A las nueve menos diez, Evaristo Benítez ya estaba en el patio del club, sentado en un cajón de gaseosa, con el surdo entre las rodillas y el parche todavía tibio de la tarde. Olía a tierra regada y a chipá recién salido de la cantina. Faltaban once días para la primera noche en el corsódromo Nolo Alias, y el calor no aflojaba ni de noche.
Tenía setenta años y hacía treinta y uno que marcaba el tiempo en la batería de la comparsa del barrio. Tocaba el surdo grave, el que no se luce, el que hace que todos los demás sepan dónde están parados. Nadie lo aplaude nunca por eso. Solo se lo nota cuando falta.
Y se estaba por notar. Lo sabía desde marzo, cuando el médico le dijo, con un papel en la mano, que los dos oídos le iban a seguir cerrando de a poco, como una persiana de madera. Lo sabía mejor desde la semana anterior, cuando Ramiro, el director de la batería, lo llevó aparte, junto al tanque de agua, y empezó una frase que no terminó.
—Evaristo, el sábado te vi adelantarte. Un pelito nomás.
—Un pelito —repitió él.
—En el corsódromo, con los carros y la tribuna gritando, un pelito es una cuadra.
No hubo pelea. Ramiro le ofreció seguir en los ensayos y quedarse afuera del desfile, y Evaristo dijo que lo iba a pensar, que es lo que se dice cuando ya se pensó.
Esa noche había llegado temprano para pensarlo otra vez. Las luces del patio zumbaban de bichos. Adentro, en el salón, se arrastraban las sillas y las bailarinas se reían de algo. Él distinguía el golpe de un palo contra el aro de un repique y nada más: un chasquido seco, sin cuerpo, como si el sonido viniera de la pieza de al lado.
—Abuelo.
Luján se había sentado en el piso, a su lado, con las zapatillas llenas de tierra colorada. Tenía doce años y todavía no tenía instrumento propio. Iba a los ensayos porque la madre trabajaba hasta tarde en la farmacia y no había con quién dejarla.
—¿Qué hacés?
—Pienso.
—¿En qué?
—En si el surdo se escucha o se siente.
Luján lo miró como miran los chicos cuando un grande dice una obviedad con aire de misterio.
—Se siente. Si me apoyás el surdo en la panza, te zumba toda la panza.
—Eso es cuando está sonando.
—Bueno, sí. Cuando suena.
Evaristo se rió por primera vez en una semana. Se acordó de su padre, que tocaba el bombo en las fiestas de San Cayetano y decía que el bombo se toca con los pies, porque el piso es el que avisa. Nunca le había hecho caso. Uno solo entiende a su padre cuando ya no tiene a quién preguntarle.
A las nueve y cinco, Ramiro golpeó las palmas y la batería se fue acomodando en dos filas bajo el techo de chapa. Cuarenta y tantos instrumentos: repiques, tamborines, cajas, los otros surdos, el agogó de Chicho, que siempre sonaba medio tono arriba de todo. Evaristo se colgó la correa, se paró y, antes de que Ramiro levantara el palo, hizo algo que no había hecho en treinta y un años. Cerró los ojos y se dejó de escuchar.
Sintió el cemento caliente a través de la suela. Sintió la correa tirándole del hombro. Sintió el casco del surdo apoyado contra la barriga, vacío y redondo, esperando.
Ramiro bajó el palo y la batería arrancó.
Primero fue un temblor en los tobillos, apenas, como un tren lejano. Después subió por las piernas, ordenado, repetido, y se le instaló en el pecho. Era el tiempo. No tenía sonido, pero tenía dirección, y venía del piso, de los cuarenta pares de zapatillas que golpeaban el cemento sin saberlo, de las bailarinas que ensayaban el paso en el salón, de la chapa del techo vibrando con los palos. Evaristo levantó la maza y la dejó caer cuando el piso se lo pidió.
El surdo contestó, hondo y redondo, y esta vez lo sintió entero, de la correa a las rodillas.
Tocaron la marcha completa, la del desfile, cuatro minutos y pico que él conocía de memoria. En la segunda vuelta, en el corte antes del estribillo, donde siempre se le iba el pie, oyó, o creyó oír, o sintió, que el surdo caía justo con el golpe seco del repique de Chicho. Ni un pelito adelante ni uno atrás. Parejo con todos, como cuando tenía cuarenta años y los oídos de un perro.
Abrió los ojos cuando la marcha terminó. Luján estaba parada junto a la columna, con los brazos cruzados y la cara muy seria, haciendo como que no estaba orgullosa.
Ramiro no dijo nada. Se acercó, le puso la mano en el hombro un segundo y después sacó una libreta del bolsillo de atrás, la lapicera de la oreja, y escribió algo. Evaristo no preguntó qué. Los dos sabían que era el orden de la columna para el sábado, y que en la primera fila, a la izquierda, donde va el surdo, había un nombre que no tenía por qué tachar.
—Otra vez desde el principio —dijo Ramiro, y levantó el palo.
Evaristo cerró los ojos. La chapa tembló, el cemento empezó a latir bajo sus zapatos, y el tiempo le llegó por los pies, parejo y caliente, como una mano grande apoyada en la espalda.
Leave a Reply