Teodora Herrera le pasó el trapo al auricular por tercera vez y lo olió. Seguía oliendo a bronce viejo y a mano ajena. Eran las siete de la tarde en la Estación 1 del cablecarril, sobre la avenida Perón, en Chilecito, y afuera el sol ya se había ido de la calle pero seguía pegado a las cumbres del Famatina, que se ponían de un rosa casi indecente.
Hacía once años que limpiaba el museo. Conocía cada vagoneta por el chirrido y cada torre de la maqueta por el polvo. Pero la cabina de teléfono, ese cajón de madera clara con la manivela al costado, la tenía reservada para el final del día, como quien deja el postre.
Mañana llegaba una escuela de Vichigasta, veintidós chicos en un micro prestado. La directora le había pedido un favor por teléfono, con vergüenza:
—Teodora, ¿no habrá forma de que suene algo? Los chicos de ahora piensan que todo lo viejo está muerto.
Teodora había dicho que sí sin saber cómo. En el cartel de la entrada decía que cada una de las nueve estaciones tuvo su teléfono, una línea corrida a lo largo del cable para avisar quién cargaba, quién bajaba, quién se había quedado sin leña. Esa línea no sonaba desde que cerraron el cablecarril, hace casi cien años. El aparato de la Estación 1 estaba ahí de adorno, con los cables cortados a ras de la pared.
A las ocho llegó Ismael, el sobrino del electricista, con una caja de herramientas y cara de no haber cenado.
—Tía, yo te puedo poner un parlante escondido que haga ring. Con el celular lo disparás.
—Eso no es sonar. Eso es mentir.
—Es sonar un poco menos.
Teodora lo miró con la ceja de las dos de la tarde, la que usaba con los chicos que tocaban las vagonetas. Ismael suspiró, abrió la tapa trasera del aparato y empezó a desenroscar.
Adentro había una bobina, un par de imanes y un papelito doblado, amarillo como cáscara de cebolla. Ismael lo sacó con las pinzas y se lo dio sin leerlo. Ella lo desplegó contra la luz del tubo fluorescente. Letra de lápiz, apretada, de alguien que escribía parado:
Si suena y nadie contesta, es que está ocupado el de arriba. Esperar.
—¿Qué es? —preguntó Ismael.
—Una instrucción. Para el telefonista.
Se quedaron mirando el papel. Afuera pasó un colectivo con las ventanillas abiertas y alguien adentro escuchaba cumbia a todo volumen. Después el silencio volvió a ocupar la sala.
—Si le conecto una pila vieja a la bobina, el timbre debería moverse —dijo Ismael, más para sí—. No va a llamar a nadie. Pero la campanita va a sonar.
—¿Cuánto tarda?
—Una hora, si tengo suerte.
Fue más. A las diez Ismael tenía la cara negra de hollín de los contactos y había perdido un tornillo que apareció, por fin, adentro de su propia zapatilla. Teodora le trajo mate cocido y una porción de pastelito de membrillo que había guardado para el desayuno. Él comió parado, sin sacar los ojos del bobinado.
A las once menos cuarto el aparato hizo un clac seco.
Los dos se quedaron quietos. Ismael giró la manivela una vuelta, despacio. Un tintineo flaco, de lata, salió de la cabina y se estiró por la sala hasta pegar contra las vagonetas colgadas del techo. Una de ellas se meció apenas, como si la hubiera rozado una mano.
—Suena —dijo Ismael, y se rió solo.
—Otra vez.
Giró de nuevo. El timbre vibró más fuerte. Teodora sintió que se le subía algo por el pecho, algo parecido al orgullo pero con peso de despedida. Pensó en los telefonistas de las estaciones altas, en el frío de la Estación 7, en el hombre que había escrito ese papel con el lápiz apoyado en la pared y que seguramente esperó, más de una vez, con el auricular contra la oreja, a que le contestaran desde arriba.
Ismael guardó las herramientas a las once y media. Antes de irse señaló el auricular.
—Probalo vos. Para que mañana sepas qué decirles.
Cuando se quedó sola, Teodora cerró con llave la puerta del frente, apagó los tubos del fondo y dejó prendida la luz de la entrada. Se acercó a la cabina. Levantó el auricular. Estaba frío y pesaba más de lo que parecía.
No esperaba nada, y eso fue lo que le dio vergüenza: que igual lo hacía. Dio media vuelta a la manivela.
—Estación 1 —dijo bajito, como se decía—. Estación 1 llamando.
Del otro lado, por supuesto, no había línea. Había un zumbido de pila vieja y, atrás, el ruido lejano del aire acondicionado del museo. Teodora esperó. Contó hasta diez. Miró el papelito, que había dejado apoyado en el estante.
Si suena y nadie contesta, es que está ocupado el de arriba. Esperar.
Esperó. Afuera, arriba de los techos, el Famatina se había quedado sin rosa y era solamente una sombra grande. Sin saber por qué, Teodora pensó en su madre, que en esa misma ciudad había atendido el almacén hasta los ochenta y que siempre decía «ya va a venir alguien», y a quien nunca le falló un cliente.
—Ya sé que estás ocupado —dijo al auricular—. Mañana vienen veintidós chicos. Si podés, hacé sonar algo de tu lado.
Colgó con cuidado. Apagó la luz de la entrada y salió.
A la mañana siguiente, mientras los chicos de Vichigasta se apretaban frente a la cabina y Teodora giraba la manivela para que oyeran el timbre, una nena de trenzas largas, la más chiquita, levantó la mano.
—Seño, ¿y quién contesta?
Teodora abrió la boca para decir que nadie. Pero en ese momento el aparato, que nadie había tocado, hizo un último clac, corto, de cierre.
—Ese —dijo Teodora—. Siempre contesta ese. Ahora, arriba.
Y los llevó a ver las vagonetas.
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