A las seis y diez de la tarde, cuando el último esquiador bajó por Caminito del Bosque y la montaña se quedó sin voces, Nilda Caro se subió a la Pisten Bully 240 y le dio arranque. El motor tosió dos veces y agarró. Adentro de la cabina olía a gasoil, a guantes mojados y a la yerba que había quedado en el mate desde el mediodía.
Llevaba once temporadas en Cerro Castor, veintiséis kilómetros arriba de Ushuaia, y en todas hacía lo mismo: esperar a que se fuera la gente para dejar la nieve como si nadie hubiera pasado nunca. Peinar, le decía ella. Los de la boletería decían pisar. Pero peinar era la palabra justa: dos pasadas con la fresa atrás, el cepillo de tela dibujando surcos finos, y a la mañana la pista parecía un pañuelo recién planchado.
Esa noche importaba más que las otras. Tomás, su hijo, cumplía ocho y al día siguiente bajaría solo, por primera vez, la pista Zorrito Gris. No lo sabía todavía. Se lo había prometido en el desayuno, con el pan tostado en la mano, y Tomás había dicho que sí con una seriedad que a Nilda le dolió de tanta ternura.
—Mamá, ¿vos la vas a planchar bien?
—La voy a dejar como una sábana, hijo.
Empezó por arriba, por La Lenga, la más larga, tres mil metros de bosque oscuro con los troncos de las lengas torcidos por el viento. Subió con el malacate enganchado, el cable tenso detrás, y fue bajando despacio, pasada por pasada. Afuera caía una nevisca finita que la luz de los faros volvía polvo de plata. Se tomó un mate al llegar a la mitad. Estaba tibio, no caliente, y igual le supo a gloria.
A las once y media pasó por Castorcitos, donde los chicos aprenden, y la dejó impecable. Después se metió en Zorrito Gris. Trescientos cincuenta metros, nada más. Una pendiente que de día se llena de gorros de colores y de padres caminando para atrás. De noche era una hoja en blanco.
Terminó la última pasada, frenó y apagó el motor para mirar. Eso se permitía siempre: un minuto de silencio en la cima, con la montaña lisa como un pizarrón.
Y entonces los vio.
Atravesando la pista de lado a lado, justo en el medio, había una línea de huellas chiquitas. Redondas, ordenadas, una detrás de otra, como si alguien las hubiera marcado con un dedal. Venían del bosque de la izquierda y se perdían en el de la derecha. Ni una duda en el paso. El que las dejó sabía adónde iba.
Nilda se bajó con la linterna. Se agachó. Un zorro colorado, seguro. Había visto uno en noviembre rondando el estacionamiento, flaco, con la cola gruesa de invierno. Las huellas todavía tenían el borde filoso: recién hechas, de hacía minutos.
Lo correcto era volver a subir, dar otra pasada y borrarlas. Era su trabajo, y lo hacía bien. Se quedó mirando la línea. Después miró hacia abajo, hacia la luz lejana de la base, donde dormía Tomás con las botas de esquí al lado de la cama, listas desde el jueves.
Pensó en la cara de su hijo bajando por una pista perfecta y vacía. Y pensó en otra cara, la de un nene que baja y de golpe encuentra un camino que no es de nadie, hecho por un animal en la oscuridad.
Volvió a la máquina y buscó el termo. Se sirvió otro mate y lo tomó despacio, mirando las huellas.
—Y bueno —dijo en voz alta, a nadie—. Vos primero.
Arrancó de nuevo. Subió, dio una pasada limpia por la derecha y otra por la izquierda, y dejó entre las dos, intacta, una franja angosta de nieve con las marcas del zorro. Cuando terminó, la pista era una sábana planchada con un solo hilo bordado en el medio.
Cerró la cabina a las dos y cuarto. Bajó a la base con el cuerpo molido, durmió tres horas y se levantó antes que el sol.
A las diez, cuando los medios abrieron y el cerro empezó a llenarse de ruido, Nilda esperó al pie de Zorrito Gris con las manos metidas en los bolsillos. Tomás llegó con el casco torcido y los ojos grandes. Lo acompañó arriba por el Magic Carpet, le ajustó las fijaciones, le sacudió la nieve de los hombros.
—¿Y esto? —preguntó él, apuntando con el bastón a la línea del medio.
—Pasó alguien anoche.
—¿Quién?
—Alguien que conoce el cerro mejor que yo.
Tomás se quedó callado. Después, sin que ella dijera nada más, puso los esquíes en cuña, respiró hondo y empezó a bajar siguiendo la huella, no por el costado, sino pegadito a las marcas, como quien lee un camino escrito. Iba despacio, recto, con la lengua afuera de la concentración.
Nilda lo miró hasta que fue una mancha roja chiquita contra el blanco. Abajo, un zorro colorado asomó un segundo entre los troncos, olfateó el aire, y volvió a perderse en el bosque.
Ella levantó el termo, como brindando, y tomó lo último que quedaba.
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