El último turno de agua

A las tres y cuarto de la madrugada, Facundo Zalazar ya estaba parado frente a la compuerta con la linterna entre los dientes. Hacía treinta y seis años que abría y cerraba tomas en Lunlunta, y esa noche abría la última. El viernes se jubilaba. El lunes la Inspección de Cauce iba a mandar a un pibe con un mapa en el celular, y el pibe iba a saber en qué hijuela estaba el agua sin pisar el barro.

Facundo no necesitaba mapa. Sabía de memoria qué finca regaba cada turno, qué regante dormía con el reloj puesto y cuál se quedaba en la vereda esperando con la pala al hombro. Esa noche tenía en el bolsillo de la campera una sola boleta sin repartir, doblada en cuatro. La había hecho él mismo, a lapicera, para una finca que ya no regaba nadie.

Era la de su padre, Ramón. Cinco hectáreas de parral viejo que se vendieron hacía dos años a una empresa que iba a lotear. Las vides las arrancaron en marzo. Quedó en pie una sola higuera, en el fondo, junto al tapial, porque Ramón la había plantado el día que nació Facundo y porque el capataz de la topadora, que era de Rivadavia, dijo que a él no le daba el estómago para tirar un árbol así.

El derecho de agua seguía vigente hasta fin de mes. Facundo lo había mirado en los papeles dos veces. Nadie le había pedido ese turno. Nadie lo iba a controlar. Pero la higuera llevaba dos veranos sin una gota, y las hojas, a la luz de la linterna, se le veían grises, ásperas como lengua de gato.

Giró la manivela de la compuerta. Costó. Los tornillos estaban duros de óxido y el hierro olía a moneda mojada. Cuando por fin cedió, el agua del canal empezó a entrar en la hijuela con ese ruido que Facundo conocía mejor que la voz de su mujer: primero un carraspeo, después un arrastre largo, después casi nada, un deslizarse bajo la tierra.

—¿Se puede saber qué hace, don?

Se dio vuelta con el corazón en la boca. En la oscuridad había una bicicleta y un chico de unos doce años, con campera de Independiente Rivadavia y una linterna de frente que le enceguecía la cara.

—Bajá eso, nene.

—Perdón. —El chico apagó la luz—. Soy Lucho, el hijo de Marcela, la que alquila la casita de al lado. Vi la luz y pensé que era alguien robando las rejas.

—Yo estoy dando agua.

—¿A quién? Ahí no hay nada. Es todo pelado.

—Hay una higuera.

Lucho se quedó callado un momento, mirando para el fondo, donde la noche se espesaba.

—Esa está muerta —dijo, sin maldad.

—No está muerta. Está esperando.

Caminaron juntos por la hijuela. Facundo adelante, con la pala. El chico atrás, empujando la bicicleta, porque no se animaba a dejarla sola. Donde antes había parral, ahora había una explanada de tierra removida con estacas de colores clavadas cada diez metros. Facundo no las miró. Fue siguiendo el cauce de memoria, porque el agua, aunque le hubieran cambiado el paisaje, todavía conocía el camino.

Llegó hasta la antigua cabecera, donde el surco se abría en abanico. Con tres paladas encaminó el agua hacia la tapia. Se arrodilló, metió la mano en la corriente, la dejó que le corriera entre los dedos. Estaba helada, con ese gusto a piedra de montaña que traía el deshielo del río Mendoza.

—Mi viejo me enseñó a hacer esto a los nueve años —dijo, sin mirar al chico—. Me decía que el agua no se manda, se acompaña.

—¿Y usted por qué no se la dio antes?

Facundo tardó en contestar.

—Porque mientras estuvo seca, la higuera era de mi padre. Si la regaba, pasaba a ser mía. Y yo no quería quedarme con nada.

El surco avanzó lento, mordiendo la tierra reseca. Se oía el agua tragada por el suelo, un chupeteo ávido, y de a ratos el chasquido de un terrón que se deshacía. Lucho, sin que nadie se lo pidiera, agarró un palo y empezó a abrir un camino más ancho para que el agua llegara pareja al pie del tronco.

—Más a la izquierda —dijo Facundo.

—¿Así?

—Así.

Trabajaron un rato largo sin hablar. Hacia las cinco empezó a clarear sobre la cordillera, una raya gris que después se volvió durazno. Los gallos de las fincas vecinas arrancaron uno por uno. El agua llegó por fin al pie de la higuera y se quedó un rato en círculo, como pensando, hasta que la tierra se la bebió toda.

—¿Y ahora? —preguntó el chico.

—Ahora se cierra. El turno son cuatro horas, pero con esto alcanza para que sepa que alguien vino.

Volvieron a la compuerta. Facundo dio vuelta la manivela y el canal recuperó su silencio. Sacó del bolsillo la boleta doblada en cuatro, la alisó contra el muslo y se la dio a Lucho.

—Guardala. Cuando vengan con las máquinas a cortar el árbol, si vienen, mostrales que tiene turno de agua hasta fin de mes.

—¿Y si igual lo cortan?

—Entonces vos vas a saber que hubo un tomero que no cerró la compuerta a tiempo.

El chico se rio, se acomodó la linterna en la frente y se subió a la bicicleta. Antes de arrancar miró otra vez hacia el fondo de la finca, donde el sol recién nacido tocaba la copa de la higuera.

Una hoja, nomás una, se había enderezado.

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