La piedra de Villagra

Rufina Villagra le dio vuelta al queso sobre la tabla de algarrobo y le pasó la palma de la mano, como se le pasa a un chico cuando se despierta con fiebre. Estaba parejo. La corteza tenía el color del pan cuando recién se enfría, y abajo, si apretaba con el pulgar, cedía un poco y volvía. Ismael le habría hecho ese mismo gesto durante cuarenta años. Ella nunca había tenido permiso para hacerlo.

—Con la leche no te metas —le decía él—. Vos preparás el almuerzo y yo el queso.

Había aprendido a mirar la leche de lejos, desde la puerta de la cocina, mientras él gritaba que no se acercara. Lo sabía todo: la temperatura en que el dedo ya no aguanta, el momento en que la cuajada se despega de la cuba, cuánto pesa la sal en la mano. Nunca se lo dijo. Era una forma de tener algo que fuera solo de ella.

Ismael murió en agosto. En el galpón de piedra, al fondo del terreno, en Tafí del Valle, quedaron la cuba, las tablas de curado, un balde de sal gruesa y la piedra. Era una laja redonda, gris, del tamaño de una rueda de bicicleta, que su suegro había bajado del cerro en una carretilla. Con esa piedra se prensaban los quesos de la familia desde antes de que hubiera luz eléctrica en la ruta.

En febrero se hacía la Fiesta Nacional del Queso, en el Complejo Democracia, sobre la ruta 307. Ismael se presentaba todos los años al concurso del queso tafinisto. Y todos los años quedaba segundo.

—Nunca primero —contaba Rufina en la feria, con un poco de orgullo y otro poco de rabia—. Segundo, siempre. Nueve veces.

Este año se anotó ella.

—¿Vos? —dijo la chica de la mesa de inscripción, que era la hija de una vecina—. Ay, Rufi, perdón. No, digo, qué bueno. ¿Con qué nombre lo anoto?

—Con el mío.

Llevó el queso envuelto en un repasador, en el asiento de adelante de la camioneta, con el cinturón puesto por si acaso. La ruta subía entre cardones y vacas echadas en la sombra de los álamos. Los cerros estaban verdes de tanta lluvia. Cuando bajó, en el patio del complejo, ya sonaba un bombo y olía a carne en las brasas y a empanada frita. Había gente de poncho con la gorra en la mano, turistas con gorras de marca, caballos atados bajo los sauces.

La mesa del jurado quedaba en una carpa con el piso de tierra regado para que no levantara polvo. Eran cuatro hombres y una mujer de guardapolvo blanco, con cuchillos chicos y vasos de agua. Cada queso tenía un número en lugar de nombre. El de Rufina era el diecisiete.

Esperó afuera, sentada en un banquito de plástico, con las manos entre las rodillas. Un chico le ofreció una gaseosa y ella dijo que no. Pensó en Ismael probando su queso en el galpón, con los ojos cerrados, mascando despacio, y en lo que decía siempre, después de un rato largo:

—Le falta.

No decía qué. Rufina nunca supo si era una forma de cariño o de avaricia.

A las seis de la tarde el parlante carraspeó. El locutor, un hombre con voz de radio de pueblo, fue leyendo desde el tercer puesto.

—Tercer puesto, queso número nueve, de la familia Alancay, de La Ciénaga.

Aplausos. Rufina sintió que se le aflojaba algo en la espalda.

—Segundo puesto…

Se quedó quieta. Tenía el repasador doblado en el regazo, y lo apretaba tanto que se le entumecieron los dedos.

—…queso número diecisiete.

Hubo un instante de silencio que no era de nadie. Después alguien gritó “¡Es de la viuda de Villagra!”, y la gente se dio vuelta a mirarla, y ella se puso de pie sin darse cuenta, como cuando llaman por el apellido en un hospital.

En el escenario le dieron una cinta azul y un diploma con una orla de flores. La mujer del guardapolvo blanco se le acercó y le dijo al oído, sin micrófono:

—Tiene el punto justo. Sal justa, curado justo. Le falta una sola cosa.

—¿Qué cosa?

—No sé, señora. Si lo supiera, lo haría yo.

Rufina se rió. Se rió fuerte, con la cabeza echada para atrás, delante de todos, hasta que se le llenaron los ojos. Alguien pensó que lloraba de emoción, y la aplaudió más.

Volvió a la casa con el sol ya bajo, cuando la sombra de los cerros se estira hasta el río. Entró al galpón sin prender la luz. Ahí estaba la piedra, redonda y fría, con la marca de los quesos viejos en el borde, como los anillos de un árbol.

Sacó la cinta azul del bolsillo del delantal. La ató alrededor de la piedra, dos vueltas y un nudo de zapatos, y se quedó mirando cómo el último rayo del día entraba por la rendija de la chapa y le encendía el color.

—Segundo —dijo en voz alta—. Igual que vos.

Después fue a la cocina, puso la pava y pensó en la próxima leche.

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