La tiza se le gastó a las seis y diez, justo cuando terminaba de repasar la línea E. Nélida Pagano se quedó con el pedacito entre los dedos, un hueso blanco, y miró la cancha de punta a punta: veinticuatro metros de piso alisado, las tablas laterales lustrosas de tanto roce y el techo de chapa donde la tormenta de la tarde todavía golpeaba de a gotas.
Mañana a las ocho llegaba la gente de la cooperativa con el camión. Iban a sacar las tablas, el piso y los bancos, y en ese galpón del Club Sportivo Italiano, a dos cuadras de los silos, iban a armar un salón para fiestas. Con cocina, decían. Con pista.
—¿Vos sos la canchera? —le preguntó el pibe desde la puerta.
Era un chico de doce o trece años, con la mochila mojada y una remera de Boca que le quedaba grande. Lo mandaba la madre a buscar al tío, que era socio, y el tío no estaba.
—Treinta y un años —dijo Nélida—. Pasá, pero secate los pies.
El pibe se llamaba Thiago. Se sacó las zapatillas sin que nadie se lo pidiera, cosa que a Nélida le cayó bien, y caminó en medias por el borde de la cancha, mirando las bochas en el cajón como si fueran huevos de algún bicho. Eran de resina, cuatro lisas y cuatro rayadas, con las marcas de décadas de golpes, de ciento siete milímetros cada una y casi un kilo de peso.
—¿Se pueden tocar?
—Se pueden tirar. ¿Sabés jugar?
—No.
—Mejor. Así no traés mañas.
Nélida buscó el bochín en el bolsillo del delantal, una bolita blanca del tamaño de una nuez grande, y se la puso en la palma. Le había dicho a la comisión que quería jugar una última mano antes del desarme. Le dijeron que sí, que cómo no, y nadie volvió a hablar del tema. A las ocho de la noche, cuando ella cerrara, se terminaba el club. Y ella tenía pendiente una sola cosa: la jugada de Bautista.
Bautista, su marido, había jugado en esa cancha cuarenta años y nunca había hecho una rafa limpia al fondo. La rafa es tirar la bocha fuerte, sin dar el pique, hasta pegarla contra la cabecera para sacar a otra bocha de la zona de juego libre. Él lo intentaba todos los sábados, y todos los sábados le fallaba por veinte centímetros. «Hay un lugar donde la cancha se come la bocha», decía, y se reía. Nunca dijo dónde.
Nélida lo había descubierto sola, a los pocos meses de quedarse viuda, mientras pasaba el lienzo a las seis de la mañana. Entre la línea D y la E, del lado de la ventana, el piso bajaba como un centímetro. No más. Una hondonada de nada, una panza. La bocha que pasaba por ahí con fuerza se abría un poquito hacia la tabla. Bautista se la había pasado la vida peleando contra eso sin saberlo, y ella no se lo pudo contar.
—Mirá —le dijo al pibe—. Vos ponete acá, atrás de la línea C. Esa es la que no se pisa con los dos pies. Con una mano agarrás la bocha por abajo, la balanceás y la soltás bajita, como si la dejaras en el agua.
Thiago tiró. La bocha fue torcida, pegó en la tabla con un ruido de puerta y volvió a rodar sin ganas.
—¡Uh!
—Otra vez.
Tiró seis, siete veces. A la octava la bocha se detuvo casi a la altura del bochín, y el pibe levantó los brazos como si hubiera metido un gol en la final. Nélida le dio la razón con un movimiento de cabeza y se guardó la sonrisa para después.
Afuera, la lluvia había aflojado. Por la ventana entraba ese olor a tierra mojada y a pasto que se mete hasta en los galpones de chapa. En la pared del fondo, detrás de la cabecera, colgaba la foto del equipo de 1987, once señores de saco y corbata con una copa. Bautista era el cuarto, sin copa en la mano, mirando a otro lado.
—Ahora yo —dijo Nélida.
Le pidió al pibe que se sentara en el banco y que ni respirara. Puso el bochín al fondo de la cancha, pasando la línea E, y lo dejó rodar hasta que se paró cerca de la cabecera, a menos de un metro. Después eligió una bocha rayada, la más vieja, la que tenía una lasca en el costado y que Bautista siempre agarraba primero.
Se paró detrás de la C. Sintió la cadera, la rodilla izquierda, los sesenta y ocho años. Cerró los ojos un segundo. Después contó los pasos en la cabeza, como hacía él, y abrió el brazo.
La bocha salió seca y tendida, sin pique. Cruzó la D con un zumbido y, en la hondonada de la ventana, se abrió justo el centímetro que tenía que abrirse. Pegó contra la tabla de la cabecera y se pegó contra el bochín con un toc corto y limpio. El bochín saltó medio metro y quedó quieto.
No hubo aplausos. El pibe abrió la boca y no le salió nada. Se oyó la chapa gotear y, a lo lejos, un camión que cambiaba de marcha en la ruta.
—¿Eso es bueno? —preguntó por fin.
—Eso es lo que no le salió nunca a mi marido.
Nélida caminó despacio hasta el fondo. Se agachó, con más trabajo del que quería mostrar, y recogió la tiza gastada del suelo. Después se arrodilló sobre la línea E, la que había repasado una hora antes, y la reforzó con el último pedacito, hasta que no quedó nada en los dedos.
—Mañana la van a sacar —dijo—. Pero esta noche está marcada.
Apagó las luces del lado de la puerta. El pibe se calzó las zapatillas sentado en el banco, le dijo chau con la mano y salió corriendo a buscar a su tío. Nélida se quedó un rato más en la penumbra, con el delantal lleno de tiza y la cancha entera adelante. Sobre la línea blanca, apenas visible, seguía quieta la bocha rayada.
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