El amarillo de la popular

El rodillo se le escapó de la mano y rodó escalón abajo, dejando una raya amarilla sobre el cemento gris, hasta frenarse contra una zapatilla.

—Señora, se le va la pintura —dijo el pibe, y levantó el rodillo como quien levanta a un pájaro herido.

Berta Waserman no contestó enseguida. Tenía setenta y nueve años, una rodilla que le avisaba el clima y una lata de esmalte sintético donada por una empresa de la zona. Eran las nueve de la mañana de un sábado de octubre y en la popular San Martín del estadio León Kolbowski, sobre Humboldt, en Villa Crespo, trabajaban treinta personas con guardapolvos viejos y remeras de la campaña. Se oía el raspar de las espátulas, un parlante con cumbia bajita y, desde la calle, el motor de un colectivo de la 55 frenando en la parada.

—Gracias, hijo. Dámelo.

—Soy Lautaro.

—Berta. Dámelo, Lautaro.

El plan era simple: los hinchas rasqueteaban, lijaban y repintaban, sector por sector, hasta que el estadio volviera a ser azul y amarillo. A Berta le habían asignado la hilera de abajo, la que da a la calle Fitz Roy, pero ella había caminado hasta la mitad de la tribuna, hasta el escalón número diecinueve contando desde el túnel, y se había quedado parada ahí.

No era un escalón cualquiera. Todavía, bajo capas de pintura, tenía que estar la marca que su padre había hecho con un clavo el domingo 5 de junio de 1960, el día que se inauguró la cancha. Ella tenía ocho años. Habían perdido uno a tres con Argentinos Juniors, y su padre, sastre de la calle Corrientes, había dicho que daba igual, que el resultado era de ese día pero la cancha era para toda la vida. Después, mientras la gente se iba, se agachó y rayó en el cemento nuevo una B y una W, torcidas, con la punta de un clavo que llevaba en el bolsillo para las señas del taller.

Berta no había vuelto a ver esa marca desde 1974. No sabía si seguía ahí. Lo único que sabía era que el sábado volvía a ser sábado y que ella estaba parada sobre el diecinueve.

Y que había un hombre sentado en el diecinueve.

Fumaba sin prender, un cigarrillo apagado entre los dedos, con los codos sobre las rodillas. Tendría sesenta años. Usaba una campera de la que ya no se leía ninguna sigla.

—Perdón —dijo Berta—. Tengo que pintar ahí.

—Pinte, pinte —dijo él, sin moverse—. Yo no molesto.

—Está sentado encima.

El hombre miró el cemento como si recién notara que era un lugar.

—Ah. Es que acá me sentaba mi viejo.

Berta apretó el mango del rodillo. Podría haberle dicho que su padre también, que ella también, que el escalón era de los dos por motivos distintos y que de todos modos la lata era suya. Pero el hombre había dicho «mi viejo» con una voz que no pedía nada.

—¿Cuándo fue la última vez? —preguntó ella.

—Hace treinta y pico de años. Después me fui a Rosario. Volví el lunes.

—Yo me fui en el setenta y cuatro.

—¿Adónde?

—A Caseros. A veinte cuadras. Pero para mí era Rosario.

El hombre se rió por la nariz. Lautaro, que había seguido ahí con una espátula en la mano, entendió que su ayuda ya no hacía falta y se fue a rasquetear otra zona.

—Mire —dijo Berta—. Voy a hacer una cosa. Raspo yo primero. Si hay algo debajo, lo miramos juntos. Si no hay nada, pinto y usted se sienta en el veinte.

—¿Y si hay algo?

—Entonces pintamos alrededor.

Se arrodilló con un esfuerzo que le hizo crujir la rodilla izquierda, y el hombre extendió una mano sin tocarla, por si acaso. Berta tomó la espátula. Raspó despacio, con el filo casi plano. Salió el amarillo de este año, con su olor a solvente. Salió otro amarillo, más pálido. Salió un celeste que alguien había pintado por equivocación. Salió una capa gris de pintura de cancha que se deshizo en escamas.

Y abajo, hundidas en el cemento, aparecieron dos letras torcidas.

No dijo nada. El hombre tampoco. Un tren del San Martín pasó por detrás de la tribuna con ese ruido de chapa que Berta había aprendido a reconocer antes que los nombres de los jugadores.

—B y W —dijo él al rato, leyendo con la cabeza inclinada.

—Berta Waserman.

—Mi viejo se llamaba Waserman también —dijo el hombre, y se quedó callado, y después sonrió, cansado—. No. Mentira. Se llamaba Vidal. Pero me gustaba tanto la coincidencia que casi me lo creí.

Berta largó una carcajada que se oyó tres filas más abajo. Se limpió las manos en el guardapolvo y se quedó mirando las letras.

—Mi papá las hizo con un clavo. Ese día.

—Qué pulso.

—Era sastre.

Pintaron juntos. Ella cubrió el escalón de arriba y el de abajo, y alrededor de la marca fue dejando un cuadrado de cemento pelado, del tamaño de una mano abierta, con el borde prolijo como el de un ojal. El hombre preparó la lata, revolvió con un palito, le pasó el pincel fino cuando hizo falta. Se llamaba Ismael. Su padre había sido albañil, y en el veinte tenía su propia marca, dijo, una cruz que hizo en el sesenta y ocho, por un ascenso que no llegó.

—¿Querés que la busquemos? —preguntó ella, y notó que lo había tuteado sin avisar.

—Ya no hace falta —dijo Ismael—. Me alcanza con saber que están.

A las doce y media, cuando pararon para comer los sándwiches de miga que había traído alguien de la comisión, el diecinueve estaba terminado. Amarillo, parejo, brillante todavía, con una ventanita gris donde dos letras miraban el cielo. Berta se sentó en el veinte, porque el diecinueve estaba húmedo. Ismael se sentó al lado.

Desde ahí se veía la platea azul sobre Humboldt, el césped con sus rayas recién cortadas, el arco del lado de Fitz Roy. Abajo, alguien probaba el parlante y se oyó, entera, la primera estrofa de la marcha del club, cortada a la mitad.

Berta apoyó la palma sobre el cemento tibio, justo al lado del escalón recién pintado, y la dejó ahí hasta que se le fue el temblor de las manos.

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