El pan de sal de Maimará

El hacha de Nicasio Mamaní tenía el mango gastado en dos lugares, donde apoyaban las palmas, y el filo más nuevo que todo lo demás, porque lo había cambiado dos veces y el palo nunca.

Eran las siete y la salina todavía no brillaba. A las siete la sal es gris, un piso de ceniza dura bajo un cielo de la misma altura, y el frío de Salinas Grandes se mete por las suelas. Nicasio marcó el rectángulo con la punta del hacha, como le había enseñado su padre, y empezó a cortar. Un golpe, otro, el crujido seco que sube por los brazos. A los tres mil cuatrocientos metros uno respira corto y trabaja despacio, o no trabaja.

—Tata, ya hay pala carbonera y hay camión —dijo Rosalía, su nieta, apoyada en la camioneta con las manos en los bolsillos del buzo—. No hace falta que cortes a mano.

—Pan de sal se corta a hacha. Lo otro es sal a granel.

—La Cooperativa vende a granel y le va bien.

—Y yo no digo nada. Pero este pan es para otra cosa.

Rosalía no preguntó para qué. Había manejado desde San Miguel de Colorados a las seis de la mañana sin que le explicaran nada, solo con el pedido de su abuelo la noche anterior, mientras pelaban habas: “Mañana me llevás a la salina y después a la Quebrada. Tengo que cumplir con Eusebio”.

Cuatro golpes más y el pan se aflojó. Nicasio metió la hoja por debajo, hizo palanca y levantó un ladrillo largo, blanco por dentro, que le pesaba en los brazos igual que a los diez años. Lo envolvió en una manta de lana de oveja y lo cargó él solo. Rosalía lo dejó.

La Ruta 52 baja hacia Purmamarca en curvas apretadas, y en la cuesta del Lipán el aire se espesó y se volvió tibio de golpe. Nicasio iba mirando por la ventanilla los cerros que cambiaban de color: ocre, después violeta, después ese rojo cobrizo que ya no parecía de piedra. Con las tropas de burros esa bajada llevaba días. Su padre salía con treinta animales cargados, charqui, tejidos, panes de sal, y volvía a los quince días con harina de maíz, fruta, papas. Antes de salir challaban a los burros con alcohol, les ataban lana de colores. En las apachetas dejaban coca, un durazno, una piedrita.

—¿Y quién es Eusebio? —preguntó por fin Rosalía, en una curva.

—Mi compadre de Maimará. Cada invierno, cuarenta años, le llevé un pan. Él me daba una bolsa de harina de maíz y un frasco de membrillo de su mujer. Hace cuatro años que no voy. Se me fueron pasando los inviernos.

Pasaron Purmamarca con su cerro de siete colores todavía vacío de turistas, y siguieron por la Quebrada hacia el norte, entre cardones y álamos pelados, con el río Grande bajo, de agua marrón y delgada. En Maimará el pueblo se acomoda en una ladera de adobe y de paredes encaladas, y la paleta de cerros de enfrente se prendió al mediodía con un color que Nicasio había estado a punto de olvidar.

La casa de Eusebio tenía el portón azul de siempre, pero el azul se había descascarado. Nicasio bajó con el pan en brazos y golpeó las manos, como se hace.

Abrió una mujer de unos cincuenta años, con un delantal y harina hasta los codos.

—Buen día. Busco a don Eusebio Cruz.

La mujer lo miró, miró el bulto de la manta, miró a Rosalía en la camioneta. Se secó las manos despacio.

—Mi papá murió en agosto del año pasado.

Nicasio se quedó con el pan entre los brazos. El peso, de pronto, se le fue a las rodillas.

—No me avisaron —dijo, y enseguida se corrigió—. No, claro. Hace cuatro años que no vengo. ¿Cómo iban a avisarme?

—Usted es el compadre de la salina —dijo ella—. Nicasio. Mi papá hablaba de usted en cada helada. Decía “si llega el pan, es que el invierno va en serio”.

No hubo nada más que decir en el portón. Ella lo hizo pasar a una cocina baja, de paredes ahumadas, con un fuego de leña encendido y un cajón de choclos secos bajo la mesa. Rosalía entró detrás y se quedó parada junto a la puerta. Nicasio dejó el pan sobre la mesa y deshizo la manta. La sal estaba tan blanca que parecía alumbrar la cocina.

—Tenía que traerle esto —dijo—. Eran cuarenta años. No quería faltar a uno más.

—Pan de sal —dijo la mujer, y pasó los dedos por la superficie, con respeto, como quien toca un animal dormido—. Yo me llamo Mercedes. Le debo una bolsa de harina y el membrillo.

—No se debe nada.

—Así era el trato —dijo Mercedes, y fue hasta la alacena. Volvió con una bolsa de tela blanca, atada con un hilo rojo, y un frasco con tapa de lata, el dulce oscuro y espeso—. La harina la molí la semana pasada. Mi papá hubiera querido que fuera esta.

Nicasio aceptó la bolsa con las dos manos. Pesaba lo justo, lo que siempre había pesado. Comieron los tres un plato de ulpada tibia y no hablaron de Eusebio, pero se hablaron de él en todo: en la manera en que Mercedes servía, en el pan de sal que no se movió de la mesa.

A la vuelta, ya cerca de Purmamarca, el sol bajaba por detrás de la sierra y hacía arder el rojo de las paredes. Rosalía manejaba despacio. En la ruta, en una curva de la cuesta, Nicasio le pidió que parara. Bajó con la bolsa de harina, caminó hasta una pila de piedras al borde del camino, una apacheta que alguien mantenía, y sacó del bolsillo un puñado de harina cruda. La dejó caer despacio sobre las piedras. Después le ató alrededor de una de ellas un hilo rojo que había guardado del nudo de la bolsa.

—Para que el viaje no se corte —dijo.

Rosalía bajó de la camioneta y se paró a su lado. Sacó del bolsillo del buzo una moneda y, sin que nadie se lo pidiera, la puso arriba.

El viento movió el hilo. A lo lejos, en la salina, se apagaba el último brillo, y el hacha quedó esperando en la caja de la camioneta, con el mango marcado por dos manos, para el próximo invierno.

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