El sillón del último muelle

El sillón no entraba por la puerta de la boletería, así que Hipólito Benítez lo pasó por la ventanilla de al lado, de costado, con el respaldo para arriba, mientras el hombre de la ventana decía que en veinte años de Estación Fluvial nunca había visto un mueble con boleto.

—Es una carga de techo —dijo Hipólito—. Voy a pagar la propina.

—Hoy no sé si salen todas, don. Dicen que viene sudestada.

—La de las tres y media sale.

Salió. Era una lancha colectivo de las viejas, con el escape pintado en la punta del techo, y el patrón le preguntó el muelle de bajada antes de aflojar la soga. Hipólito dijo el nombre de un arroyo y el patrón lo miró un segundo de más, pero no preguntó nada. El marinero subió el sillón al techo entre dos garrafas y un bolsón de pan, lo ató con una piola de mano y recibió dos billetes doblados. Abajo, los pasajeros se acomodaron como se acomodan los que ya conocen el camino: las bolsas de supermercado entre los pies, las cabezas contra el vidrio.

El sillón era de mimbre claro, pelado a mano, con los brazos curvos y la base armada en cruz. Hipólito lo había tejido en cuarenta días en el fondo de su casa, en una pieza que olía a humedad y a vapor, porque el mimbre se remoja la noche entera antes de trabajarlo. Había hecho cientos de sillones en su vida, pero ninguno con tanto cuidado en el asiento. Lo había hecho un poco más ancho que lo normal. Pensando en una persona sola, pero que ocupa lugar.

La lancha dejó el río Tigre, tomó el Luján y después se metió por el Caraguatá, donde el agua cambia de color y pasa de marrón a té con leche. Las casas de las islas se asomaban en palafito, cada una con su muelle y su cartel de madera: una panadería que era una mesa con un mantel, una escuela con la bandera atada a un poste. En un muelle, un chico esperaba con el brazo extendido, como en cualquier esquina, y la lancha le arrimó el costado sin pararse del todo. Hipólito sintió en la boca el gusto del barro y del gasoil, y pensó que era el mismo gusto de cuando tenía doce años.

Por la ventanilla vio que el cielo se había puesto bajo y violeta del lado del Río de la Plata. Los isleños sabían qué quería decir eso. Una señora de campera amarilla miró hacia afuera y dijo, sin dirigirse a nadie:

—Esta noche el agua va a pasar los tablones.

El patrón subió el volumen de la radio, bajó el de la conversación, y aceleró.

Hipólito se acordaba de la quinta de su padre, de los sauces que se cortaban en invierno para que rebrotaran en varas largas, de la discusión de 2004 con su hermana Dominga por la casa y el terreno y quién se había quedado cuidando a quién. Él se fue a Tigre, a vivir de los muebles. Ella se quedó en la isla. Veinte años de nada, salvo una tarjeta de saludos cada diciembre que nadie contestaba. Hasta que un vecino, de casualidad, le había dicho en el puerto: “Tu hermana cumple ochenta el sábado”. Y después, bajando la voz: “Ya casi no se levanta de la silla de plástico”.

Eso había sido hacía cuarenta días.

—Su muelle, don —dijo el marinero, y lo señaló con el mentón.

Era un muelle angosto, de tablas grises, con el agua ya lamiendo el último escalón. Al final, en una silla de plástico blanco con una pata hundida en una tabla floja, había una mujer menuda con un pañuelo atado a la nuca. Tenía el brazo derecho extendido, como se espera una lancha en cualquier parada.

El marinero bajó el sillón con una mano y lo apoyó en el muelle. Hipólito saltó detrás, con las rodillas que le crujían, y la lancha se despegó sin esperar. Le quedó en los oídos el motor alejándose, y después nada, salvo el agua golpeando los pilotes.

Dominga no bajó el brazo enseguida. Lo dejó en el aire un rato, como si no supiera cómo se hacía para dejarlo caer.

—Llegás justo —dijo—. Se viene el agua.

—Ya vi.

—¿Eso qué es?

—Un sillón.

—Ya veo que es un sillón. Ancho, ¿no? —Dominga lo miró de arriba abajo, como se mira a un animal que uno no pidió—. Yo no pesaba tanto.

—No es solo para vos.

Ella no contestó. Se levantó de la silla de plástico con las dos manos en los apoyabrazos, despacio, y se pasó al sillón con un cuidado de ceremonia. El mimbre crujió una vez, un crujido corto y seco de madera que acepta. Dominga apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos.

—Huele a casa —dijo.

—Es el sauce. Lo corté en el fondo de la quinta de los Aguirre, donde estaba el nuestro.

El viento cambió de golpe y trajo la primera lluvia fina, de costado. En el arroyo, el agua subió un dedo y cubrió el escalón. Hipólito se quedó parado, con el sombrero en la mano, sin saber a dónde ir. Dominga abrió un ojo, vio la silla de plástico, la empujó con el pie hasta el borde del muelle y la dejó caer al agua. Flotó, giró y se fue arroyo abajo, blanca contra el marrón.

—Sentate —dijo.

—No hay lugar.

—Lo hiciste ancho a propósito, no te hagas el zonzo.

Hipólito se sentó en el borde del asiento, con medio cuerpo afuera y la espalda contra el brazo del sillón. Dominga le acomodó el codo sin mirarlo. El agua pasó los tablones esa noche, como habían dicho, pero a la hora en que subió hasta el sillón, los dos ya estaban adentro de la casa, y el mimbre quedó un rato flotando en la galería, liviano, con el respaldo hacia el río.

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