El lobo marino estaba durmiendo sobre la lona, justo donde Gino había dejado el tarro de pintura, y no había forma elegante de pedirle que se corriera.
—Disculpame, maestro —dijo igual, y le acercó la punta del pincel a un metro, con respeto.
El lobo abrió un ojo, resopló un aire que olía a pescado de ayer y volvió a dormirse. Gino se rió solo. Eran las seis y cuarto de la mañana en la Banquina de Pescadores, hacía un frío húmedo que se metía por las mangas, y la lancha estaba arriba del carro con la quilla al aire, esperándolo.
Setenta y cuatro años. Cincuenta y ocho de lanchero. La Santa Rosalía era de su padre antes de ser suya, y desde el lunes iba a ser de su sobrino Matías, que tenía la mitad de sus años, un permiso nuevo y la idea de ponerle otro nombre. «Algo más moderno, tío», había dicho, con buena intención, mientras firmaban en la oficina del consorcio. Gino no discutió. Pidió una sola cosa: dársela pintada. Amarillo de casco, filo rojo en la regala, como se hace. A la tarde Matías la tiraba al agua.
Tenía hasta que subiera la marea sobre la rampa, y eso, a las dos de la tarde, no se negociaba.
Lijó primero. Lijó con el taco de madera que usaba su padre, que había quedado con la forma de la palma de una mano que ya no estaba. El polvo amarillo se le pegaba en las cejas. Arriba pasaban las gaviotas con ese grito de reproche que tienen siempre, y desde el fondo de la banquina llegaba el ruido del hielo que bajaban en carretillas, y el olor a gasoil, a sal, a red mojada.
Al lado, en el cajón de la lancha vecina, Pichón Ferraro destripaba un balde de pescadilla sin levantar la cabeza.
—¿Vas a dejarla con el mismo nombre o te la cambia el pibe?
—Me la cambia.
—Mirá vos. —Pichón tiró una tripa al agua y una gaviota se la llevó en el aire—. Tu viejo se revuelca.
—Mi viejo se revuelca desde 1989, por otras razones.
Siguió lijando la proa. Ahí, debajo de las capas, tenía que estar la base blanca que su padre nunca terminó de sacar, y sobre esa base las letras viejas, que Gino repintaba cada dos años con pulso firme: SANTA ROSALÍA, en negro, con una R larga que le salía como una pata de cangrejo. Había hecho esa R mil veces. Sabía de memoria cómo se le torcía.
La lija pasó por el costado de la última A y levantó una escama de pintura.
Debajo había otra letra.
Gino se quedó quieto. Pasó el pulgar. No era negra, era azul, un azul gastado de marinero de otra época, y no era de molde. Escrito a pincel fino, apretado, como se escribe una cosa que no querés que lea cualquiera. Con la uña fue sacando la capa de arriba, con una paciencia que no le conocía nadie, ni él. Salió una palabra. Después otra.
Para Gino cuando la herede.
Se sentó en el cajón. El lobo roncó. Pichón, a lo lejos, cantaba bajito un tango desafinado.
Siguió, claro. Con el borde de una cuchara, con un trapo mojado en aguarrás, con la punta de la lima de uñas que llevaba en la billetera desde que murió su mujer y que no usaba para nada. El texto corría a lo largo de cuarenta centímetros, debajo de la línea de flotación, donde el agua lo hubiera borrado en una temporada si no lo hubieran cubierto tantas pinturas. Su padre había escrito eso en el 71, o en el 72. Había pintado encima él mismo, a propósito, tapando su propio mensaje.
Leyó todo. No era gran cosa. Un viejo calabrés de pocas palabras, que le hablaba a un hijo que todavía no sabía si iba a querer la lancha:
Para Gino cuando la herede. Si estás leyendo esto es porque raspaste hasta acá, así que ya sabés que el casco aguanta más de lo que parece. El nombre no importa. Importa que salgas de madrugada y que vuelvas antes de que se ponga feo. Cambiale el nombre si querés, pero no le cambies el color.
Le temblaban las manos y no era el frío.
A las nueve vino Matías con el termo y dos facturas de la panadería de la esquina. Se paró al lado del carro y miró la proa a medio raspar, y las letras azules que asomaban en la madera pelada.
—¿Qué es eso?
—Es de mi viejo.
Matías leyó en silencio. Era un chico serio, de los que se toman las cosas despacio. Terminó, se pasó la mano por la nuca y dijo:
—Yo no sabía.
—Yo tampoco.
—¿Entonces lo dejo, el nombre? A mí me da lo mismo, tío, de verdad. Era para que quede más… —Buscó la palabra y no la encontró—. Más mío.
Gino lo miró un rato largo. Después le alcanzó el pincel.
—Elegí vos. Pero tiene que ser a mano, y con la R larga.
Pintaron juntos. Gino hizo el casco y el filo rojo, Matías la leyenda de la proa, con la lengua afuera de la concentración. Quedó Santa Rosalía II, con una R un poco más corta de lo debido, y nadie dijo nada.
Antes de dar la última mano de amarillo, Gino tomó el pincel fino y escribió en el borde de la quilla, donde nadie iba a mirar salvo quien raspara, una línea chica, en azul:
Raspaste hasta acá. Bien. Salí temprano.
Lo tapó con una capa y soltó el pincel. A las dos de la tarde la marea llegó a la rampa como estaba dicho, y la lancha entró al agua despacio, amarilla, con el filo rojo, y el lobo marino levantó la cabeza de la lona para verla pasar.
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