A las cuatro de la tarde el cielo de Suncho Corral se puso del color de un cuero mojado, y Abel Juárez supo que el bombo se le iba a aflojar.
Lo tenía colgado de un clavo, bajo el alero del taller, con los dos parches nuevos todavía claros, de chivo, cosidos a los arillos de sacha lazo. Faltaba lo último: tensar los tientos y afinarlo. Se lo había prometido a su nieta Luciana para la peña del sábado, que arrancaba a las nueve de la noche en el club. Era la primera vez que ella tocaba en público, y quería hacerlo con un bombo de su abuelo.
El primer trueno llegó seco, como un palo sobre el aro. Después vino el olor: tierra caliente que recibe agua después de meses, un olor a polvo y a ceniza mojada. Abel entró el bombo corriendo, con la panza contra el pecho, y lo dejó sobre la mesa de quebracho.
—Abuelo, ¿lo salvaste? —preguntó Luciana desde la puerta. Tenía quince años, las zapatillas llenas de barro y una vincha que le sujetaba el pelo.
—Todavía no. Con la humedad el cuero se estira. Si lo afino ahora, esta noche, cuando seque, va a sonar a lata.
—¿Y entonces?
—Entonces hay que esperar que pare. Y no sé si para.
Llovió dos horas. Abel se sentó con el mate y miró el techo de chapa, que hacía un ruido de aplauso largo. Pensó en su padre, Hilario, que había cortado el ceibo de ese bombo en un mayo de 2009, en el cuarto menguante, cuando el árbol descansa. Lo había dejado estacionar más de diez años en el fondo del patio, bajo un techito de ramas, y se murió sin verlo hecho. Abel tardó en animarse. El tronco era grueso, de los que ya casi no hay, y el que lo ahueca una sola vez no tiene segunda oportunidad. Lo ahuecó con gubias, primero gruesas, después finas, y le quemó las vellosidades por dentro hasta dejarlo liso como la palma de una mano.
A las seis dejó de llover. A las seis y diez salió el sol, bajo y rojo, entre dos nubes. Afuera todo goteaba, y en el monte cantaban los pájaros como si hubieran estado esperando.
—Ahora —dijo Abel.
Sacó el bombo al patio y lo apoyó contra el sol. Los parches de chivo, que a la mañana estaban tirantes, ahora se veían flojos, con una arruga suave cerca del aro. Los golpeó con los dedos. Sonaron sordos, como un cajón de verdura.
—Eso no es un bombo —dijo Luciana.
—Es un bombo que se olvidó de lo que es. Hay que acordárselo.
Le pidió que sostuviera el casco entre las rodillas. Él tomó el tiento, la lonja de cuero crudo de vaca que pasa en zigzag entre los aros, y fue tirando de a poco, presilla por presilla, escuchando. Un tirón y un golpe de palillo. Otro tirón y otro golpe. Con el calor del sol sobre el cuero, el chivo empezaba a responder, y cada golpe iba juntando más cuerpo. Pero la lluvia había metido humedad adentro del ceibo, y la madera todavía hablaba más grave de lo que él quería.
—No llegamos —dijo, y se limpió la frente con la manga—. Falta el sol, y el sol se está yendo.
—¿Y si lo ponemos arriba del horno?
—Se rajaría. Mi viejo me lo enseñó, el cuero no se apura.
Luciana se quedó callada. Después entró a la casa y volvió con la pava, llena de agua recién calentada. La apoyó en el piso, al lado del bombo, y el vapor subió lento.
—Calor parejo —dijo—. Sin quemar.
Abel la miró. Después sonrió, de costado, con el bigote.
—¿Quién te enseñó eso?
—Vos. Cuando afinabas el de la guitarra de mamá en invierno, al lado de la estufa.
Se agacharon los dos. Acercaron el bombo a la pava, a una distancia de dos palmos, y le fueron dando vueltas como a un asado. Abel tensaba. Luciana golpeaba. Él decía “más” o “ahí” sin levantar la vista, y ella aprendía a escuchar lo que él escuchaba: ese punto en que el golpe deja de ser un golpe y se vuelve un redoble que se queda en el aire.
A las ocho menos veinte, ya con el cielo violeta y los grillos pidiendo la noche, Abel dio la última vuelta al tiento y se apartó.
—Tocá.
—Abuelo, es tu bombo.
—Es el tuyo. Yo solamente lo hice.
Luciana tomó los palillos, de palo blanco, con las puntas redondeadas. Respiró. Golpeó una vez al centro, después una al aro, y después empezó el ritmo de la chacarera, el de siempre, el que se hereda sin que nadie lo explique.
El sonido salió grande. Salió del parche, salió del ceibo, atravesó el patio mojado, pasó por encima del alambrado y se metió en el monte. Un perro ladró lejos, y otro más lejos todavía.
Abel cerró los ojos. Pensó que su padre decía que un legüero bien hecho se oye a una legua, y que él nunca había comprobado si era cierto.
Luciana siguió tocando. Pasó un minuto, quizá dos. Y entonces, desde el otro lado del monte, muy flojito, tan lejos que parecía venir de adentro de la tierra, alguien contestó con otro bombo.
La nena dejó de tocar. Abel abrió los ojos.
—¿Lo oíste?
—Lo oí.
—Contestá —dijo él, y apagó la luz del taller.
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