El turno de las tres

Eladio Funes llegó a la compuerta a las dos y media, con la linterna en la frente y el cuadro de turnos doblado en cuatro dentro del bolsillo de la camisa. Era el último jueves de su último mes como tomero del canal, en Luján de Cuyo, y la noche olía a tierra que todavía no había tomado agua.

Treinta y dos años de recorrer la misma hijuela en la camioneta, de repartir las boletas casa por casa, de revisar cupos y compuertas, y el papel de esa noche seguía diciendo lo mismo que decía hacía tres décadas, en la misma letra apretada de la Inspección: de tres a cinco, finca de Moyano, tres hectáreas con parral viejo y malbec de pie franco.

Eladio no le hablaba a Moyano desde 1998. Había sido por una compuerta, claro. Moyano había dicho que Eladio se la dejaba abierta de más al vecino de arriba, y Eladio había dicho cosas que en ese momento le parecieron justas. Después pasaron los años, y el silencio se volvió una costumbre que ninguno de los dos sabía cómo cerrar.

Se enteró el lunes, en la panadería, que Moyano estaba internado en el Español con la cadera rota. Se había caído de una escalera podando. La finca quedaba sola, y el hijo vivía en Neuquén.

—Si no riega este turno, pierde la brotación de las cepas viejas —le dijo la panadera, mientras le daba el vuelto—. Con el calor que viene.

—Ese turno es de él —dijo Eladio.

—Y quién se lo va a regar.

No contestó. Pero el jueves a las dos y media estaba ahí, con la camioneta apagada junto al canal y el agua corriendo ancha y oscura, con ese ruido bajo que no se parece a ningún otro.

Cerró la compuerta del vecino de arriba, que había terminado a las tres menos diez. Tuvo que ponerle el hombro al volante de hierro, que tenía la rosca comida de óxido. Después fue hasta la hijuela de Moyano. El portón de alambre no tenía candado, nunca lo tuvo. Entró.

En la oscuridad, las hileras se perdían en la linterna como un pasillo de hospital. Eladio caminó por la acequia principal y fue encontrando todo como lo habría encontrado cualquiera que supiera mirar: la tierra apelmazada, un tronco atravesado en el cupo, hojas secas amontonadas en la boca del primer surco. Moyano no limpiaba desde la primavera. Claro, pensó. Con la cadera.

Dejó la linterna en el suelo y se arremangó.

A las tres menos cinco ya había sacado el tronco y rastrillado las hojas con las manos. A las tres levantó la compuerta de Moyano, despacio, una vuelta de volante, otra, hasta que el agua empezó a entrar en la hijuela con un golpe sordo y se abrió camino por la tierra seca, oscureciéndola a su paso.

Lo que Eladio no había calculado era el cansancio. A su edad, regar de noche no era lo mismo que repartir boletas de día. Siguió el agua surco por surco con la pala al hombro, tapando un boquete acá, abriendo una cabecera allá, hablándole en voz baja al agua como se le habla a un animal. A las cuatro se sentó en el borde de una acequia con la espalda mojada. Sacó el termo, se sirvió un mate cebado hacía horas, ya tibio y amargo, y lo tomó igual.

Entonces oyó el motor.

Una camioneta chica, con un solo faro, se detuvo en el portón. Bajó un muchacho flaco, de campera de la bodega, que miró la linterna en el suelo, la compuerta abierta, el agua.

—¿Usted es el tomero?

—Lo era —dijo Eladio—. Hasta el viernes.

—Soy Nacho, el nieto del vecino de abajo. Mi abuelo vio luz acá y me mandó a ver. Dijo que a Moyano no le gusta que anden de noche en la finca.

—Decile a tu abuelo que Moyano tiene turno de tres a cinco y que alguien se lo tiene que regar.

El muchacho se quedó mirando el agua que avanzaba despacio entre las cepas.

—¿Lo manda Moyano?

Eladio pensó en mentir. Era fácil, a las cuatro de la mañana nadie verifica nada.

—No —dijo—. Nadie me manda.

Nacho se quedó un rato más. Después fue hasta la camioneta, volvió con una pala y se puso a cerrar un boquete que Eladio, desde la acequia, no había visto. No hablaron más. Trabajaron uno en cada punta del surco, con la linterna dejando un círculo de luz que se corría con ellos, hasta que el agua llegó al final de la última hilera y empezó a brillar bajo el cielo, que ya se ponía gris por el lado de la cordillera.

A las cinco menos diez Eladio volvió a la compuerta. Bajó el volante. El ruido cambió, se hizo más chico, hasta que quedó solo el goteo en los cupos y el chasquido de la tierra tomando lo suyo.

Sacó la boleta del bolsillo, la alisó sobre la rodilla y escribió con el lápiz de carpintero, al lado de la hora: Regado. Turno completo.

Al día siguiente, el viernes, entregó las llaves de la camioneta y el manojo de boletas. Esa tarde manejó hasta el hospital con un frasco de dulce de membrillo que había comprado en la panadería. Moyano estaba sentado en la cama, con la pierna en alto, mirando el techo.

Se miraron un rato largo.

—Te regaron —dijo Eladio.

—Ya sé —dijo Moyano—. Me avisó el nieto de Quiroga. —Hizo un esfuerzo con la boca—. Dejaste el cupo limpio.

—Estaba sucio.

—Siempre estuvo sucio —dijo Moyano, y corrió con la mano la silla de plástico para que Eladio se sentara.

Afuera, en alguna parte de Luján, el agua de las cinco de la mañana seguía bajando por los surcos, oscureciendo la tierra de a poco, como una cosa que por fin se dice.

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