A las seis de la tarde del viernes, Eufemia Condorí se quedó sin hilo verde.
Lo supo antes de mirar el carretel, por el peso de la mano. Había bordado once hojas de parra sobre el corpiño del vestido de la reina, en seda blanca, con puntada de realce, una por una, y para la duodécima el ovillo ya no daba ni para la nervadura. Afuera, en la calle, alguien probaba un bombo para el desfile de la mañana. Desde la ventana del taller se veía el cerro pelado, color tiza, con el último sol encima.
—No hay verde en todo Cafayate, doña Eufemia —le dijo Nolasco, el hijo del almacenero, que le había traído el mandado y se quedó parado en la puerta—. Mi viejo vendió lo último el miércoles. El que queda está en Salta.
—Salta queda a ciento ochenta kilómetros.
—Y el colectivo ya pasó.
Eufemia dejó la aguja clavada en el almohadón. Tenía sesenta y un años, treinta y cuatro de oficio, y nunca había entregado nada tarde. Era abril de 1955, la Fiesta de la Vendimia llegaba a su edición número quince, y la reina de la bodega, una chica de diecinueve años con las manos frías, se probaría el vestido a las siete de la mañana en la casa de la familia.
—Tengo hilo blanco —dijo, más para sí—. Blanco me sobra.
—¿Y para qué sirve blanco?
—Para teñirlo.
Nolasco se rió, pero ella ya se había levantado. Sacó de abajo del cajón una olla de hierro que no usaba desde que su madre le enseñó a teñir lana de llama con cáscara de nogal, y la puso sobre las brasas del patio. Después miró alrededor buscando una planta, y no hizo falta buscar mucho. Todo el fondo de la casa era parral.
Las hojas de abril ya no eran verdes. Hacía semanas que la vendimia andaba por los parrales, que los racimos de torrontés se habían ido para las bodegas y que las hojas se quedaban solas, secas y quebradizas, del color de la miel vieja. Eufemia juntó dos delantales llenos y los tiró al agua. Nolasco se arremangó y empezó a revolver sin que nadie se lo pidiera.
—Va a salir amarillo —dijo él, mirando hervir.
—Va a salir lo que salga.
—Pero las hojas del vestido son verdes. Ya hizo once.
Eufemia no contestó. Metió las madejas blancas con la cuchara de palo, las hundió y las dejó. El patio se llenó de un olor a tabaco dulce, a pasto cortado y a algo más, a bodega vacía. Se sentó en el banquito a esperar y se dio cuenta de que le temblaban los dedos. Tenía miedo. Hacía treinta y cuatro años que cosía lo que le encargaban, lo que le pedía el cliente, el color que decía la señora. Nunca había decidido ella cómo se veía una cosa.
A las nueve de la noche sacó la primera madeja. El hilo había quedado de un amarillo tostado, con un fondo verdoso que se movía según la luz del farol. Lo lavó en la acequia, lo apretó con un trapo y lo colgó de una cuerda. Nolasco se había dormido sentado contra la pared.
Bordó toda la noche. La duodécima hoja le salió distinta de las otras once, y la decimotercera también. Ya no eran hojas de parra de enero, anchas y mojadas, sino hojas de abril, con el borde enroscado y una vena más oscura en el medio. A la una de la mañana entendió que no podía deshacer lo hecho para igualarlas, y que tampoco quería. A las tres empezó a bordar la hoja número catorce, y la puso más abajo, casi en el vuelo, como si se hubiera caído.
A las seis y media terminó. Cortó el hilo con los dientes, como le habían prohibido hacer toda la vida, y se quedó mirando el vestido tendido sobre la mesa. Arriba, once hojas verdes, quietas y correctas. Abajo, tres amarillas, que parecían moverse.
La reina llegó a las siete con la madre y una tía. Se lo puso en silencio, de espaldas al espejo, y cuando se dio vuelta nadie dijo nada. La madre abrió la boca para quejarse del color y la cerró de nuevo. La chica se pasó la mano por la tela, despacio, por donde estaban las hojas viejas.
—Parece el cerro —dijo—. Parece cuando el sol se va.
—Es el torrontés —dijo Eufemia, y se sorprendió de decirlo—. Es lo que queda cuando se llevan la uva.
Esa mañana el desfile salió con sol, con bombos, con carros de racimos y chicos disfrazados de cosechadores. La reina iba arriba del último carro, con el vestido que se le movía con el viento. Eufemia la vio pasar desde la vereda, con Nolasco al lado, que seguía con las manos manchadas de amarillo hasta las muñecas y no pensaba lavárselas.
Nadie sabía que la fiesta no iba a tener una edición dieciséis. Nadie en la calle lo sospechaba, ni siquiera ella, que volvió a su casa caminando despacio, pasó por debajo del parral y se detuvo junto a la cuerda donde todavía colgaba, secándose, la última madeja.
La descolgó. Le sobraba un metro de hilo, apenas. Lo enrolló en el dedo, lo guardó en el bolsillo del delantal y se fue a hacer el mate.
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