Ramón Ojeda había guardado el gato hidráulico en el estante más alto de la gomería, detrás de las latas de parches, con un cartel de cartón que decía «DE ANÍBAL». La letra era la suya, pero la tinta ya estaba color té.
La gomería «La Pilcomayo» quedaba sobre la Ruta 11, a la entrada de Clorinda, y el último día de octubre iba a tener candado nuevo. Ramón tenía setenta y un años, una rodilla que se le trababa con la humedad y un sobrino en Rosario que le había conseguido un departamento. Había vendido el compresor, las dos prensas y el calefón. Quedaba el gato.
—Eso no se vende —le dijo a Marcelo, el del almacén de enfrente, que se asomó a mirar el estante—. Eso se devuelve.
—¿Devolver a quién?
—A un camionero de José Falcón. Aníbal Servín. Me lo dejó en el noventa y ocho, una madrugada de lluvia, porque se le había roto el suyo y el mío estaba prestado. Dijo que volvía el viernes.
—Pasaron veintiséis años, Ramón.
—Por eso mismo.
Esa tarde cerró temprano. Metió el gato en un bolso de lona, que pesaba como un chico dormido, y se tomó un remís hasta el puente. En la aduana le sellaron el documento sin preguntar por el bolso. Cruzó caminando por el puente de hierro sobre el Pilcomayo, con los camiones pasando de a uno, lentos, y el tablón vibrándole en las suelas. Abajo el agua llevaba el color de la yerba mojada. En la mitad del puente, sin saber por qué, cambió el bolso de mano.
José Falcón olía distinto del otro lado: a combustible quemado y a mandioca frita. Preguntó en una despensa, en un puesto de chipa, en una vulcanización. Nadie conocía a un Aníbal Servín. En la tercera cuadra de tierra, una mujer que barría la vereda lo miró de arriba abajo.
—¿Y para qué lo busca?
—Tengo algo que es de él.
—Mi papá murió hace cuatro años.
Ramón se quedó parado con el bolso colgando. La mujer se llamaba Celeste, tenía un taller de chapa y pintura en el fondo del terreno, y lo hizo pasar a una galería con una mesa de plástico y un termo grande. Le sirvió tereré sin preguntar, con yuyos que Ramón no supo nombrar.
—Mire —dijo él, y sacó el gato—. Me lo dejó en el noventa y ocho. Yo le había arreglado una cubierta a las tres de la mañana, con la lluvia que bajaba de la Ruta 11 como un río, y no me quiso pagar el arreglo ni yo se lo quise cobrar. Entonces me dejó esto como garantía de que iba a volver a pagar. No volvió. Y yo lo guardé como garantía de que iba a venir a buscarlo. Se ve que los dos estábamos esperando lo mismo.
Celeste agarró el gato con las dos manos y lo giró hacia la luz. Tenía una «A» grabada con clavo en la base.
—Esa la hizo mi papá —dijo—. Lo reconozco. Él contaba una historia de un gomero argentino que le había salvado un viaje entero de ladrillos. Decía que le debía algo y que no sabía cómo pagarlo, porque el hombre no aceptaba plata. Decía: «Un día cruzo y le llevo algo que valga». Nunca cruzó. Tenía miedo de llegar y que usted ya no estuviera.
—Estuve todo el tiempo —dijo Ramón, y la voz le salió más baja de lo que quería—. Siempre estuve ahí.
Celeste se quedó callada un rato. Del taller venía el sonido de una lijadora, parejo, y de la ruta el de un camión que bajaba de cambio. Después se levantó, entró a la casa y volvió con una caja de zapatos atada con una cinta de embalar.
—Esto lo guardó para usted. Nunca supe qué era.
Adentro había un juego de llaves tubo, de acero cromado, envueltas en un trapo de franela. Estaban sin usar. Se veía el aceite de fábrica en las ranuras y una etiqueta con el precio en guaraníes de un negocio de Asunción.
—Es mucho —dijo Ramón.
—Es lo que él pensaba que valía una noche de lluvia.
Ramón agarró la primera llave, la más chica, y la calzó en el dedo como un anillo. Se rió, y Celeste también, sin gran ruido, como se ríe la gente que ya no tiene a nadie a quien contarle.
Se despidieron en el portón. Ella le insistió en acompañarlo hasta la aduana en la camioneta, pero él prefirió caminar. Volvió por el mismo puente, con el bolso más liviano y la caja de zapatos debajo del brazo, y esta vez se detuvo en la mitad. Los camiones pasaban despacio. Abajo, el Pilcomayo seguía su camino hacia el río Paraguay sin enterarse de nada.
El último día de octubre, Ramón bajó la cortina de «La Pilcomayo» y la cerró con el candado nuevo. En el estante más alto, donde había estado el gato, dejó el cartel de cartón. Le había agregado debajo, con la misma letra, una línea más: «DEVUELTO».
Después subió al remís con las llaves tubo en el regazo, una por una, como quien lleva rosario.
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