El re de la mano izquierda

A las cinco de la tarde, el pibe llegó con el bandoneón abrazado contra el pecho, como si fuera una criatura con fiebre.

—Don Cárdenas, se me murió el re.

Rubén Cárdenas no levantó la vista del tornillo que estaba aflojando. Hacía cuarenta años que arreglaba fuelles en un taller de Finochietto, a media cuadra de la casa donde había nacido, y había aprendido que a los músicos conviene dejarlos hablar un rato antes de mirarles el instrumento.

—¿Cuál re?

—El de la izquierda, el que se abre. Toco a las nueve en Los Laureles, en Iriarte. Me dieron la milonga del jueves. Es la primera vez que me dan una entera.

El pibe se llamaba Hernán, tenía diecinueve años y las uñas mordidas. Apoyó el bandoneón sobre el banco, entre una lima y una taza con el fondo de mate frío, y Rubén lo abrió con las dos manos. Era un Doble A, de los alemanes, de los de antes de la guerra, con la madreperla gastada justo donde se apoyan los pulgares. Un instrumento de ciento cuarenta y dos voces que había cruzado el océano en un barco y que había pasado por más manos de las que cualquiera pudiera contar.

Sopló sobre la caja de los graves. El re no sonó. Salió un aire sordo, un suspiro sin dueño.

—Se rompió la lengüeta —dijo—. Se me partió por el pie. Eso no se pega.

—¿Se consigue otra?

Rubén se rio sin ganas. Una lengüeta de Doble A, de zinc, de esa octava y de ese año, no se compraba en ninguna parte. Había que sacarla de otro bandoneón, y para sacarla de otro bandoneón había que matarlo.

—Dejámelo. Pasá a las ocho.

Cuando el pibe se fue, Rubén se quedó un rato mirando la caja abierta. En el estante de arriba, detrás de los frascos de cera de abejas y de los cueros para válvulas, había un cajón de madera que no tocaba desde hacía once años. Adentro dormía el bandoneón de su padre, otro Doble A, mellado, con una abolladura en la tapa que había hecho una puerta de colectivo. Su padre lo había tocado en las vísperas de los clubes de barrio, en los casamientos de los italianos de la Boca, en un baile de carnaval en Sarandí donde casi se agarra a trompadas con un baterista. Rubén había arreglado todos los bandoneones de Barracas, y ese nunca. Decía que le faltaba tiempo. Era mentira.

Bajó el cajón. Lo abrió. Olía a naftalina y a humo viejo de cigarrillo negro.

Abrió la caja de los graves. Ahí estaba el re, en su peine de zinc, con el remache oscurecido. Lo tocó con la uña. Todavía vibraba, finito.

Rubén se sentó. Prendió el velador, se puso los anteojos y tomó la lima más chica, la de los trabajos de oído. Había un tiempo, antes de los aparatos, en que los afinadores no tenían otra cosa que el soplido y su propia cabeza. Se acostumbró a sacar la lengüeta del bandoneón de su padre con una pinza de relojero, despacio, hasta que cedió sin hacer ruido, y a ponerla en la caja del instrumento del pibe. La medida era casi la misma. Casi.

Limó. Sopló. Escuchó. Limó otra vez. El afinador es el único músico que toca una sola nota durante una hora, y que la toca cien veces hasta que deja de ser una nota y pasa a ser una decisión. A las siete y diez el re de la mano izquierda se abrió, tembló un poco y se quedó clavado en su altura, redondo, sin una sola impureza.

Rubén cerró la caja, ajustó los tornillos y probó el fuelle. Entonces, sin pensarlo, apretó un acorde. El bandoneón respondió con una voz más ancha que la que tenía a la tarde, más grave. La voz de su padre en la cocina, cuando todavía no había arrancado a cantar.

Tuvo que apoyar el instrumento sobre el banco un momento.

A las ocho en punto sonó la campanilla de la puerta.

—¿Y? —preguntó Hernán desde el umbral, con el saco colgado del brazo.

—Probalo.

El pibe se lo puso sobre las rodillas, abrió el fuelle y tocó el comienzo de «Mala junta», muy despacio. Se frenó en la quinta nota, miró a Rubén y siguió. Cuando llegó al re, la mano izquierda se movió sola.

—Suena distinto —dijo—. Suena mejor. ¿Qué le hizo?

—Le puse una lengüeta de otro.

—¿De cuál?

—De uno que estaba parado.

Hernán no preguntó más. Sacó la billetera, pero Rubén le levantó la mano.

—Pagame con la primera pieza. Tocala bien.

—No tengo cómo…

—Tenés. Andá, que se te hace tarde.

El pibe se fue corriendo por Finochietto con el bandoneón al hombro. Rubén lo miró doblar en la esquina, apagó el velador y bajó la persiana hasta la mitad.

A las diez menos veinte, caminó las doce cuadras hasta Iriarte con el cajón del bandoneón de su padre bajo el brazo, vacío de una sola voz. En la esquina de Gonçalves Dias, la puerta de Los Laureles estaba abierta, con la luz amarilla cayendo sobre la vereda, y adentro había parejas con los zapatos lustrados, mozos con bandejas altas y un piso de pinotea que crujía a cada paso.

Se quedó parado contra la pared del fondo, sin sacarse el abrigo. El pibe estaba sentado en la tarima, entre una guitarra y un contrabajo, con la frente brillosa y los ojos cerrados. Hizo una señal con la cabeza, abrió el fuelle y empezó.

Cuando llegó el re de la mano izquierda, Rubén lo reconoció entre todas las notas del salón. Salió limpio, hondo, sostenido. Las parejas siguieron girando sobre el piso sin enterarse de nada.

Rubén apoyó el cajón vacío contra las rodillas y escuchó a su padre tocar otra vez, un jueves de octubre, en Barracas.

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