Casiano Peralta le pasó el trapo al último caballito, el overo que tenía la oreja pegada con cola vinílica, y se quedó mirándolo como si pudiera darle una opinión. Eran las cuatro de la tarde del 3 de noviembre y los jacarandás de la barranca ya habían empezado a soltar flores sobre el techo de chapa de la calesita. Cada tanto caía una con un golpecito seco. Él las contaba, por costumbre.
Cuarenta y dos años hacía que giraba esa calesita en la esquina de Laurencena, a dos cuadras del Parque Urquiza, y mañana, que era su día, el de todos los calesiteros, iba a girar por última vez. Había vendido el motor a un coleccionista de Rosario. El hombre pasaba a buscarlo el viernes con una camioneta y una frazada para cada caballo.
Lo único que no estaba en el trato era la pera.
La pera era de madera de lapacho, del tamaño de un puño, colgada de un brazo de hierro que Casiano movía con la mano izquierda mientras la calesita daba vueltas. Ahí se ensartaban las sortijas. Sacar la sortija daba derecho a una vuelta gratis, y desde hacía cuarenta y dos años él elegía, con una trampita de la muñeca, a quién le tocaba. A los más chicos, que se estiraban sin llegar, les acercaba la pera un poquito. A los grandes, que se las daban de vivos, se la alejaba. Nunca se lo había contado a nadie. Ni a su mujer, que en paz descanse y que decía que la calesita se manejaba sola.
—¿Hoy sí, don Casiano? —preguntó una voz.
Era Lucía, la nena del departamento de la esquina, siete años, trenzas desparejas. Venía todos los jueves y todos los jueves se subía al mismo cebra pintado de rojo, el único que no era caballo. Y todos los jueves, vuelta tras vuelta, estiraba el brazo y no llegaba. Tenía el brazo un poco más corto que el otro, de nacimiento, y la madre, que la esperaba sentada en el cordón con un mate, nunca decía nada.
—Hoy veremos —dijo Casiano.
Puso la música. Era un casete gastado de valses que ya no sonaban a valses sino a una lata que tararea. Arrancó el motor y la plataforma empezó a moverse con ese crujido de madera vieja que él conocía mejor que su propia tos. Los chicos subieron: dos hermanitos, un nene con un yeso en el codo, una piba de once que fingía que iba por la más chica. Lucía se sentó en el cebra.
Casiano levantó el brazo de hierro. En la primera vuelta acercó la pera todo lo que pudo, hasta casi rozarle los dedos a Lucía. Ella estiró, rozó, y la sortija se le escapó como un pez. La agarró el nene del yeso con la mano buena.
—¡Tramposo! —gritó la piba de once, riéndose.
—Tramposa es la que va por la más chica —contestó Casiano, y la piba se puso colorada.
En la segunda vuelta pasó lo mismo. En la tercera, Lucía ni miró la pera. Tenía la vista clavada en el río, que entre dos edificios se veía marrón y ancho, con una isla verde al fondo. Casiano la miró mirar. Pensó en lo que le había dicho una vez el hijo, cuando se fue a vivir a Neuquén: “Papá, vos no giraste esa calesita, te quedaste quieto y el mundo te pasó por al lado”. Se lo dijo enojado. Casiano nunca contestó, pero lo había anotado.
Frenó la plataforma sin avisar. Los chicos se quejaron. Él bajó del cuadrado de tablas donde manejaba, con las rodillas protestando, y fue hasta el cebra rojo con la pera en la mano.
—Mirá, Lucía. Ahora te digo un secreto y vos no se lo contás a nadie.
—¿Ni a mi mamá?
—A tu mamá sí, porque ya se dio cuenta.
Del otro lado de la calle, la madre levantó el mate como quien brinda.
—Hace cuarenta y dos años que yo decido quién saca la sortija —dijo Casiano—. Les doy a los que me caen bien, a los que se portan mal, a los que lloraron ese día. Una vez se la di a un intendente, aunque eso no se lo cuentes a nadie tampoco. Pero a vos nunca te la di. Porque pensé que si te la regalaba, te ibas a enterar de que te la regalaba.
Lucía lo miró con una seriedad de abogada.
—O sea que yo nunca tuve chance.
—Tuviste la mejor. Te hice llegar casi siempre y fallaste igual. Eso es otra cosa.
—¿Qué cosa?
Casiano no supo contestar. Se acordó del casete, de la oreja pegada del overo, de la camioneta del viernes. Se sacó la gorra y se rascó la cabeza.
—No sé. Pero hoy no te la voy a regalar ni te la voy a alejar. Hoy la pera va a estar donde tiene que estar, y el que llegue, llegó.
Volvió a su cuadrado, puso en marcha la calesita y, cuando pasó el cebra, extendió el brazo de hierro a la altura exacta y justa, la que corresponde a una nena de siete años con el brazo derecho en su largo. Ni un centímetro más. Los dedos de Casiano temblaban sobre la palanca. Cayó otra flor de jacarandá y él no la contó.
Lucía se paró sobre el estribo del cebra, se agarró del caño con la mano corta y estiró la otra, la larga, como no había estirado nunca. Los chicos dejaron de gritar. El casete hizo un chirrido. La mano pasó, tanteó, se cerró.
La sortija salió de la pera con un sonido finito, de campanita de alacena.
Lucía la sostuvo en alto, sin decir una palabra, mirando a su madre, que ya se había parado en la calle con el mate colgando. Después se la mostró a Casiano. Él asintió, serio, como se asiente ante una firma.
—Una vuelta gratis —dijo.
—Ya sé —dijo Lucía—. Pero esa me la guardo para mañana.
Casiano sintió que algo se le aflojaba detrás del esternón, algo que llevaba cuatro décadas atornillado. Dejó girar la calesita las vueltas que quedaban, y nadie le pidió que parara.
Al caer la tarde, cuando se fueron todos y el cielo sobre la barranca se puso del color de las flores, él se quedó solo con la pera en la mano. La limpió con el trapo, despacio, y la guardó en el bolsillo de la campera. El coleccionista de Rosario se iba a llevar los caballos, el motor, hasta el casete si se lo pedía. La pera, no.
Mañana, en su día, iba a ir temprano. Le había prometido una vuelta a una nena.
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