A las cinco y media, el yerbal de Apóstoles todavía era una sola mancha oscura con olor a tierra colorada mojada. Yaroslava Kovalchuk, Slava para todo el mundo, se calzó los guantes con los dedos duros de escarcha y miró el raído tendido en el suelo, una bolsa de arpillera abierta como una boca. Nunca había llenado una. Su padre, Mauricio, llenaba tres por día desde antes de que ella naciera.
—Hoy no me ayudás —le había dicho ella la noche anterior, con el mate en la mano—. Quiero llenar uno sola.
—Es agosto. Las hojas no te perdonan en agosto.
—Por eso.
Mauricio no discutió. Le alcanzó la tijera de podar, la de mango rojo que había sido de su abuelo, y se fue con la cuadrilla hacia el otro lado del surco, silbando bajito una polca que Slava conocía de los casamientos en el salón de la colectividad.
A los diecinueve, con el secundario terminado y una inscripción de enfermería en Posadas que se pagaba con zafra o no se pagaba, Slava creía que cortar yerba era cuestión de ganas. A las siete y media tenía las muñecas ardiendo y apenas cuarenta centímetros de hojas en el fondo de la arpillera. La rama, cuando se la agarra mal, devuelve el golpe: un latigazo de ramita verde en la mejilla, y un gusto amargo que se mete por la nariz.
—Así no, nena.
Al lado, en el surco vecino, un hombre flaco con sombrero de ala corta y camisa de franela la miraba sin dejar de cortar. Era don Ceferino Benítez, que tenía setenta y dos años y todavía le ganaba a los pibes de veinte. Hablaba un castellano con vuelta de guaraní, y casi siempre se reía de lo que decía.
—¿Cómo así no?
—Estás cortando la rama entera. Dejale el brote, vos. Si le sacás el brote, la planta no vuelve en el verano, y después el patrón te dice que la yerba se murió y vos pensás que fue el frío.
Le mostró con dos tijeretazos secos. Cortaba hacia afuera, con la muñeca floja, y las hojas caían en un arco chico que terminaba siempre dentro del raído. Slava probó. Erró. Probó de nuevo. Algo cedió en el hombro.
A las diez salió el sol por encima de los eucaliptos del fondo y el yerbal se puso verde de golpe, de ese verde brillante y aceitoso que no se ve en las fotos. Se sacó el abrigo. Don Ceferino le pasó el termo y la calabaza, y ella cebó un mate amargo que le quemó la lengua y le devolvió los dedos. Él tomó el suyo sin apuro y volvió a cortar.
—Mi finado padre decía que la yerba tiene memoria —dijo—. Que se acuerda de cada mano que la tocó.
—Eso es una mentira linda.
—Las mentiras lindas son las que duran.
Al mediodía el raído estaba por la mitad. Comió parada, un pan con queso que se le deshacía en las manos pegajosas de savia, y se dio cuenta de que le sonaba el estómago a la misma hora que a los demás, como si el cuerpo ya hubiera aprendido el reloj de la cuadrilla. Mauricio pasó con el suyo al hombro, enorme, y no dijo nada. Se limitó a mirar la bolsa de su hija con la cabeza un poco inclinada, como se mira un puente que otro construyó, y siguió de largo.
Esa fue la parte más difícil. No el frío ni el dolor, sino el silencio de su padre, que no corrigió ni elogió, que dejó que ella sola se diera cuenta de cuánto faltaba.
A la una y media se le cortó el ritmo. El brazo derecho dejó de obedecer, la tijera pesaba el doble, y durante veinte minutos cortó mal, con rabia, tirando más rama que hoja. Don Ceferino no la corrigió. Silbó, nomás, la misma polca de Mauricio, y Slava, sin darse cuenta, empezó a cortar al compás. Fue entonces cuando la bolsa empezó a llenarse en serio.
A las tres, con los dedos acalambrados y un zumbido en los oídos, Slava empujó con la rodilla las últimas hojas hacia adentro. La arpillera abultada pesaba como un animal dormido. Intentó cargársela al hombro y la bolsa se le fue para el costado. Probó de nuevo, con las piernas abiertas, y esta vez la sostuvo.
—Treinta y nueve kilos y medio —dijo don Ceferino, cuando ella la apoyó en la balanza del camión, y la aguja tembló, y se quedó—. Para ser el primero, no está mal.
—Faltan quinientos gramos para cuarenta.
—Siempre falta algo, nena.
El camionero anotó el número con un lápiz mocho en una libreta de tapa grasienta. Slava le pidió que se lo mostrara. Treinta y nueve, cinco, escrito en una letra apretada, entre el número de su padre y el de don Ceferino, en la misma columna.
Esa noche, en la cocina, su madre puso a hervir los varenikes de ricota. Mauricio se sentó, se sacó las botas, y sin una palabra empujó hacia ella el plato primero. Slava lo miró. Después lo aceptó con las dos manos, que seguían abiertas, y todavía olían a hoja cortada.
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