A las cinco y diez del primer domingo de febrero, Dora Quiroga empujó el carrito de la municipalidad por el costado de la plaza Próspero Molina y se detuvo frente a las butacas del campo central. Había siete mil ochocientas. Las había contado una vez, de joven, para hacerse la graciosa con un cuñado, y se había perdido en la fila veinte.
La novena luna se había apagado hacía tres horas. Quedaba el olor: empanadas frías, cerveza vieja en vasos de plástico, el polvo dulce que levanta una multitud cuando se va. En el piso había de todo. Pañuelos, un mate con la bombilla clavada, una sandalia, programas hechos un bollo, cáscaras de maní que crujían bajo la goma de las ruedas.
—Dora, tenés hasta las siete —le gritó Benítez desde la camioneta, con la ventanilla baja y el termo entre las piernas—. A las siete entra el camión de las vallas y no quiero líos con el jefe.
—Con las siete me alcanza.
Veintidós años barriendo esa plaza. Conocía sus cosas mejor que su propia cocina: la baldosa floja cerca de la fuente, el tilo que le tiraba hojas a la feria, el rincón donde los chicos se escondían a besarse. Pero nunca, ni una sola noche, se había sentado en una butaca con el escenario encendido. Las noches de luna ella trabajaba afuera, en los baños, en los contenedores, en la vereda donde los puesteros dejaban las cajas. El festival le llegaba como le llega el mar a la gente que vive en la sierra: por el ruido y por el olor.
Omar sí se había sentado. Omar, que tocaba el bombo en un conjunto de Santa María que nunca llegó al escenario Atahualpa Yupanqui, y que todos los eneros sacaba entrada para la luna que fuera, la más barata, y volvía a la casa con la cabeza llena de zambas. Se había ido hacía cuatro años, en agosto, sin ver a nadie del conjunto cantar en la plaza. Ella no había vuelto a comprar una entrada. Le parecía una traición ir sin él, y otra traición no ir.
Empezó por la fila uno. Con la pala larga juntó los papeles, con la mano libre levantó lo que valía la pena: dos pañuelos, un abanico, un par de anteojos. Todo al cajón de objetos perdidos que llevaba atado al carrito. Cada tanto levantaba la vista. Arriba, los técnicos desarmaban reflectores y alguien probaba un micrófono con un soplido seco, un, dos, un, dos, que rebotaba contra los cerros todavía negros.
En la fila catorce, debajo de la butaca del medio, había un sombrero. No un sombrero cualquiera: un panamá viejo, con la cinta gastada y adentro, escrito con birome sobre el forro, un nombre y un teléfono con característica de Santa María de Punilla.
Dora lo dio vuelta dos veces. Se le hizo un nudo ahí, entre el pecho y la garganta, porque conocía ese apellido. Era el del flaco que tocaba la guitarra en el conjunto de Omar. Quince años sin verlo, y ahí estaba su sombrero, abandonado en la fila catorce de la novena luna como si lo hubiera dejado a propósito para ella.
Sacó el celular del bolsillo del delantal. Marcó despacio, con el pulgar gordo y tieso de frío.
—¿Hola? —contestó una voz ronca, de recién despertado—. ¿Quién es a esta hora?
—Soy Dora, la mujer de Omar Ferreyra. Del bombo. Encontré un sombrero suyo en la plaza.
Hubo un silencio largo. Después una risa corta, y otra, y por fin un hombre que no podía hablar de la risa o de otra cosa.
—No me digas. Lo busqué toda la madrugada. Estuve anoche en el campo, con mis nietos, Dora. Es la primera vez que me siento ahí. Nos tocó la fila catorce. Yo les dije: acá se sentaba Omar cuando se le daba por venir temprano, para ver el escenario vacío.
—¿Eso hacía?
—Siempre. Se sentaba una hora antes, solo, y me decía que había que mirarlo sin gente para entender de qué tamaño es. —Tosió—. Te lo paso a buscar a la mañana. Guardámelo bien.
Cortó. Dora se quedó con el sombrero en las manos y el celular tibio contra la palma. Miró la butaca del medio de la fila catorce. Era azul, de plástico, con el respaldo marcado por siete mil ochocientas noches de espaldas. La limpió con el repasador. Después, sin pensarlo mucho, se sentó.
Era más baja de lo que parecía desde el pasillo. Las rodillas le quedaron contra la butaca de adelante. Desde ahí el escenario ocupaba el mundo entero: cincuenta metros de boca, el telón de fondo desarmado, los cables colgando como lianas, las luces de trabajo prendidas de a pares. Un muchacho de remera negra empujaba algo en el centro, y de pronto el plató empezó a girar. Medio giro, lento, ciento ochenta grados, con un ronroneo de motor viejo, y las sillas vacías de la última banda quedaron mirando hacia el fondo, como si el escenario se hubiera dado vuelta para dormir.
—Siete menos veinte, Dora —avisó Benítez, bajito, sin bajarse de la camioneta.
—Ya voy.
No fue enseguida. Se quedó hasta que el cielo sobre el cerro Pan de Azúcar pasó del negro al gris, y del gris a un celeste lavado, y las luces de trabajo se volvieron pálidas contra la mañana. Tarareó una zamba que ni siquiera sabía cómo se llamaba. Con el sombrero sobre las rodillas, en la fila catorce, mirando la plaza más grande del país sin nadie adentro.
Después se paró, se acomodó el delantal, tomó la pala larga y siguió con la fila quince. Atrás, en la butaca del medio, quedó la marca tibia de su cuerpo, que el aire de la sierra se llevó despacio.
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