El teléfono sonó a las once y diez, y Tamara lo atendió con el termómetro en la otra mano. Marcaba uno bajo cero. En el cuadro de las peras, la flor recién abierta parecía de papel.
—¿Cómo van? —preguntó su padre desde la clínica de Roca. Se le oía la voz chica, con el eco de un pasillo.
—Andan. Los cuatro sectores andan.
—Mirá que tiene que haber agua en la planta todo el tiempo, Tami. Todo el tiempo. Si se corta, el hielo se rompe y la flor se quema peor que si no hubieras regado.
—Ya sé, pa. Me lo dijiste catorce veces.
—Quince —dijo él, y se rió, y le salió un quejido por la pierna enyesada—. Llamame a las tres.
Cortó. Tamara se calzó el gorro de lana de su padre, que olía a tabaco y a tierra mojada, y salió de la casa con la linterna. El viento del sudoeste había aflojado a eso de las diez, y el silencio que dejó era peor. Una helada negra, había dicho el vecino a la tarde, sin humedad, de esas que no avisan con escarcha. Ella tenía diecisiete años, había visto cuatro heladas desde la ventana de su cuarto y ninguna desde adentro del monte.
La bomba trabajaba en el fondo de la chacra, junto a la perforación, con un ronroneo parejo. Desde ahí partían las cañerías hacia cada cuadro, y sobre cada hilera de perales y manzanos giraban los aspersores de martillo: un golpe seco, un abanico de agua, otro golpe. Tamara caminó entre las filas. El agua caía sobre las ramas y se volvía hielo apenas tocaba la madera. Cada yema, cada flor, quedaba metida en una funda transparente. Su padre le había explicado que era el hielo el que cuidaba, que al congelarse largaba calor y mientras hubiera agua líquida mojando la planta, la planta no bajaba de cero. Ella lo había entendido como se entiende una cuenta: sin sentirlo.
A la una y cuarto, en el sector cuatro, un aspersor dejó de girar.
Lo notó por la falta del golpe. Alumbró con la linterna y vio el chorro caer derecho, siempre en el mismo lugar, sobre un solo peral, mientras seis plantas a cada lado quedaban secas y brillando apenas de rocío helado. Corrió. Era uno de los aspersores de plástico, el negro, que su padre había puesto en marzo cuando se rompieron dos de los de bronce y no le alcanzó la plata para reponerlos. Tenía el resorte cubierto de hielo, un puño de hielo que lo trababa entero.
Le pegó con la linterna. Nada. Le pegó con la palma, y el golpe le subió por el brazo hasta el hombro. El plástico estaba tan frío que sintió que se le pegaba la piel.
Miró el termómetro que llevaba colgado del cuello: menos dos y medio.
No podía cortar el sector para cambiarlo, porque cortar el sector era dejar sin agua a doscientas plantas. Tampoco podía dejarlo así. Pensó en llamar a su padre y lo descartó en el mismo segundo: lo único que podía hacer él era preocuparse con la pierna en alto.
Se acordó del galpón. Detrás de las bolsas de abono, en una caja de manzanas, estaban los aspersores de bronce viejos, los que se habían roto. Uno solo tenía la tobera partida. Los otros dos, le había dicho su padre, andaban, pero les faltaba una arandela.
Fue corriendo. Volvió con dos aspersores, una llave inglesa y un rollo de cinta teflón del cajón de herramientas. Cerró la válvula del ramal, un solo ramal de seis plantas, y la nube de agua se achicó a la mitad. Con las manos entumecidas le sacó el aspersor negro de un tirón, enroscó el de bronce, le puso cinta hasta que el hilo no se vio más. Le temblaban los dedos y se le caía la llave.
—Dale —dijo. No supo a quién. Abrió la válvula.
El agua tosió, escupió aire, y de golpe el martillo pegó: uno, dos, tres. El abanico giró sobre las seis plantas secas y las cubrió de a poco, con un chisporroteo fino, como arroz sobre una chapa. Tamara se quedó parada con la llave en la mano y se dio cuenta de que no sentía los pies.
Había tardado once minutos. Lo supo por el reloj de la linterna. Once minutos con seis plantas sin agua, a menos dos y medio. Se agachó y alumbró las flores de la hilera: blancas, mojadas, con el centro rosado intacto. Le pareció que estaban bien. Con una uña abrió una por la mitad, como había visto hacer a su padre, y miró el pistilo. Era verde. Verde claro, vivo.
A las tres lo llamó.
—Todo bien —dijo.
—¿Seguro?
—Se me trabó uno en el cuatro. Lo cambié.
Hubo un silencio largo, de pasillo de clínica.
—¿Con cuál?
—Con uno de bronce. El de la caja.
—Ah —dijo su padre, y por la voz Tamara entendió que se estaba tapando la cara con la mano libre—. Ese era el bueno.
Amaneció a las seis y media, sin color, y después con un naranja finito sobre la cortina de álamos, que todavía estaban pelados. Tamara estaba sentada en un cajón, junto a la bomba, con las manos metidas bajo las axilas. Entonces el sol entró por la punta de la chacra y llegó hasta el cuadro de las peras.
Todo el monte se prendió. Cada flor estaba adentro de su hielo, y el hielo agarraba la luz y la devolvía en mil pedazos, y las hileras enteras brillaban como si alguien hubiera encendido una araña de vidrio sobre la tierra. Después empezó el goteo, primero un tic, después veinte, después el monte entero llorando despacio.
Tamara apagó la bomba. En el silencio se oyó el agua caer de rama en rama, y debajo del hielo que se deshacía, las flores seguían abiertas.
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