Una red que no cuenta mentiras

Cacho Petrauskas ató el último nudo del ángulo izquierdo y tiró para probarlo. La red aguantó. Eran las cinco de la tarde del viernes y en la sede del club, un salón con olor a humedad y a café recalentado, el reloj de pared marcaba las seis menos diez desde hacía años.

—¿Y? —preguntó Marisa, la presidenta de la comisión, desde la puerta.

—Falta el otro lado.

Tenía setenta y cuatro años, la espalda de quien pasó cuarenta en una cámara fría del frigorífico y dos manos que todavía sabían hacer lo único que le había enseñado su padre, además de aguantar: tejer red. El viejo Petrauskas había llegado de Lituania con una aguja de boj en el bolsillo y, en el barrio Saladillo, entre los que hablaban mil lenguas, tejía redes de pesca para los que salían al Paraná. Cacho, de chico, las vendía por la avenida Arijón con una bolsa de arpillera.

El sábado a las nueve de la mañana, en el baldío que la comisión había alisado entre dos medianeras, a unas cuadras del arroyo, debutaba la sub-13 femenina del club. Cuarenta pibas anotadas. Dos arcos de hierro que había soldado el marido de Marisa. Y ninguna red, porque la vieja se la habían comido la humedad y después las ratas.

Dos redes nuevas costaban lo que el club juntaba en tres rifas. Cacho había dicho “yo las hago” sin pensarlo, como se dice “pasame la sal”.

Llevaba cuatro días con el hilo extendido sobre dos mesas del buffet, midiendo la malla con una tablita de cedro, la misma de siempre, con una muesca de cigarrillo del viejo.

—Cacho, andá a dormir —dijo Marisa—. Las chicas juegan igual sin red.

—Sin red no es gol. Es pelota que se va.

Marisa se rió y lo dejó. Desde afuera llegaba el golpe de una pelota contra la chapa del vestuario, tac, tac, tac, parejo, de alguien que practicaba sola.

Era Lucía, la nieta de Elsa la del almacén, trece años, zurda, la que cada tarde se quedaba pateando al mismo ángulo. Cacho la había visto. Nunca le había hablado. Se habían cruzado en la vereda y ella le había dicho “buenas” mirando el suelo.

A las nueve de la noche faltaban dos metros de red y a Cacho se le habían acabado los ojos. Cuando dejó la aguja sobre la mesa, la mano derecha no se le cerró. Se la quedó mirando, abierta, como si fuera de otro.

—No me hagas esto —le dijo, bajito.

Se sentó. De algún patio llegaba una cumbia, y por la ventana entraba olor a humo de parrilla. Pensó en el viejo, en la aguja de boj, en que nunca le había dicho que lo hacía bien. Solo le decía: el nudo, hijo, tiene que ser el mismo del primero al último, o la red cuenta mentiras.

La puerta se abrió. Era Lucía, con la pelota bajo el brazo y las rodillas sucias de tierra.

—Perdone. Mi abuela dice que usted está haciendo las redes.

—Estoy.

—¿Le puedo mirar?

Él iba a decir que no, que era tarde, que las nenas a esa hora a dormir. Dijo:

—Sentate.

Ella se sentó. Miró el nudo, la tablita, la aguja.

—¿Es difícil?

—No. Es siempre lo mismo. Eso es lo difícil.

Le mostró una vez, despacio: el hilo alrededor de la tablita, la aguja por el lazo, el nudo que se cierra con un tirón seco. Lucía lo repitió mal. Lo repitió otra vez. A la cuarta, el nudo salió chueco pero firme.

—Más apretado —dijo Cacho—. Que no cuente mentiras.

Trabajaron hasta pasadas las once. Él marcaba la malla con la tablita y ella ataba. A veces se equivocaba, y él le deshacía el nudo con la uña, sin decir nada, y ella volvía a empezar. A las once y media llegó Elsa con un termo y dos tazas, miró la red extendida y no dijo nada, que era su manera de decirlo todo.

Cuando terminaron el segundo arco ya era sábado. Cacho revisó la red nudo por nudo, como el viejo, con el pulgar. En el rincón superior derecho encontró uno distinto: grande, torcido, apretado de más, el nudo de quien aprieta con rabia. Fue a deshacerlo.

—Ese es el mío —dijo Lucía—. Me salió mal.

Cacho lo miró un rato.

—Dejalo —dijo.

A las nueve de la mañana el baldío estaba lleno de padres, de mates, de una bandera del club cosida a mano. Las dos redes colgaban parejas de los hierros recién pintados. Lucía, con la camiseta puesta, pateó el primer tiro libre desde el borde del área, de zurda, al ángulo que había practicado todas las tardes.

La pelota pegó en la red, justo en el rincón del nudo torcido, y se quedó adentro.

Cacho, junto a la medianera, con la mano derecha todavía hinchada, vio que el nudo aguantaba el golpe. No cedió. Ahí quedó, en medio de todo, diciendo la verdad.

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