Parejo

Rodolfo Ávila terminó de armar la urdimbre con la linterna del celular sujeta entre el hombro y la oreja. Eran las cinco y media de una madrugada de principios de julio, en Londres, y el patio de adobe tenía una capa de escarcha que crujía bajo las ojotas. Faltaban doce días para la Fiesta del Poncho. Faltaban, para ser exactos, tres metros de tejido y un par de manos.

Un poncho de Belén se teje de una sola pieza, sin costuras, entre dos personas: una pasa la trama de su lado y la otra la recibe del suyo. Su madre lo decía tantas veces que a Rodolfo le sonaba a refrán. Durante veintidós años, el otro lado del telar había sido de su hermano Evaristo.

Ahora ahí había un banquito con una frazada doblada. Rodolfo la acomodaba todas las mañanas, por si.

La lana era de las ovejas de los dos, hilada en el invierno anterior, cuando todavía se hablaban a medias. La había teñido él solo: hoja de nogal para el dorado que tira a beige, jarilla para los ocres, cochinilla para el rojo que parecía recién cortado, cáscara de cebolla para el naranja. Había colgado las madejas en la soga del fondo y las había mirado secarse como quien mira dormir a un hijo.

Probó solo. Pasaba la lanzadera de un lado, rodeaba el telar, la recibía, la devolvía, rodeaba de nuevo. Cada pasada le costaba un minuto y las rodillas. Calculó, con un lápiz sobre la mesa de la cocina, que a ese paso la Fiesta lo encontraría con medio poncho y una espalda de ochenta años.

Al tercer día le pidió ayuda al hijo de la vecina, un pibe de catorce que tejía fajas con la abuela. El chico tenía buena mano, pero no tenía los treinta años de costumbre en el codo. A la hora, la trama hacía bolsas. Rodolfo desarmó dos pasadas en silencio y le dio las gracias con un alfajor.

—Llamalo —dijo la tía Chela, que vino a mirar el telar con las manos en los bolsillos del delantal.

—No me habla.

—Vos tampoco.

—Hizo la tapia, tía.

—La hicieron los dos. Vos pusiste los adobes que le faltaban, ¿o me lo cuento yo sola?

Rodolfo no contestó. Del otro lado de esa tapia, que partía en dos la quinta de nogales que dejó el padre, se oía todas las mañanas el golpe de la pava sobre la hornalla y el carraspeo de Evaristo. Tres años de pavas y carraspeos. Habían discutido por un riego, después por un tronco, y al final por quién había querido más al viejo. Eso último fue lo que armó la tapia.

Esa noche no durmió. Se levantó a las cuatro, encendió la estufa a leña y se sentó frente al telar con el peine en la mano. Era el peine de caña de su padre, el que tenía los dientes amarillos de tanto tiempo. Su padre, para llamarlos a los dos a la hora del trabajo, no gritaba: golpeaba el peine tres veces contra el armazón del telar. Tac, tac, tac. Se oía hasta la acequia.

Rodolfo no se acordaba de haberlo decidido. Levantó el peine y golpeó. Tres veces. El sonido salió por la puerta, cruzó el patio, rebotó en la tapia y se perdió entre los nogales sin hojas.

No pasó nada. Se oyó un perro lejos y el agua de la acequia. Rodolfo esperó hasta que se le enfriaron los dedos. Después se levantó, tapó la urdimbre con un lienzo y fue a calentar el agua para el mate, avergonzado de sí mismo.

Cuando volvió con la pava, el portón de la tapia, el que nadie había vuelto a abrir, estaba entornado. Una línea de luz amarilla entraba por la rendija. Evaristo estaba parado en el patio con un poncho viejo por los hombros y las manos hundidas en los bolsillos, mirando el telar como si fuera un animal que no reconocía.

—Estás con la urdimbre floja —dijo.

—Tiene el tenso de mamá.

—Mamá tenía los brazos más fuertes que vos.

Rodolfo apretó la pava. Quiso decir una cosa y le salió otra:

—El banquito es tuyo.

Evaristo miró la frazada doblada. Tardó en moverse. Después fue hasta el banco, se sentó con un crujido de rodillas, extendió la mano abierta y esperó.

Rodolfo le puso la lanzadera en la palma. Estaba tibia de haber estado en su mano.

Trabajaron sin hablar hasta que aclaró. La trama iba y venía entre los dos, el golpe seco del peine, el roce de los hilos tensos, la respiración. A las siete, Evaristo comentó que el rojo de la cochinilla había quedado más oscuro de lo que él lo habría hecho. A las siete y diez, Rodolfo contestó que si quería otro rojo, que criara sus propias cochinillas. A las ocho entró la tía Chela con una jarra de mate cocido y un pan casero y los miró, a uno y a otro, y se volvió a la cocina sin decir una palabra, secándose los ojos con el delantal.

Les llevó once días. Pasaron la última trama el sábado, al atardecer, cuando el sol bajaba por la quebrada y el patio se llenó de ese color que el nogal sabe dar a las cosas. Rodolfo cortó los hilos, levantó el tejido del telar con las dos manos y lo extendió contra la luz. Era una sola pieza, de punta a punta, con la franja dorada cruzándola justo por el medio. No se veía dónde había pasado una mano y dónde la otra.

Evaristo se acercó y pasó el pulgar por la franja, despacio, buscando el punto donde había aflojado el tejido el primer día. No lo encontró.

—Parejo —dijo.

—Parejo —dijo Rodolfo.

Esa noche, al otro lado de la tapia, la pava no sonó. Sonó en la cocina de Rodolfo, a las seis de la mañana, por primera vez en tres años, con dos tazas esperando en la mesa.

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