Cuatro por cuatro

A las seis de la tarde del sábado, Aníbal Szulc ya había gastado dos tiras de papel y casi todo el fijador. Foto Aníbal, a dos cuadras de la estación Lanús, tenía una cola que salía hasta la vereda y doblaba hacia el kiosco. Mañana se votaba. Desde hacía una semana todo el barrio descubría que la libreta cívica tenía la foto despegada, o gastada, o directamente no la tenía, y que más valía llegar al domingo con la cara en su lugar.

—Cuatro por cuatro, fondo gris, sin sombrero —repetía, y apretaba la perilla—. Otro. Que sea el último de la fila de pie, por favor, los que se sientan que esperen.

Había instalado la lamparita roja del cuarto oscuro a las ocho de la mañana. A esa hora el cuarto olía a vinagre y a metal. Ahora, entre bandejas, el olor se había metido en la camisa, en el pelo, en el mate lavado que no había tenido tiempo de cebar. Cincuenta y ocho años, treinta y cuatro de oficio. Había fotografiado casamientos, bautismos, un perro de exposición y a un intendente que después no quiso pagar. Pero nunca tantas caras seguidas, tan serias, tan decididas a parecerse a algo.

A las siete menos diez cerró el postigo de la vidriera y bajó la persiana hasta la mitad. Quedaba una sola persona adentro, sentada en la silla de mimbre del rincón, con la cartera sobre las rodillas y los pies juntos.

—Señora, ya cierro —dijo, y enseguida se arrepintió del tono—. Pero pase, pase. Una foto y listo.

Era una mujer chica, de pelo blanco recogido, con un tapado marrón de los que se usan veinte años. Se llamaba Eulalia Ferreyra y tenía setenta y cuatro. Abrió la cartera, sacó la libreta cívica envuelta en un pañuelo y la puso sobre el mostrador. El casillero de la foto estaba vacío. Sólo quedaba una sombra rectangular donde alguna vez hubo pegamento.

—Se me mojó en el ’62 —dijo ella—. Con una inundación de las de antes. Se despegó y no la encontré más. Todas las elecciones voy así. Me preguntan cómo me llamo, dónde vivo, cuándo nací, el nombre de mi mamá. Me lo sé, ¿eh? Pero me da vergüenza. Parece que una tiene que probar que es una.

Aníbal tenía una idea bastante clara de lo que decía la ley. Un vocal de mesa no podía impedir el voto de nadie por una foto faltante, siempre que la persona contestara bien lo que le preguntaran. Lo había leído en el diario esa semana, en la parte chica de abajo. Se lo dijo así, con cuidado.

—Ya sé —contestó Eulalia—. Me lo explicó mi sobrino. Pero este año es distinto. Quiero ir con la cara puesta.

No agregó nada más. Aníbal asintió, corrió el taburete, encendió los dos focos y le pidió que se sacara el tapado. Ella prefirió dejárselo. Le acomodó el cuello con dos dedos, le dijo que mirara el punto negro que había marcado hacía años en la pared, y volvió detrás de la cámara.

Por el visor, la señora Ferreyra estaba tiesa, con la boca apretada. Era la cara de alguien que espera una orden.

—Relájese, señora. No hace falta sonreír. Pero la cara no es una puerta cerrada, es una cara.

—No sé cómo se hace.

—Piense en algo que le guste. En algo de comer.

Ella dudó. Afuera pasó un camión y la vidriera vibró un segundo. Entonces dijo, mirando el punto de la pared:

—Mi marido, que en paz descanse, cuando salíamos de votar en el ’73 compraba una bolsa de churros en la esquina de la escuela. Yo me hacía la enojada porque era temprano. Pero me comía tres.

Aníbal apretó la perilla. El obturador sonó seco, como una uña contra una mesa.

—Otra más, por las dudas —dijo—. Esa fue buena, pero nunca se sabe.

Sacó dos placas y se encerró en el cuarto oscuro. Cuando apagó la luz blanca y dejó la roja, el papel en la bandeja de revelador empezó a mostrar manchas y después contornos. Primero el pelo blanco. Después el cuello del tapado. Por último la cara, que fue apareciendo despacio, como si primero hubiera que ponerse de acuerdo con ella. No sonreía. Pero tampoco estaba cerrada. Tenía las cejas apenas levantadas, la boca floja, una atención tranquila en los ojos, de alguien que se acuerda de una bolsa de churros tibios.

Lo pasó por el fijador, lo lavó, lo puso en la satinadora y esperó, mirando el reloj de pared. A los diez minutos lo cortó con la guillotina, prolijo, cuatro por cuatro, y pegó una de las copias en el casillero vacío con una gota de adhesivo de los buenos, de los que guardaba para los documentos de los clientes que no preguntaban cuánto costaba.

Eulalia abrió la libreta en el mostrador. Pasó el dedo por el borde de la foto, sin tocar la cara.

—Qué raro —dijo—. Yo me acordaba más vieja.

—Es la luz —contestó Aníbal, que no sabía qué otra cosa decir—. El gris de fondo ayuda.

Ella pagó con billetes chicos que contó dos veces y no aceptó vuelto de la propina. Salió a la vereda. Aníbal bajó la persiana del todo. En la esquina había dos chicos pegando carteles de la última noche de campaña, y el olor del engrudo se mezclaba con el del pan de la panadería de enfrente, que abría a las siete para la gente que no había comprado nada.

Esa noche, sacando la cuenta de la caja, Aníbal descubrió que le había sobrado una copia. La otra foto de la señora Ferreyra, la segunda, la del respaldo. La miró un rato bajo la lámpara del escritorio. Después la guardó en el cajón del fondo, el de los negativos que nunca se retiraron, para que alguien la encontrara algún día y se preguntara quién era esa mujer que parecía a punto de comerse un churro.

A la mañana siguiente, con la persiana todavía baja, escuchó pasar por la vereda un taconeo corto y apurado, el de alguien que va a votar temprano y quiere llegar primera a la fila.

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