La voz prestada

A las seis y diez de la mañana, en el galpón de la Estación del Fin del Mundo, la presión de la Camila no subía. Walter Ñancufil le dio dos golpecitos con el nudillo al vidrio del manómetro y la aguja se quedó donde estaba, tibia, como un perro que no quiere levantarse.

—Hace una hora que está igual —dijo Brenda, la fogonera nueva, con las manos negras hasta las muñecas—. Le puse todo lo que sé.

—Todo lo que sabés es de ayer —dijo Walter, sin mala intención—. Dale un rato.

Afuera nevaba fino, una nieve de octubre que no cuaja y moja igual. A lo lejos, detrás del tinglado, el cerro tenía la cumbre tapada. Walter se sentó en el banco de madera donde se había sentado treinta años de mañanas, con el termo entre las rodillas, y miró la locomotora: chiquita, de trocha angosta, con la chimenea alta como un sombrero prestado. Ese día era su último turno como guarda.

En 1994 había sido el primero en subirse al tren cuando lo reabrieron. Tenía treinta y un años, un uniforme que le quedaba grande y un papel con los nombres de las paradas escrito a mano por el jefe de estación. Nunca más necesitó el papel. Lo guardó en la billetera, doblado en cuatro, y ahí seguía.

Su único deseo para el último día era chico y concreto: hacer el recorrido completo, como el primer día, anunciando él mismo cada parada en voz alta, sin audioguía, sin micrófono, con la voz de adentro del vagón. Los turistas hoy escuchan el relato en siete idiomas por auriculares. Walter quería, por una vez, que escucharan a alguien que hablaba en el mismo aire que ellos.

A las siete menos veinte, la aguja se movió. Brenda pegó un grito corto y cerró la boca enseguida, como si hubiera hablado en una iglesia.

—Ahí viene —dijo Walter—. El vapor se apura cuando uno deja de apurarlo.

La primera salida del día se retrasó veinte minutos. Los pasajeros subieron con las capuchas mojadas y se acomodaron junto a las ventanas grandes, esas que a Walter siempre le habían parecido una exageración hermosa. Una familia de Córdoba, dos chicas coreanas, un hombre solo con una cámara pesada. Un nene de unos nueve años se sentó adelante, con los pies colgando.

Cuando el tren arrancó, con ese tirón lento que le sacude el estómago a cualquiera, Walter se paró en la plataforma del coche, se aclaró la garganta y abrió la boca.

No le salió nada. Un hilito de aire. El frío de la mañana, o los años, o la emoción, le habían dejado la voz en el galpón.

Lo intentó otra vez. Ronco, se le quebró en la primera sílaba. Adentro, los pasajeros se pusieron los auriculares, uno por uno, y la voz grabada empezó a hablar de presos y de leña en un castellano perfecto y sin resfrío. Walter se quedó mirando el río Pipo, que zigzagueaba abajo, color té, hinchado por el deshielo.

—¿Y usted no dice nada? —preguntó el nene, que se había dado vuelta y no tenía auriculares puestos. Se le habían caído al piso.

—Se me fue la voz —susurró Walter.

—Yo la tengo —dijo el nene, con la seriedad de quien ofrece un lápiz prestado—. ¿Qué hay que decir?

Walter se rió, y la risa sí le salió. Sacó la billetera, desdobló el papel amarillo y se lo pasó. El nene leyó con la lengua entre los dientes.

—”Puente Quemado” —leyó, fuerte, y varias cabezas se dieron vuelta—. “Aquí los presos cruzaban con los troncos al hombro”. —Hizo una pausa, miró a Walter, y agregó por su cuenta—: Y hacía mucho frío.

—Eso no está en el papel —susurró Walter.

—Pero es verdad.

Era verdad. Walter asintió, y el nene siguió. Leyó mal “lenga” y la dijo “lengua”, y una de las chicas coreanas se sacó los auriculares para escucharlo mejor. Después el hombre de la cámara. Después los cordobeses. Para cuando llegaron a la parada de la cascada Macarena, el vagón entero tenía los auriculares colgados del cuello y la voz de un chico de nueve años les contaba lo que decía un papel de 1994, con el acento del Litoral, porque era de Posadas y estaba de vacaciones.

En Macarena el tren se detuvo quince minutos. La nieve había parado. Se veía la cascada, delgada y blanca contra la roca oscura, y del otro lado del valle un bosque de lengas con las hojas todavía por salir.

Walter bajó el último. Brenda estaba parada junto a la Camila, con la cara manchada de hollín y los ojos brillosos.

—Te quedaste sin voz y no pasó nada —dijo ella.

—Pasó que me la prestaron —dijo Walter.

Del bolsillo sacó el papel y se lo dio.

—Es tuyo. Mañana no voy a estar y alguien tiene que saber cómo se llaman las paradas.

—Yo las sé. Las aprendí en el cartel.

—Entonces guardalo igual.

Brenda lo dobló en cuatro, como estaba, y lo metió en el bolsillo del mameluco. Después trepó a la cabina, tiró de la cuerda, y la Camila soltó un silbido agudo y fino que rebotó contra el valle y volvió, dos segundos más tarde, un poco más flaco.

En el vagón, el nene saludaba con la mano, aunque nadie le había pedido que saludara.

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