A las dos de la mañana Eusebia Mansilla ya tenía las manos metidas hasta las muñecas en la masa. Afuera el viento pegaba contra las chapas del galpón con un ruido de tambor flojo, y adentro, detrás de la cortina de arpillera que hacía de cocina, el único calor era el del fogón de hierro y el de su propio cuerpo.
Era la última noche de esquila en La Josefina, un campo a una hora y media de Puerto San Julián. Tres mil doscientas ovejas en cuatro días, quince personas en la comparsa, y una sola cocinera que se levantaba antes que todos. Eusebia llevaba veintidós años en eso. Había aprendido con su padre, que cocinó para comparsas cuando todavía eran de treinta y cinco hombres y el pan se amasaba en cajones de kerosene cortados al medio.
Esa noche quería hacer el pan como él lo hacía: masa tierna, sin apuro, con grasa de la buena y una sola levadura, la que guardaba en un frasco de dulce de membrillo dentro de su ropa para que no se le helara. Quería que a las cuatro, cuando sonara el silbato del primer turno, hubiera pan caliente sobre la mesa larga. Nada más. Después se iban todos, y el padre de nadie volvía a estar en esa cocina.
El problema era la leña. La lluvia fina de la tarde había mojado la pila de afuera, y el calden que quedaba seco apenas alcanzaba para la olla del mate cocido. Eusebia sopló el fogón, tosió el humo y maldijo bajito.
La cortina se movió. Entró un chico con la campera abierta y los ojos hinchados.
—¿Qué hacés levantado, Nahuel?
—No puedo dormir.
Nahuel tenía quince años y era el playero. Le tocaba juntar los vellones del piso, tirarlos sobre la mesa y, lo más importante, contar las latas: cada vellón que entregaba un esquilador era una lata, y al final de la jornada el playero decía en voz alta cuántas llevaba cada uno. Con eso se pagaba. Era un cargo de confianza, y era de los más difíciles porque los esquiladores cobraban por cabeza y miraban cada número como si fuera un cuchillo.
—Me equivoqué —dijo Nahuel—. Hoy a la tarde. Le puse once latas de menos a Segundino.
Eusebia no levantó la vista de la masa.
—¿Y él qué dijo?
—Que no pasa nada. Pero me miró. Don Adolfo me dijo que lo arregle yo, que anote bien. Y ahora no sé si anoté bien nada de lo de ayer.
—Venga para acá. Lávese las manos.
El chico se las lavó en el balde, con agua que había quedado apenas tibia. Eusebia le pasó un trozo de masa del tamaño de un puño.
—Bollo. Redondo. Lo ponés acá, en la tabla, y lo contás. Uno.
—¿Para qué?
—Para que veas que contar es lo más fácil del mundo, si uno no se apura.
Nahuel armó el primero, torpe. El segundo salió mejor. A los diez, ya tenía el movimiento: palma contra la tabla, giro, pellizco abajo. Eusebia le iba diciendo los números en voz baja, a su ritmo, y cuando él se perdía, volvía a empezar desde uno, sin retar.
A las tres menos veinte, con treinta y seis bollos en la tabla bajo un repasador, apareció el problema grande. El horno de barro, el que don Aurelio había hecho construir contra la pared sur del galpón, no levantaba temperatura. El viento se metía por la boca y apagaba las brasas.
—Hay que tapar la entrada —dijo Nahuel.
—Con qué.
El chico miró alrededor. Después salió. Volvió a los diez minutos arrastrando una chapa de zinc que había quedado de un corral viejo, con la barba pegada de escarcha.
—Hacemos un cortaviento —dijo.
Entre los dos la apoyaron contra la boca del horno y la afirmaron con dos fardos de lana vacíos. Eusebia cargó los pocos troncos secos, los armó en cruz como le había enseñado su padre y los prendió con astillas del cajón de la grasa. El fuego agarró, parejo, con ese sonido de papel que se arruga. Nahuel se agachó a mirarlo con las manos abiertas.
—Ahora esperamos —dijo ella.
Esperaron. Eusebia puso el agua para el mate y le dio al chico el primero, el más fuerte, el que se lava. Hablaron poco. Él contó que su mamá vivía en Valcheta y que le había prometido pagarle el cuaderno de la escuela con esta plata. Ella contó que su padre cocinaba con una radio a pilas que sólo agarraba una emisora, y que durante la esquila de 1989 se supo de un campeonato entero por la voz de un locutor que se cortaba cada tres minutos.
A las tres y cuarenta, Eusebia metió la pala. Pasó el brazo por la boca del horno, sintió el aire en la piel y supo que estaba bien. Fueron entrando las tandas, de a doce. Cuando sacó la primera, las tapas eran de un marrón oscuro y brillante, y al golpearlas con el nudillo sonaban huecas.
—Contalas —dijo.
—Doce —dijo Nahuel, sin dudar.
A las cuatro menos cinco ya estaban los treinta y seis sobre la mesa larga, tapados con un lienzo. Se oyó la camioneta del capataz, después las botas, después el silbato. Los esquiladores fueron llegando de a uno, despeinados, con las espaldas todavía duras de la jornada anterior. Segundino López levantó el lienzo y dejó que el vapor le subiera a la cara. Cerró los ojos un segundo.
—Esto es pan —dijo.
Nadie contestó, porque ya tenían la boca llena. Nahuel se paró al fondo, con el cuaderno en la mano y el lápiz detrás de la oreja, y empezó a anotar las primeras latas del último día.
Afuera clareaba sobre la meseta. Eusebia apagó el fogón, se limpió las manos en el delantal y se quedó mirando el horno. De la chapa caída salía todavía un hilo de humo, finito, derecho, que el viento no llegaba a cortar.
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