A las siete de la tarde el salón del club todavía olía a lavandina y a pizza de molde. Dora Ferreyra abrió la tapa del piano vertical, apoyó los dedos sobre el teclado y apretó la nota más grave del registro que usaba para el bajo. Sonó un golpe seco, sin cuerpo, como una puerta de placard.
—Ya te dije que no da —dijo Maxi desde el escenario, con la guitarra colgada y los cables enrollados en el brazo—. Esa tecla está muerta, Dora. Hoy me traje el teclado de casa, lo enchufo y listo.
—Hoy no —dijo ella, sin darse vuelta.
Tenía setenta y un años, treinta y ocho tocando los sábados en el club de barrio San Vicente, y esa noche era la última. El comisión directiva había decidido cerrar el salón para alquilarlo a un gimnasio. Nadie lo había dicho con esas palabras. Habían dicho “reorganización”.
Dora no quería un teclado. Quería tocar el piano de siempre, el que su madre le había hecho cargar en un Rastrojero hasta el club en 1986, y quería tocar el bajo con la mano izquierda como lo había tocado desde los quince años. Marcado, parejo, empujando. Su madre le había contado mil veces que en junio del cuarenta y tres había escuchado por LV3 a una mujer sentada al piano que no acompañaba a nadie: mandaba. “Con la izquierda, nena. Todo está en la izquierda.”
Se arremangó y abrió el mueble por la parte de atrás. Un olor a madera vieja y a fieltro. Adentro, entre el polvo, el martillo de la nota muerta colgaba torcido de su resorte, como un diente flojo.
—¿Tenés un destornillador? —preguntó.
Maxi suspiró, bajó la guitarra y le alcanzó uno del estuche. Veintiocho años, camisa brillante, la voz de cantante recién estrenada en el barrio. No era mala persona. Tenía miedo, nomás, de que el último baile saliera feo.
—Dora, faltan dos horas.
—Dos horas es un montón.
Trabajó con la linterna del celular en la boca. Encontró la causa a los veinte minutos: el resorte se había salido de su gancho y el martillo no volvía a la posición. Lo enganchó, lo soltó, probó. La nota sonó, pero hueca, con un zumbido adentro. Algo flojo, una cuerda aflojada. Midió con la uña, siguió la cuerda hasta la clavija y vio que estaba tres vueltas floja.
—No tengo llave de afinar —dijo.
—Yo menos —dijo Maxi.
Entró Teresa, la cocinera de las empanadas, con una bandeja y el delantal puesto.
—¿Qué buscan?
—Una llave de cuarenta años.
Teresa se rió y salió. Volvió a los cinco minutos con una pinza de cocina y un alicate de punta que sacó del cajón de los cuchillos. Dora lo miró con desconfianza, lo probó sobre la clavija, y la clavija giró un cuarto de vuelta, después otro. Tocaba la nota, giraba, tocaba. Maxi, sin que se lo pidieran, apoyó el oído contra el costado del mueble.
—Más —dijo—. Está baja.
—Ya sé que está baja.
—Ahora subió de más.
—Callate, nene.
A las ocho y diez apareció el bajo de verdad. Con el cuarto de vuelta final, la nota sonó entera. No perfecta, un poco ácida, como una fruta del patio, pero con cuerpo. Dora se sentó y tocó el compás que había aprendido con las manos de su madre sobre las suyas: izquierda, dos golpes firmes; derecha, la melodía suelta encima. Tunga, tunga. Tunga, tunga.
Maxi se quedó en silencio. Después sacó el teclado de la funda, lo miró un rato, y lo volvió a guardar.
—Tocamos con el piano —dijo.
A las once el salón estaba lleno. Vinieron los viejos del barrio y también los pibes que nunca habían pisado el club, convocados por un video que alguien había subido esa tarde. Había una nena de ocho años en brazos de su padre y un grupo de señoras que habían bailado ahí su primera vez en los ochenta. Maxi cantó, la banda sonó, y arriba de todo, por debajo de todo, la mano izquierda de Dora marcaba el piso.
A la una de la madrugada, entre canción y canción, Teresa se acercó a la tarima con un vaso de fernet.
—Vení a tomar algo.
—No puedo parar —dijo Dora—. Si paro, se acaba.
—Se acaba igual.
Dora la miró. Después miró el salón, los pies que seguían el pulso sin saber que lo seguían, las baldosas que temblaban un poquito con cada golpe del bajo.
—Una más —dijo.
Tocó una más. Después otra. Cuando por fin cerró la tapa, ya era domingo y el piano seguía sonando en el piso, en las suelas, en las paredes, como si la nota grave hubiera quedado dando vueltas, sin ganas de irse a ningún lado.
Al día siguiente la comisión directiva se juntó a las diez. A las once y media alguien propuso, por lo bajo, revisar el contrato con el gimnasio.
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