El camión con los raídos llegó a las diez y cuarto de la noche, con un faro menos y la jaula cubierta de hojas que se habían ido oscureciendo en el trayecto desde el yerbal. Yamila lo vio entrar al patio del secadero desde la ventanilla de la oficina, donde había pasado la tarde haciendo de cuenta que miraba una planilla.
—Treinta bolsones de hoja verde, nena —gritó el chofer, bajando—. Se cortaron ayer a las once de la mañana. Si no se sapecan antes de mañana a las once, la patrona me mata.
La patrona era su madre, y estaba en Posadas, en una cama de hospital, con la pierna enyesada desde el martes. El sapecador era su tío Rubén, que llevaba veintiséis zafras en el secadero de las afueras de Apóstoles, y que desde el mediodía tenía cuarenta de fiebre y una tos que le sacudía el pecho como una chapa. Se lo había llevado un vecino a la salita. No había nadie más. Era octubre, última semana de la cosecha: los peones que quedaban estaban en el monte, y a esa hora dormían en las chacras.
Yamila tenía diecisiete años. Hasta esa noche, lo que sabía del fuego del sapecado lo había aprendido mirando desde la puerta, con un mate en la mano, mientras su tío le decía: «Vení, pero lejos». Nunca la había dejado acercarse más de tres metros.
—No sé hacerlo —dijo, en voz baja, más para ella que para el chofer.
—¿Vos sabés encender un fuego?
—Sí.
—Entonces sabés la mitad. —Y se subió a la cabina a esperar, porque no pensaba irse con la carga sin descargar.
Fue hasta el hogar. Estaba apagado desde la tarde, y la leña, apilada contra la pared, tenía esa humedad de octubre que se mete en todo en Misiones: la tierra colorada pegada en las botas, el aire denso como un trapo mojado. Eligió los palos más secos, los de abajo, los que su tío tapaba con una lona. Con una bolsa de viruta de yerba vieja y un papel de diario prendió la primera llama. Se le chamuscó el flequillo. No dijo nada.
Tardó cuarenta minutos en tener un fuego parejo. Mientras tanto, entre ella y el chofer, con la ayuda de un peón que apareció medio dormido y se fue a los diez minutos porque lo llamaron del monte, bajaron los raídos y los abrieron sobre el piso de cemento. El olor a hoja recién cortada, agrio y verde, le subió por la nariz. Detrás de ese olor había otro, más tibio, de hoja que empezaba a fermentar por abajo.
—Va a ser tarde —dijo ella.
—Es tarde ahora —dijo el chofer—. Pero no es demasiado tarde.
Puso en marcha el cilindro. Giró despacio, con su ronquido de hierro, y el calor de la boca del hogar le pegó en la cara como una mano abierta. Metió la primera pala de hoja en la tolva. Cayó, se movió, desapareció dentro del tambor. Ella contó. Su tío siempre decía treinta segundos, pero no decía cómo saber si eran los correctos, y eso era lo que ahora no la dejaba respirar.
La primera tanda salió a los treinta y cinco segundos. Salió negra en los bordes, quemada. Yamila la miró un segundo y la tiró al costado. La segunda salió a los veinte y todavía estaba blanda, con la humedad adentro. La tiró también.
Había hecho seis tandas malas cuando se sentó en un banquito, con las manos negras de hollín, y se puso a llorar sin hacer ruido. El chofer apagó el cigarrillo y no le dijo nada.
Fue entonces, con el cilindro girando en vacío y el fuego bajo, cuando escuchó algo en la memoria. No era el número. Era un sonido: una tarde de enero de hacía años, ella sentada en el escalón de la puerta, y su tío, de espaldas, con la cabeza ladeada, quieto, escuchando el tambor como se escucha a un animal.
—No se mira, Yami —le había dicho, sin darse vuelta—. Se oye. Cuando la hoja grita, está.
Se limpió la cara con el antebrazo. Se paró, cargó la pala y la volcó. No contó. Cerró los ojos y se quedó con la cabeza ladeada, igual que él, escuchando el hierro, el fuego, el roce de las hojas contra la chapa.
Primero fue un murmullo seco. Después, como una lluvia de granizo diminuto sobre un techo de zinc, empezó a crepitar. Miles de hojas reventando a la vez, las ampollas abriéndose en la epidermis, el vapor saliendo con un chasquido corto. El sonido subió, se hizo parejo, llegó a su punto más alto y dejó de crecer.
—Ahora —dijo ella, y abrió la compuerta.
La hoja cayó sobre el cemento, de un verde oscuro y brillante, con el olor cambiado: ya no era el de la hoja cortada sino un olor ahumado, dulce, el olor de todos los mates de su vida. Agarró un puñado. Estaba caliente, crocante, marcada de ampollitas, pero entera.
El chofer se agachó, olió y asintió despacio.
—Eso es yerba, nena.
Trabajó hasta las nueve de la mañana. A las seis llegó el peón, y a las siete otros dos, y a las ocho la hermana de su tío con un termo, que la miró un rato largo sin decir una palabra y después le alcanzó un mate. Yamila lo tomó con las manos ennegrecidas. Estaba amargo, fuerte, apenas tibio, y no lo cambiaba por nada.
A las once de la mañana, con los treinta bolsones secos en la cinta y el sol entrando en el patio por el lado de los eucaliptos, el vecino volvió de la salita con una nota de Rubén escrita a lápiz sobre el dorso de una receta: «¿Cómo sonó?».
Yamila agarró el lápiz y escribió abajo, con su letra apretada, una sola palabra: «Bien».
Después salió al patio, se sentó en el escalón de la puerta, donde lo había visto tantas veces a él, y se quedó escuchando cómo seguía el tambor, ahora con otra mano, y cómo seguía el fuego, que ya no le daba miedo.
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