se habían hinchado hasta parecer un nudo. Cuando intentó abrirlas no se movieron ni un milímetro.

Lucas esperó. Sabía que cualquier cosa que dijera iba a ser la equivocada.

—Cuarenta años pensando en esto —dijo ella al rato, sin enojo—. Y yo creía que las iba a encontrar como las dejé.

—Las encontraste.

—Encontré un pedazo de fierro.

Se quedó mirándolas, con la sal pegándosele en las rodillas. Después las dejó con cuidado en el hueco, como se deja a alguien en una cama, y le pidió a Lucas que le alcanzara la bolsa.

Sacó el peine de carey y las tijeras nuevas. Con las uñas rompió el precinto.

—Sentate.

—¿Acá?

—Ahí, donde estaba el sillón. Yo te marco.

Lucas se sentó sobre el mosaico, con las piernas cruzadas y la espalda derecha, como un chico en la primera comunión. Nené le pasó la mano por la nuca, le humedeció el pelo con un poco de agua del termo y empezó a cortar. Las tijeras nuevas sonaban finas, casi brillantes, contra el silencio del pueblo. El viento levantaba los mechones oscuros apenas caían y los llevaba por el damero, por encima de las baldosas verdes y blancas, hasta la sal.

—No me lo cortes muy corto —dijo Lucas.

—Callate, que estoy trabajando.

Cuando terminó, Nené le sopló la nuca, le sacó un pelito de la oreja con la punta del peine y se paró despacio. Volvió a poner el mosaico en su lugar, lo pisó con el talón hasta que encajó, y juntó sal con las manos para cubrir los bordes.

Un poco más lejos, el viento seguía arrastrando el pelo de su nieto sobre las ruinas, y por un momento pareció que el pueblo entero tenía clientes.

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