El rosado que alcanzaba

Eusebia Corvalán se despertó antes del gallo, como hacía desde que le quedó el cuerpo acostumbrado al telar, y lo primero que hizo fue contar los días con los dedos. Cuatro. El domingo llegaba el micro de Buenos Aires a la plaza de Villa Atamisqui y en el micro venía Matías, su nieto, que se había ido hacía tres años a repartir pedidos en una moto prestada y que nunca había dicho de qué lado de la ciudad vivía.

Afuera, bajo la enramada, el telar la esperaba plantado en la tierra, con los palos clavados en el piso y la urdimbre tirante como una guitarra. Era un poncho de lana de oveja, el primero grande que armaba desde que se le habían hinchado las articulaciones. Tenía el fondo marrón del lloro del algarrobo y una guarda atada en amarillo de cáscara de cebolla que había juntado todo el invierno en una bolsa de harina. Faltaba el borde. Y para el borde ella había soñado un color que no tenía.

—Rosado —le dijo a la perra, que dormía enroscada sobre el poncho a medio terminar—. Un rosado de cochinilla, de ese que parece que se te va a deshacer en las manos.

La cochinilla se cría en las tunas del fondo del monte. Hacía dos años que Eusebia no iba hasta ahí, porque el camino se había cerrado de jarilla y porque Nicolás, su hijo, le había prohibido salir sola con el machete. Pero Nicolás estaba en la cosecha de algodón, a tres días de viaje, y la prohibición, como casi todo lo que se dice a una madre, había perdido fuerza con la distancia.

Se tomó un mate cocido con pan de ayer, se calzó las alpargatas, agarró el machete, una lata de durazno vacía y un trapo, y salió con el fresco todavía pegado a los árboles. El monte olía a tierra mojada y a algarrobo, a esa dulzura medio agria que le subía por la nariz y le devolvía la infancia: su madre, madre soltera y de pocas palabras, enseñándole a distinguir el mistol del chañar con solo tocarle la corteza.

Caminó una hora larga. Abrió paso a machetazos donde la jarilla le cerraba la picada, se pinchó dos veces con un garabato y se detuvo en un claro para recuperar el aire. Le dolía la cadera. Más adentro, entre quebrachos colorados, vio las tunas, anchas y pálidas, con sus manchitas blancas como de algodón sucio.

—Ahí están, queridas —dijo.

Raspó las pencas con el filo del machete, despacito, sobre la lata. Los bichitos, aplastados entre los dedos, dejaban una mancha de un rojo profundo que parecía sangre y que ella sabía que, con alumbre y agua tibia, daría un rosado de pétalo. Trabajó hasta que el sol estuvo alto y la lata pesó apenas lo justo. Era poco. Con eso alcanzaba para un borde angosto, de un dedo de ancho, y no para el ancho de mano que había imaginado.

Volvió despacio, con la lata contra el pecho. A mitad de camino se le trabó la alpargata en una raíz y cayó sentada. No se lastimó, pero se quedó ahí, con el sombrero torcido, sintiendo que el cansancio le pesaba más que los años.

—Vieja terca —murmuró—. Todo por un color.

Pensó en Matías. Pensó en lo que le diría cuando la viera tan chica en el andén, tan de pueblo, con el poncho al hombro como quien lleva una oración. Pensó que quizás él ya no usaría ponchos, que en Buenos Aires los muchachos usarían otras cosas. Y que a lo mejor era mejor así: que el poncho fuera para ella, para el gusto de terminarlo.

Cuando llegó a la casa, la perra salió corriendo a recibirla. Eusebia dejó la lata sobre la mesa, se lavó las manos y puso la olla grande al fuego, con el agua del tanque y el alumbre que guardaba en un frasco de mermelada. Tiñó la lana al mediodía, con el humo del leño en los ojos. La madeja salió del baño con un rosado más tenue que el del sueño, casi un durazno, pero parejo, vivo, como el interior de una caracola.

—Es lo que pesa —dijo, y no supo por qué lo dijo.

Esa tarde se sentó al telar y tejió el borde, un dedo de ancho, con la técnica que le había enseñado su madre: pasada, golpe del peine, pasada. El sábado a la noche cortó los hilos y desclavó los palos, y el poncho quedó extendido sobre la mesa de la cocina, con el marrón del algarrobo, la guarda amarilla y, en el filo, ese rosado finito que parecía el borde de una nube a la hora del ocaso.

El domingo bajó a la plaza con el poncho doblado sobre el brazo. El micro llegó con diez minutos de retraso y levantó una nube de tierra. Del último escalón bajó un muchacho flaco, de campera negra, con una mochila de reparto colgada de un solo hombro, que miró la plaza como si no la reconociera.

—¡Abuela! ¿Qué hacés acá sola?

—Te esperaba.

Matías la abrazó, y ella sintió que olía a nafta, a ciudad, a otra vida. Cuando se separaron, Eusebia desplegó el poncho y se lo puso sobre los hombros sin pedir permiso. Le quedaba un poco grande en las mangas. El chico se miró las manos sumergidas en la lana, tocó el borde con la yema de los dedos y se quedó callado un rato.

—Ese rosado —dijo al fin—. ¿De dónde lo sacaste?

—De los bichitos de la tuna. Es poquito, ¿ves? No alcanzó para más.

Matías levantó el filo del poncho hasta la luz. Detrás de él, la plaza se despertaba: un nene con una pelota, una señora con una bolsa de pan, la radio de un kiosco con una chacarera mal sintonizada.

—Abuela —dijo—, es justo lo que alcanzaba.

Caminaron juntos hasta la casa, él con el poncho puesto y la mochila al hombro, ella un paso atrás, con el machete olvidado en la cocina y las manos todavía manchadas, en las uñas, de un rojo que tardaría una semana en irse.

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