El motor hizo un ruido como de tos y se apagó en el medio de la laguna.
Ramona Villalba giró la llave dos veces, tres. Nada. Atrás, en los bancos de la lancha, la familia de Córdoba dejó de hablar: el padre, la madre, dos nenas con chalecos naranjas que les quedaban grandes. Eran las seis y diez de la tarde y el sol ya se apoyaba sobre los embalsados del otro lado, torciendo el agua en un color que no era ni cobre ni té.
—¿Pasa algo? —preguntó el hombre.
—Se ahogó —dijo Ramona—. Dame un minuto.
Abrió la tapa, tocó la manguera de nafta, sopló el filtro. Sabía de memoria lo que iba a encontrar, porque lo mismo había pasado dos veces ese mes: la bomba. La pieza venía de Mercedes, a ciento veinte kilómetros por la ruta 40, ochenta de ripio, y el repuesto no llegaba hasta el viernes.
A treinta metros, un carpincho grande las miraba masticar, sin ninguna prisa. Más allá, un yacaré flotaba con los ojos nomás.
Ramona levantó la vista hacia la costa. Desde donde estaba se veía el puente de entrada al pueblo, con los miradores, y las luces del camping municipal. Trescientos metros, quizás cuatrocientos. Cerca, para un motor. Para otra cosa, no.
Debajo del banco, sujeta con dos tientos de cuero, estaba la pértiga. Cuatro metros de tacuara con una horquilla de hierro en la punta. La había puesto ahí su padre hacía veinte años, cuando la lancha era de él y él era mariscador, de los que vivían de lo que daba el estero antes de que a nadie se le ocurriera traer turistas. Ella nunca la había usado. Siempre había motor, siempre había alguien que arreglaba algo. La pértiga quedaba ahí por costumbre, como el rosario colgado en el espejo de un colectivo.
—Podemos esperar que venga otra lancha —ofreció la madre.
—A esta hora no sale ninguna —dijo Ramona—. Vamos a volver igual.
Desató los tientos. Le pesó más de lo que esperaba. Se paró en la popa, abrió las piernas como lo había visto hacer mil veces desde la orilla, y metió la pértiga en el agua.
No tocó fondo. Hundió más, hasta los codos, y la punta encontró barro blando y se enterró. La lancha no se movió. Empujó con el cuerpo y la pértiga se quedó agarrada, y tuvo que sacarla tirando con las dos manos mientras la nena más chica se reía bajito.
—Perdón —dijo Ramona, colorada—. Hace rato que no.
Escuchó la voz de su padre antes de pensar en él, la misma frase de siempre, dicha con la boca llena de mate amargo: «Apoyá despacio y esperá que el fondo te conteste». Nunca había entendido qué quería decir. Parecía una de esas cosas que se dicen para no explicar.
Probó de nuevo. Apoyó la horquilla despacio y esperó. El barro cedió un poco y después, a dos palmos, hubo algo firme: raíces de camalote, un colchón de tierra viva. La pértiga dejó de hundirse. Ramona sintió la respuesta subiéndole por la tacuara hasta las muñecas, y empujó.
La lancha se deslizó medio metro. Después otro medio.
—¡Se mueve! —dijo la nena.
—Se mueve —dijo Ramona, sin darse vuelta.
Fue un camino largo. Cada empujón era una pregunta distinta, porque el fondo cambiaba cada cuatro pasos: blando, firme, vacío, firme de nuevo. Aprendió a leer el color del agua, a no apoyar donde subían burbujas finas. El sudor le bajaba por la espalda. El padre de Córdoba le ofreció turnarse y ella dijo que no, gracias, que si no conocía el estero lo iba a empujar para cualquier lado. Él se rió y no insistió.
Pasaron cerca del carpincho, que se hizo a un lado sin dejar de masticar. El yacaré se hundió sin hacer ruido. Los pajonales se pusieron rojos de un lado y violetas del otro, y las nenas, que habían estado inquietas, se quedaron calladas como si el silencio fuera parte del paseo. Ahora, pensó Ramona, lo era.
Cuando faltaban cien metros se acordó de algo. Su padre no hablaba nunca mientras empujaba. Ella lo había tomado por mal carácter. Pero no era eso: estaba escuchando. El estero crujía, chasqueaba, soltaba aire por debajo. Estaba hablando entero.
Llegaron al muelle del camping cuando ya no había sol, solo un resplandor rasante detrás del puente. Su madre esperaba ahí, con el termo bajo el brazo, mirando venir la lancha sin ruido de motor.
—Se rompió la bomba —dijo Ramona desde la popa, jadeando—. Vine a pértiga.
Su madre no dijo nada. Recibió la soga, la ató al palenque con el nudo de siempre y recién entonces levantó la vista.
—Tu papá habría tardado menos —dijo.
—Seguro.
—Pero habría ido por el otro lado, por el canal de los lapachos.
—Ese todavía no lo conozco.
—Todavía —repitió su madre, y le alcanzó el mate.
La familia bajó, agradeció, dejó una propina más grande de la cuenta. Ramona se quedó sola en el muelle con el mate amargo en una mano. Con la otra tomó la pértiga, la escurrió, y en vez de volver a atarla debajo del banco la apoyó contra el poste, a la vista, con la horquilla todavía goteando barro sobre las tablas.
Afuera, en la laguna, algo respondió desde el fondo con un chapoteo largo. Ramona lo escuchó entero.
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