La palabra tachada

La lata de galletitas decía Terrabusi en la tapa y Idris Williams la tenía abierta sobre la mesada desde las seis. Adentro no había galletitas. Había un cuaderno de tapa dura, con las hojas hinchadas de humedad, y una tarjeta amarilla escrita a mano en dos idiomas, uno que él entendía a medias y otro que hablaba desde la cuna.

Alis había hecho la torta negra de todos los casamientos de Gaiman durante treinta años. Cada familia del valle tenía su receta, decía ella, y la suya tenía un ingrediente que no se anotaba. Se murió en marzo. Su hija Mererid se casaba el sábado en la capilla Bethel, con el té en el salón de al lado, y Idris, electricista jubilado, setenta y un años, que nunca había prendido un horno sin que hubiera alguien mirando, había dicho en la mesa del domingo, delante de todos: «La torta la hago yo».

Ahora era jueves, la cocina olía a té negro y a cáscara de naranja, y la receta pedía cuarenta horas.

Las pasas de uva, las de Corinto, el citrón picado y las cerezas confitadas ya llevaban una noche entera remojándose en la olla grande, en el té que él había colado dos veces. Eso lo había entendido. Lo que no entendía era la tarjeta. Alis escribía las cantidades en castellano y los pasos en galés, con una letra apretada que subía hacia la derecha, y en el medio de la tarjeta, entre «harina» y «canela», había una línea tachada con tanta fuerza que había rasgado el papel.

Llamó a Mererid por la tarde.

—Papá, comprala. Hay tres casas de té en el pueblo que nos la venden mañana mismo.

—Ya compré las pasas.

—Las pasas no son una torta.

—Pero ya las compré —dijo él, y cortó antes de que ella pudiera insistir.

Mezcló la harina con el azúcar rubia, la manteca, los huevos, el bicarbonato. Escurrió la fruta y la dejó caer en la masa, y la masa se puso oscura, pesada, brillante, como tierra de chacra después del riego. Revolvió con la cuchara de madera hasta que el brazo le tembló. Después buscó la línea tachada y probó leerla contra la luz de la ventana. Una palabra galesa, de seis o siete letras, que empezaba con una «c». Nada más.

Lo llamó a Gethin, el vecino de la chacra de al lado, que había ido a la escuela galesa de Trelew.

—Una «c» —dijo Gethin, desde el portón, con las manos en los bolsillos de la campera—. Puede ser «cariad», que es querido. Puede ser «cwrw», cerveza. Puede ser «cyfrinach», secreto.

—Secreto ya sé que es. Me lo dijo mil veces.

—Entonces es otra cosa, Idris. Nadie tacha un secreto. Se lo guarda y listo.

El viento de la tarde le movió la tarjeta sobre la mesada y Idris la agarró con las dos manos, como si fuera a volar hasta el río.

A las ocho de la noche la masa estaba en el molde, forrado con papel manteca, y el horno bajo, a ciento cuarenta grados, como decía el cuaderno. Se sentó en el banquito de Alis, el que ella usaba para vigilar, y se quedó mirando el vidrio sucio de la puerta. Tres horas largas. Se acordó de que ella nunca se sentaba a esperar. Se paraba, abría, tocaba con un palillo, cerraba, hablaba sola. Hablaba en galés. A él siempre le había parecido una cosa íntima, como cuando alguien canta en la ducha, y nunca le preguntó qué decía.

Abrió el cuaderno de tapa dura. No era de recetas. Eran las fechas de los casamientos y, al lado de cada una, un renglón. «Marzo de 1991, los Pugh: salió baja, demasiado horno». «Febrero de 1998, los Roberts: perfecta, nadie sabe por qué». «Octubre de 2004, nosotros no, pero la de Mererid de cumpleaños: se me quemó el borde, la comieron igual». En todos los renglones, por ahí, aparecía la misma palabra galesa con la «c», pero escrita sin tachar, siempre al final, como una firma.

«Cadw», leyó. La pronunció mal, en voz alta, en la cocina vacía. Gethin se la había dicho una vez, hacía años, cuando le arreglaba el molino de agua: «cadw, guardar». Se guarda la lata. Se guarda el piso de abajo de la torta de bodas, envuelto en papel, para el primer aniversario, y para el segundo, y para los que vengan, porque la torta negra aguanta lo que la gente no.

La línea tachada no era un ingrediente. Alis había empezado a escribir «cadw» en la tarjeta, como un paso más, y lo había tachado porque no era un paso. Era lo que se hacía después.

A las once menos cuarto abrió el horno, pinchó con un palillo, y salió limpio. La torta estaba baja, oscura, un poco quemada en un borde. La dejó enfriar sobre la rejilla hasta la madrugada, la envolvió en dos capas de papel, y la guardó en la lata de Terrabusi, que cerró con el dedo gordo, haciendo fuerza en la tapa hasta que cedió.

El sábado, en el salón de la capilla Bethel, entre las teteras con cubretetera de lana, Mererid cortó el piso de arriba. Alguien dijo que estaba húmeda. Alguien dijo que le faltaba azúcar. Una tía de Trelew le pidió la receta y Idris contestó que se la iba a pasar cuando la tuviera completa.

Esa noche, antes de acostarse, volvió a la cocina y buscó un pedazo, el último del piso de abajo, y lo envolvió en el papel manteca. Lo puso en la lata. Después sacó la tarjeta amarilla, buscó la lapicera, y debajo de la línea rota escribió, con su letra recta de electricista, «cadw». Esta vez, sin tachar.

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