Ubaldo Lencina llegó al campo a las seis y media, cuando todavía quedaba escarcha en el alambrado, y lo primero que hizo fue mirar para arriba. El molino estaba como lo había dejado hacía once años: la rueda quieta, las aspas con el color del óxido bueno, la cola torcida hacia el norte como si alguien se hubiera ido sin avisar.
—¿Y? —preguntó Rocío, que bajaba de la camioneta con el termo bajo el brazo—. ¿Anda o no anda?
—Todavía no lo toqué, nena.
—Pero lo estás mirando como si no anduviera.
Ubaldo no contestó. Tenía sesenta y siete años, un overol que le había quedado grande desde la última operación y una caja de herramientas que había sido de su padre. Desde Girodías hasta el puesto eran veintidós kilómetros de tierra, y los había manejado despacio, con la ventanilla baja, oliendo el trébol mojado.
El campo se vendía en diciembre. La dueña, que vivía en Trenque Lauquen y no había pisado el puesto en años, había mandado a decir que el molino se iba con el resto, o que se desarmaba para chatarra. Ubaldo no pidió que lo salvaran. Pidió un domingo. Quería subir, engrasar, hacerlo girar una vez y escuchar el golpe del pistón en el caño. Nada más. Eso, para un molinero, es como pedirle a un cantor que cante una sola vez en una casa que ya no es suya.
Subió por la torre despacio, con las dos manos, contando los travesaños. A los veinte metros le habló el viento, un resoplido flojo del sur. Arriba, la caja de engranajes tenía una costra de grasa vieja del color del chocolate. Aflojó la tapa con la llave de su padre, la de mango envuelto en cinta, y adentro encontró lo que temía: el aceite se había ido y un par de dientes del piñón mostraban la marca del descuido.
—Tío —gritó Rocío desde abajo—, ¿qué ves?
—Veo que a esto le falta de todo.
—¿Y entonces?
—Y entonces vamos a ver con qué se arregla.
Bajó, buscó en la caja y encontró una lata de grasa a medio usar, un trapo, un cuero curtido que guardaba para las válvulas. Subió otra vez. Limpió los engranajes con el trapo, uno por uno, hasta que el hierro mostró su gris verdadero. Engrasó. Cambió el cuero de la bomba, que bajó él mismo con la varilla, tramo por tramo, con Rocío sosteniendo cada sección con los guantes demasiado grandes.
A media mañana el sol ya calentaba las chapas del tanque australiano, ese redondel de zinc que se veía desde lejos como una moneda grande puesta de canto en el pasto. Tenía el fondo seco y una telaraña colgada del flotante. Tomaron mate en la sombra de la torre. Rocío preguntó si de verdad nunca había ido a otro lado a trabajar, y Ubaldo dijo que sí, que había ido una vez a Bahía Blanca por una oferta, y que a los tres días se volvió.
—¿Por qué?
—Porque allá no se oye el campo. Acá, antes de que salga el sol, se oye el molino de tres estancias distintas. Cada uno suena diferente. Si prestás atención, hasta sabés cuál necesita aceite.
—¿Y este cómo suena?
—Este suena a mi viejo.
Rocío no dijo nada. Revolvió la yerba con la bombilla y le devolvió el mate.
Al mediodía el aire se paró. Esa quietud de la pampa que no es silencio, que es otra cosa: las cigarras, un tero lejos, el zumbido de un alambre. La rueda seguía clavada. Ubaldo la miró durante un largo rato, con las manos en la cintura, y después hizo algo que Rocío no esperaba. Se sacó la gorra.
—No pasa nada —dijo—. Capaz que el viento no quiere.
—Esperemos un poco.
—Tenemos que volver antes de que oscurezca.
—Esperemos un poco, tío.
Esperaron. Comieron los sándwiches de miga que había preparado la abuela. Rocío se tiró a la sombra con el celular y lo guardó enseguida, porque no había señal ni la había habido nunca. Ubaldo se sentó con la espalda contra la pata de la torre y cerró los ojos, no para dormir, sino para escuchar mejor lo que no pasaba.
Fue un cambio de olor lo primero. Un olor a tierra removida, a lluvia que todavía no existe. Después la veleta crujió, una sola vez, como quien carraspea. La cola giró despacio, mucho, hasta quedar mirando al sur, y la rueda, sin apuro, empezó a moverse.
Primero fue un cuarto de vuelta. Después media. El piñón mordió con un clac que Ubaldo conocía desde antes de saber leer, y la varilla subió y bajó, subió y bajó, tosiendo en el caño. No salió nada. Una vez, dos, diez. Rocío se puso de pie.
—No sale agua.
—Esperá. Hay que cebarla.
El golpe se hizo más largo, más hondo. Algo gorgoteó abajo, en la tierra, una profundidad que llevaba once años quieta. Y entonces, del caño de descarga, cayó un chorro marrón, espeso, que salpicó el fondo del tanque y se fue aclarando de a poco: marrón, amarillo, transparente.
Rocío se rio, y lo hizo como se ríe cuando no se espera. Ubaldo se quedó mirando cómo el agua empezaba a cubrir el zinc, una lámina finita, brillante, con el cielo adentro.
—Está andando —dijo ella.
—Está andando.
—Podemos decirle a la señora que…
—No hay nada que decirle, nena. Yo pedí un domingo, y es domingo.
Se quedaron hasta que el agua les llegó al primer remache. Antes de irse, Ubaldo trabó la rueda con el freno, como se hace, y dejó en el piso, junto a la pata de la torre, la lata de grasa con la tapa bien cerrada, por si venía alguien. Subió a la camioneta. Antes de arrancar, bajó el vidrio y miró para atrás.
La rueda, ya trabada, todavía seguía girando un poco, por inercia, y el último clac llegó hasta la ruta como una puerta que alguien cierra con cuidado.
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