Vicenta Lanza ensartó la aguja a la tercera, con la luz de la ventana todavía azul y el termo de mate apoyado contra el aro de bordar. Eran las seis y diez de la mañana de un viernes, en la cocina de su casa de Ingeniero White, y la muestra abría al día siguiente a las tres de la tarde en el Museo del Puerto, sobre la calle Guillermo Torres.
Le faltaba un solo bordado. Cabía en la palma de la mano: un cuadradito de lino con el muelle de los elevadores, los viejos, los de chapa, los que levantaron en 1909 y que en 1978 desarmaron y vendieron como chatarra. Su padre había sido uno de los que subieron con el soplete. Nunca habló mucho de eso. Cuando Vicenta le preguntaba, él decía “era trabajo” y se ponía a arreglar algo que no estaba roto.
Ella no los había visto nunca. Nació tres años después. Lo único que tenía era una foto en blanco y negro, prestada por el archivo del museo, donde los elevadores eran una fila de torres flacas contra un cielo parejo, y el hilo gris que había comprado en la mercería de Zelarrayán.
Bordó todo el día. Hizo el muelle con punto atrás, las torres con satén cortito, y las cintas transportadoras con una hebra sola, tan fina que tuvo que usar la lupa de su marido, que en paz descanse. A las ocho de la noche le dolían los hombros y el gris se veía bien, prolijo, parecido a la foto.
Y sin embargo no le gustaba.
El sábado a la mañana fue temprano al museo, con el aro envuelto en un repasador. En la cocina del fondo ya estaban las vecinas de las Amigas del Museo, con las tortas y el chocolate caliente que se prepara los fines de semana. Había olor a canela y a pan tibio. Vicenta dejó el bordado sobre la mesa de las montajistas y se quedó mirándolo con los brazos cruzados.
—Qué lindo —dijo una de las chicas.
—Está mal —dijo Vicenta.
—¿Mal cómo?
—No sé. Mal.
Entonces entró don Evaristo Bonanno, que había sido guinchero en el puerto cuarenta años y venía todos los sábados a tomar su chocolate sentado junto a la ventana, aunque nadie lo hubiera invitado nunca a ninguna muestra. Se acercó, se puso los anteojos en la punta de la nariz y miró el cuadradito un rato largo.
—Es la foto la que miente, nena —dijo al final—. En blanco y negro todo es gris. Esos elevadores no eran grises.
—¿Y de qué eran?
—De óxido. Rojo, pero un rojo sucio, como de ladrillo mojado. Con la sal del mar se comían solos. Los pintaban cada tanto y a los dos meses ya estaban otra vez así. —Se rascó la barbilla—. Tu viejo sabría. Era Lanza, ¿no? Gabino Lanza. El de las manos grandes.
A Vicenta se le cerró la garganta. Nadie le había dicho el nombre de su padre en voz alta en esa casa de ladrillo desde hacía años.
—Sí. Gabino.
—Subía como un gato. El último día, cuando cortaron el primero, se quedó parado abajo con el soplete apagado y no quiso seguir. Lo mandaron a casa. Al otro día volvió, pero ese día no.
Vicenta miró el bordado. Faltaban cuatro horas para la apertura. Sacó del bolso su cajita de hilos y la abrió sobre la mesa, entre las tazas. Tenía marrones, tenía un bordó, tenía un naranja que había comprado por si acaso. Probó uno contra otro, con los ojos entrecerrados, mientras don Evaristo le iba diciendo “más oscuro”, “menos vivo”, “ahí, ahí se parece”.
Deshizo las torres puntada por puntada. No lloró, pero tardó más que el día anterior. Después las rehízo de nuevo con dos hebras mezcladas, una de ladrillo y otra de tierra, para que el rojo no fuera parejo, para que tuviera mancha, para que se viera que el mar había pasado por ahí.
A las tres menos diez terminó la última torre. Don Evaristo ya se había ido a su silla de la ventana. Las montajistas lo enmarcaron en un cuadradito de madera clara y lo colgaron en la tercera pared, entre un barco de lana y el mapa de las dársenas.
La gente empezó a entrar a las tres y cuarto. Pasaban por delante, se paraban, se inclinaban a mirar con la cabeza ladeada porque había que acercarse mucho. Vicenta se quedó atrás, junto a la cocina, con una taza de chocolate que se le enfriaba entre las manos.
Una nena, de unos siete años, se paró frente al bordado y lo miró sin decir nada. Después se dio vuelta hacia su madre.
—Mamá, están oxidados —dijo—. Pero se ve que son fuertes.
Vicenta apoyó la taza. Del otro lado de la ventana, a lo lejos, los elevadores nuevos, los de hormigón, subían grises contra el cielo de la tarde. Pero en la pared, a la altura de sus ojos, había una fila de torres flacas del color de un ladrillo mojado. Se quedó ahí hasta que cerraron, mirándolas, y por primera vez le pareció que su padre había vuelto a subir.
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