Plomo caliente

A las diez y veinte del sábado, Clelia Mazzocchi ya estaba parada en la vereda de Sarmiento al 700, con la cartera agarrada con las dos manos, esperando que abrieran el museo. Había salido de Echesortu a las nueve y media, con el colectivo lleno de gente que iba al centro a hacer trámites, y en todo el viaje no había soltado el papelito donde la nieta le había anotado el horario de la visita: diez y media y doce.

Tenía setenta y ocho años y hacía treinta y cuatro que no entraba a ese edificio. Había sido linotipista en el taller desde 1971 hasta que llegó el frío, como decían ellos: la impresión en frío, las computadoras, el plomo guardado en cajones. Después la mandaron a corregir pruebas, y después se jubiló, y después la vida se llenó de otras cosas.

La puerta se abrió a las diez y media en punto. Adentro olía a papel viejo y a aceite de máquina, y por debajo, tan leve que habría jurado que lo imaginaba, a metal tibio.

—¿Viene sola, señora? —le preguntó el muchacho de la entrada. Tenía una remera con el nombre del museo y una credencial que le colgaba torcida.

—Vengo a ver las linotipias. Trabajé en ellas.

—Ah, mirá vos. Entonces la guía soy yo, pero usted me va a tener que corregir.

Se llamaba Joaquín y hacía la visita de memoria, con las frases en su lugar: la prensa manual del primer ejemplar de 1867, la rotativa de 1937 con sus seis cuerpos de veinticinco toneladas, la mesa de armado con las columnas de plomo y los clisés. Clelia asentía y no escuchaba. Miraba el fondo de la sala, donde estaban las linotipias, alineadas contra la pared como un coro viejo.

—Esas no andan —dijo Joaquín cuando la vio ir hacia allá—. Están para mirar. No hay metal en la olla, ni gas, ni nada.

—Ya sé que no andan, querido. Solo quiero ver una cosa.

Eran cuatro. Altas, negras, con el teclado de tres colores en el costado y el magazine de matrices inclinado arriba, como un peine gigante. Clelia pasó la mano por la primera sin tocarla del todo. Después por la segunda. La tercera tenía un cartelito de acrílico que explicaba el principio de la fundición en una línea de texto. La cuarta, la última, la que quedaba contra la ventana, tenía el asiento de madera con el barniz comido en el borde izquierdo.

Se agachó, con un crujido de rodillas que le dio un poco de vergüenza, y miró debajo del teclado, en el travesaño de hierro donde se apoyaban los pies.

—¿Se le cayó algo? —dijo Joaquín.

—Cuando empecé, en el setenta y uno, había un compañero, don Zaccagnini, que me enseñó que cada linotipista le dejaba algo a su máquina. Nada que se viera. Una marca donde solo vos supieras. Decía que así la máquina sabía quién era el que le pegaba.

—¿Y usted dejó una?

—Yo dejé una —dijo Clelia—. Con la punta de una matriz rota. Si es esta la máquina. Hace tanto, que ya no sé si es esta.

Joaquín se quedó callado un momento. Después sacó el celular del bolsillo, le prendió la linterna y se la alcanzó. Se agachó a su lado, con la credencial colgando.

La luz recorrió el hierro. Había óxido, polvo de museo, una raya vieja de algún destornillador. Clelia fue moviendo la mano despacio, de izquierda a derecha, igual que cuando revisaba una galera buscando la errata que siempre estaba en el titular. Nada. Nada. El hierro seguía hacia la derecha, y la visita de las doce ya estaba juntando gente en la entrada.

—No es esta —dijo al fin, y se enderezó con una mano en la espalda—. Será otra. O la sacaron. O me equivoqué, y no hay nada y nunca hubo.

—Puede ser cualquiera de las cuatro —dijo Joaquín—. Tenían veintiséis. Lo leí. Estas son las que quedaron.

—Veintiséis. Sí. Y yo nunca tuve máquina fija, ¿sabés? Rotábamos por turno. Hoy la cuatro, mañana la once.

Se sentó en el banquito de madera, el de la última máquina, que no estaba para sentarse, pero Joaquín no dijo nada. Puso las manos sobre las rodillas. Los dedos, que ya no le obedecían para abrocharse un botón, se acomodaron solos sobre el aire, a la altura del teclado: el meñique en una tecla, el anular en otra, el pulgar suelto. Ochenta palabras por minuto, le habían medido en 1974. Cuarenta años después le temblaba la taza de té.

—Deme una frase —dijo.

—¿Cómo?

—Una frase. Cualquiera. Para armarla en el aire. Total la máquina no anda.

Joaquín pensó. Miró la ventana, la calle Sarmiento con su sábado, un chico que cruzaba corriendo.

—«El diario más viejo del país», dijo. Es lo que repetimos todo el día.

Clelia cerró los ojos. Los dedos bajaron, uno, otro, otro, sobre un teclado que no estaba tocando. Los labios se le movían con cada letra, y en el aire de la sala, que olía a máquina quieta, hubo por un rato el ruido de algo que no sonaba: el chasquido de las matrices cayendo en fila, el zumbido del brazo que las lleva, el golpe seco de la línea al fundirse. Cuando terminó la última palabra, bajó la palanca imaginaria con la mano izquierda.

—Ahí cae —murmuró.

Joaquín, que no había dicho nada en todo ese tiempo, se agachó de golpe y volvió a apuntar con la linterna, pero esta vez no al travesaño de hierro. Al borde del asiento de madera, ahí, en la parte de abajo, donde la mano de una linotipista se apoya sin pensar cuando se levanta cansada.

Había una rayita fina, hecha con algo duro, y al lado dos letras casi borradas por cuarenta años de pantalones. C. M.

Clelia no dijo nada. Se agachó otra vez, más despacio todavía, y apoyó el pulgar sobre las letras. Estaban frías, y por debajo, apenas, a la altura de la yema, le pareció que todavía había calor.

—Es esta —dijo Joaquín.

—Es esta —dijo ella.

Afuera, en la vereda, ya estaban entrando los de las doce. Clelia se quedó un rato más sentada en la máquina cuatro, con el pulgar sobre sus iniciales, mientras el muchacho se iba a recibir a la gente con la frase de siempre, y esta vez con la voz un poquito más baja: que en ese lugar, antes de ser museo, hubo gente que armaba el diario letra por letra, con plomo caliente, y que una de ellas había vuelto.

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