Cal de ostra

A las cinco y cuarto de la mañana, Néstor Hahn ya tenía el balde en el piso y la mano adentro hasta la muñeca. La cal estaba bien: fina, tibia todavía de la noche en la casilla, con ese olor a piedra mojada que a él le recordaba la cocina de su madre. La había molido el sábado en el fondo de su casa, en Astra, con un mazo y un tamiz de alambre. Y la piedra, la había traído de arriba del cerro, de donde la sacaba su padre.

No era una piedra cualquiera. Era ostra fósil, de cuando todo esto fue mar. En 1917 la compañía petrolera la usaba para hacer cal y ladrillos, y Néstor había crecido entre paredes de ese material sin enterarse de que eran conchas.

Esa tarde, a las cuatro, el club Astra jugaba el primer partido en la cancha nueva, la de al lado del Archivo Histórico, donde el club había vuelto a vivir en 2008 después de décadas sin camiseta. Ochenta pibes entre fútbol y básquet. Iban a venir los padres, la gente de la Biblioteca Popular, hasta un concejal. Y él, que había sido canchero toda la vida, quería marcar las líneas con la cal del cerro, como las marcó su padre en la cancha de la compañía.

Lo demás lo hacía la empresa de pintura del municipio, con una máquina que dejaba una raya perfecta y sin gracia. Néstor había pedido una sola mañana.

—Una mañana, nada más —le había dicho al presidente del club—. Después pintan lo que quieran.

Cargó el carro, un cajón de chapa con una rueda de bicicleta que él mismo había soldado, y salió al campo. El cielo sobre el cerro Pan Dulce estaba del color de una ostra por dentro. No se movía una hoja. Los álamos del barrio, esos que plantaron hace cien años, estaban quietos como en una foto.

Empezó por la línea de fondo. Caminaba despacio, sin mirar atrás, con la rueda cantando sobre la tierra y el pasto ralo. Detrás de él quedaba una raya blanca, gruesa, un poco irregular, viva.

Iba por el área grande cuando llegó el viento.

En Comodoro el viento no avisa. Primero fue un soplido que le movió la gorra, y de golpe el sur entero se vino encima, cargado de arena. La cal se levantó del suelo en una nube y se fue hacia el Chenque, rayas enteras convertidas en humo. Néstor se quedó parado, con las manos en los mangos del carro, mirando cómo se le deshacía la mañana.

—¡Don Néstor!

Yamila, la arquera de la sexta, cruzaba la cancha corriendo con una campera enorme que le llegaba a las rodillas. Tenía once años y los guantes ya puestos, a las seis de la mañana.

—¿Qué hacés acá? —le gritó él, por encima del viento.

—Mi viejo me dejó en la Biblioteca para la reunión de padres. ¡Se está yendo toda la cal!

—Ya sé que se está yendo.

Yamila miró la raya medio borrada, miró el balde, miró el cerro.

—Mi abuela dice que acá la cal se pone mojada —dijo—. Que si no, el viento se la lleva.

Néstor abrió la boca para decirle que su padre nunca había mojado nada. Y se acordó. Se acordó de un balde con una cuchara de lata, de su padre agachado detrás del carro, tirando agua a puñados sobre la raya todavía fresca, y de él, de chico, sosteniendo el balde de agua. Lo había olvidado. Se había quedado con el carro y con la cal, y se le había borrado la mitad del trabajo.

—Andá a buscar baldes —dijo.

Yamila volvió a los diez minutos con tres, y detrás de ella, sin que nadie los hubiera llamado, vinieron la bibliotecaria con un termo, el kiosquero de la esquina de la estación, dos madres de la reunión y un señor de campera de la petrolera que dijo que había jugado de marcador en el club cuando todavía había club.

Nadie preguntó nada. Néstor volvió al fondo y empezó otra vez, y esta vez no caminó solo. Detrás del carro iban los otros, agachados, tirando agua con las manos, con jarros, con una taza de plástico que alguien sacó del termo. La cal oscurecía al mojarse y después, a medida que el sol la secaba, volvía al blanco y se quedaba. El viento tiraba arena, tiraba pelo, tiraba gorras, pero la raya ya no se movía.

Marcaron el área. Marcaron el círculo del medio, que Néstor dibujó con un cordel y un clavo, como siempre. Marcaron las bandas con la rueda de bicicleta temblando contra las piedritas. A las nueve y media el campo parecía un cuaderno nuevo, con las líneas un poquito torcidas y mucho más vivas que las de cualquier máquina.

Yamila se paró en el área chica, sobre la raya, con los guantes puestos.

—¿Puedo?

—Es tu cancha —dijo Néstor.

Ella se agachó, tocó la cal con un dedo y se miró la yema blanca.

—Huele a pared vieja.

—Huele a mar —dijo él—. Pero de hace mucho.

A las cuatro de la tarde el viento seguía soplando. Vinieron los padres, vino el concejal con el pelo parado, y cuando el árbitro puso la pelota en el punto del medio, el primer pase le salió corto a un pibe de la sexta y la pelota rodó hacia la banda. Pasó rozando la línea de cal, levantó un hilito de polvo blanco y se detuvo adentro, justo en el borde, donde nadie se la iba a reclamar.

Néstor, parado detrás del arco con el carro vacío, la vio quedar ahí. Se sacó la gorra y la apretó contra el pecho, y por primera vez en cincuenta años no se preocupó por la raya.

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