Ceniza gris

Norma Cuesta llegó a la sociedad de fomento a las nueve y media, con la llave en una mano y la bolsa de carbón de quebracho en la otra. Era sábado, había llovido toda la madrugada, y el patio de atrás olía a tierra mojada y a chapa fría. La parrilla seguía donde Ismael la había dejado hacía cuatro años: un tambor cortado al medio, con patas de hierro de cama y una rejilla que él mismo había soldado en el taller de Avenida Meeks.

Esa tarde era el último asado del centro de jubilados. El lunes entregaban el local. Nadie lo decía en voz alta, pero en el pizarrón de la entrada alguien había escrito, con tiza verde, «Hoy se come», y nada más.

Norma abrió la bolsa. El carbón estaba húmedo. No mojado del todo, pero se le pegaba a los dedos y dejaba una pasta negra en las yemas. Lo apiló en el centro del tambor, como le habían enseñado, y le acercó el fósforo a un diario doblado en cuatro. El papel prendió, se retorció y se apagó. Probó de nuevo. Nada. Un humo flaco, blanco, que le picó en los ojos.

—Nena, con un chorrito de alcohol esto arranca solo —dijo Aldo desde la puerta de la cocina. Aldo tenía ochenta y un años, un bastón de aluminio y la costumbre de opinar sin cruzar el umbral.

—Ismael no usaba alcohol.

—Ismael ya no usa nada, Norma.

Lo dijo con cariño, y por eso dolió más. Ella no contestó. Sacó otro diario del bolso, lo hizo tirabuzón y lo metió entre los trozos. Sabía lo que decía la regla: carbón de quebracho, veinte o veinticinco minutos, hasta que se cubra de una ceniza gris pareja. Mientras haya zonas negras, todavía no está. Ismael la repetía como si fuera una oración, y después se quedaba al lado del tambor con la palma abierta a quince centímetros de las brasas, contando en voz baja.

A las diez y cuarto el carbón seguía negro. Llegó Estela con las ensaladas, llegó el flaco de la carnicería con dos tiras de asado, un vacío y los chorizos, llegó la hija de Estela con una nena de ocho años a la que le habían dicho que se portara bien y que, por eso mismo, no sabía dónde pararse.

—¿Qué hace, señora? —preguntó la nena.

—Prendo el fuego.

—No está prendiendo nada.

—Ya lo sé.

Norma se sentó en un cajón de cerveza. Del otro lado del patio, más allá del paredón, se oyó el silbato del tren que entraba a la estación Temperley, y después ese ruido largo de ruedas sobre el cruce, que a esa hora hacía temblar los vasos en la cocina. Ismael decía que se podía poner el reloj por ese tren. Ella pensó que también se podía apagar un fuego por eso: el temblor, la humedad, la costumbre de vivir pegado a las vías.

Entonces se acordó del cajón de la oficina.

Entró sin decir nada. Detrás del escritorio, en el último cajón, estaban los talonarios de rifas que nadie había querido tirar: la rifa del día del padre, la del aniversario, la del pollo con papas. Papel fino, de imprenta barata, seco como hoja de otoño porque nunca le había dado la luz. Se llevó un puñado.

Los arrugó uno por uno. En cada talón había un nombre escrito a lápiz y un número. «Beatriz, 14. Don Anselmo, 203. Ismael, 77.» Se quedó un segundo con ese último en la mano. Después lo hizo bollo, como los otros, y lo metió en el hueco del tambor, debajo del quebracho.

El papel prendió de golpe. Una llama corta, amarilla, que lamió el carbón, se fue y volvió. Norma se agachó y sopló despacio, sin apuro, con la boca casi pegada al hierro. El primer trozo se puso rojo en una punta. Después otro. Aldo, desde la puerta, no dijo nada.

A las diez y cuarenta el humo ya era azul y delgado. A las once menos veinte, la superficie del carbón empezó a cubrirse de un gris claro, parejo, como escarcha. Norma esperó. Esperó mientras la nena la miraba desde una distancia prudente, mientras Estela tapaba las ensaladas con repasadores, mientras el carnicero acomodaba los chorizos en una bandeja sin animarse a ponerlos.

—¿Ya? —preguntó la nena.

—Todavía no.

Pasó otro tren. Los vasos de la cocina tintinearon.

Cuando no quedó una sola mancha negra, Norma se paró, se secó las manos en el delantal y abrió la palma sobre las brasas, a quince centímetros, como había visto hacer tantas veces.

—Uno —dijo, bajito.

Sintió el calor subirle por la muñeca.

—Dos.

Detrás de ella, una voz finita, más lenta, la acompañó:

—Tres.

Era la nena, que se había acercado hasta quedar a su lado, con la mano también abierta, aunque a un metro de las brasas, porque nadie le había dicho cuánto era seguro.

—Cuatro —dijeron las dos.

—Cinco —dijo Aldo, desde la puerta, con el bastón golpeando el piso de baldosas.

Norma retiró la mano. Estaba justo. Ni fuerte ni flojo, el calor del medio, el que sirve para casi todo.

—Pasame los chorizos —le dijo al carnicero.

Los puso primero, como correspondía, y el patio se llenó de ese olor que no se parece a ningún otro. Sobre la rejilla, la grasa goteó y levantó una chispa chiquita que subió, se apagó en el aire y dejó, en la ceniza, un puntito de luz.

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