El esmalte sintético se pone espeso cuando refresca, y a las cuatro de la tarde de ese jueves de octubre de 1975 el galpón de Sarandí ya olía a aguarrás y a yerba mojada. Atilio Dellamea movió el pote con la punta del pincel y lo miró a contraluz. Todavía estaba bueno. Le quedaban tres horas de luz y una sola letra por sombrear.
El colectivo, un Mercedes azul y crema de la línea 51, estaba parado con el trasero contra el portón abierto. En el panel de atrás, entre dos cintas argentinas y un ramo de rosas con hojas de acanto, se leía en rojo y amarillo: Gracias, Viejo. Faltaba el yapón de la «G», esa mezcla de negro con barniz que le da volumen a la letra y la hace parecer que se despega de la chapa.
—¿Y? —preguntó Benigno desde la puerta, con el mate en la mano—. ¿Llego a sacarlo mañana a las cinco?
—Si no llueve, llegás.
—No va a llover.
—Vos no sos el cielo, Benigno.
Benigno se rió y se sentó en un cajón de manzanas. Hacía veinte años que manejaba la 51 entre Constitución y Cañuelas, cruzando el Puente Pueyrredón dos veces por vuelta, y esa frase se la había encargado a Atilio de un día para el otro, sin explicar nada. Atilio tampoco preguntó. En el oficio se aprende pronto que las frases se pagan y los motivos no se averiguan.
Aunque este lo sabía. En el barrio todos sabían que el padre de Benigno había sido carrero, que había repartido soda con un carro tirado por un percherón al que le pintaban los chanfles de colorado, y que se había muerto en el sesenta y ocho, el año en que prohibieron los caballos en la Capital. Atilio le había fileteado ese carro cuando tenía veinte años y pulso de relojero.
Ahora tenía sesenta y uno, y la mano derecha le temblaba.
No siempre. Temblaba al final del día, cuando el brazo se cansaba, y temblaba más si lo miraban. Había aprendido a trabajar a la mañana, con el café todavía caliente en el estómago, pero el encargo había llegado tarde y el yapón no se puede dejar para mañana: si la letra seca sin sombra, después ya no se la pone.
—Dicen que en un par de semanas sale la ordenanza —dijo Benigno, mirando el piso—. Que no se puede filetear más en los colectivos. Ni uno.
—Ya sé.
—Éste va a ser el último que salga con filete de toda la línea.
—Ya sé, Benigno.
Atilio cargó el pincel de pelo largo, el que había heredado de Pascual, su maestro, con las cerdas gastadas hasta una punta fina como una uña. Lo pasó una vez por el trapo y se acercó a la chapa. A un palmo de la «G», la mano empezó a moverse sola. Una vibración chiquita, constante, como el motor de una heladera.
Bajó el pincel. Lo volvió a subir. La sombra de una «G» tiene que ser pareja de punta a punta, un solo trazo que acompañe la curva sin dudar, y él sentía que el pulso se le iba hacia la izquierda, hacia el hueco de la letra.
—Pará —dijo una voz detrás.
Era Marta, su nieta, nueve años, que venía del colegio con el guardapolvo todavía puesto y una galletita en la boca. Se había parado al lado del colectivo sin que nadie la oyera.
—Abuelo, te tiembla.
—Ya lo sé.
—Yo te agarro.
No le dio tiempo a contestar. Marta dejó la mochila en el suelo, se limpió las migas en el guardapolvo y le tomó la muñeca con las dos manos. No la sujetaba fuerte. La apoyaba, nada más, como se apoya una tabla sobre dos caballetes, y la mano de él dejó de moverse.
—Ahora —dijo ella.
Atilio respiró y empezó la sombra. El yapón corrió por el borde de la letra, negro, brillante, y por primera vez en meses el trazo salió largo y limpio. Doblaron la curva juntos, él con el pincel, ella con las manos, y cuando llegó al final Atilio levantó la punta de la chapa con un movimiento corto, como le había enseñado Pascual, para que el trazo se afinara solo.
Nadie dijo nada. Benigno se había parado y se había sacado la gorra.
—Falta el retoque en la cola —murmuró Atilio.
—Está perfecta —dijo Marta.
—No te hablaba a vos.
Lo hizo solo. La cola de la «G» le salió con un temblor mínimo, apenas una ondita del grosor de un pelo, que nadie iba a ver desde la calle. Se quedó mirándola un rato largo. Después dejó el pincel sobre el borde del pote, con las cerdas hacia arriba, y se limpió las manos con el trapo.
A las cinco menos diez de la mañana siguiente, Atilio estaba parado en la vereda de la Avenida Mitre con un termo y un abrigo mal abotonado. No había llovido. El Mercedes salió del galpón con los faros prendidos, dobló hacia el puente y Atilio lo siguió con la vista hasta que las luces traseras se confundieron con las del resto. Por un segundo el panel de atrás agarró la luz de un farol y las letras rojas y amarillas se encendieron, Gracias, Viejo, con la sombra negra pegada abajo como si la hubiera dibujado un reloj.
Después el colectivo subió la rampa del Pueyrredón y se perdió contra el cielo todavía oscuro del Riachuelo.
—Abuelo —dijo Marta, que había insistido en madrugar y venía abrazada al guardapolvo—. ¿Y la ondita?
—¿Qué ondita?
—La de la cola.
Atilio sonrió, se calzó la gorra y empezó a caminar hacia el galpón.
—Esa se queda.
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