Ismael Quiroga tenía la espátula en la mano desde las nueve y todavía no había tocado el surtidor.
Era el último martes de abril y el verano se había ido de Bajo Caracoles como siempre, de un día para otro: el viernes, un micro de holandeses; el lunes, nada, y un viento con olor a nieve. Las sillas del salón estaban patas arriba sobre las ocho mesas. Quedaban tres habitaciones abiertas hasta octubre, por si algún camionero chileno de los que bajan a Punta Arenas necesitaba dormir.
Ismael tenía sesenta y ocho años y la cara cuarteada igual que el frente de piedra del boliche, que seguía parado desde 1920 contra todo pronóstico. Cada otoño, antes de que la nieve cerrara el camino, limpiaba los surtidores. El polvo, el barro del ripio, los bichos de la ruta. Las calcomanías no las tocaba nunca. Había de ciclistas daneses, de clubes de motoqueros de Córdoba, de una cooperativa de Valdivia, de un colegio de Bahía Blanca. Se pisaban unas a otras desde hacía treinta y siete años, y el plástico del surtidor de nafta súper ya no se veía: era un caparazón de colores, grueso como un dedo.
Pero ese día traía una pava hirviendo y un trapo.
—¿Qué hacés? —preguntó Yésica, que lo ayudaba en la cocina, asomada a la puerta con el mate.
—Busco una.
—¿Entre todas esas?
—Es un rectángulo azul, del tamaño de una tarjeta. Dice Transportes Quiroga.
Yésica tenía veintidós años y había llegado en diciembre para una temporada. Miró el surtidor, miró al viejo y se calló. Eso le gustaba de ella.
La razón se la dio igual, mientras el vapor de la pava aflojaba el primer borde. En octubre llegaba el surtidor nuevo, uno blanco y liso, y el viejo se iba en la camioneta a la chatarra de Perito Moreno, a ciento veintiocho kilómetros, con todo lo que tenía pegado. Treinta y siete años de gente, a la chatarra. Y en algún lugar de ese caparazón estaba el rectángulo azul que él mismo había pegado en el invierno del ochenta y nueve.
Pelar el plástico era lento. El vapor ablandaba el pegamento, la espátula levantaba una punta, y la calcomanía salía entera o salía en tiras. Ismael las iba poniendo una por una sobre el hule de la mesa seis, en el mismo orden en que salían, de arriba hacia abajo. Un oso polar de unos suizos. Una bandera con una luna. La de una escuela rural, con un guanaco dibujado por un chico, con cinco patas. “Pasamos en moto, volvemos en 2012”, decía otra. Nunca habían vuelto, o habían vuelto cuando el boliche estaba cerrado.
A las tres de la tarde el hule tenía cuatro capas de mundo y a Ismael le dolían las muñecas. Yésica le trajo un tostado y una frazada para los hombros. Afuera, lejos, el Monte San Lorenzo tenía la cumbre blanca, y el viento, sin turistas a quienes despeinar, se ocupaba de la bandera de la entrada.
—¿Quién era Quiroga? —preguntó ella al fin.
—Mi viejo. Camionero. Mendoza–Río Gallegos durante treinta años, siempre por la 40, cuando la 40 era un camino de pozos. Yo iba de acompañante.
—¿Y el camión?
—Se quedó acá. —Señaló con el mentón el lugar donde estaba estacionada la camioneta—. En junio del ochenta y nueve. A mi viejo se le paró el corazón en el volante, ahí mismo. Yo tenía treinta y un años. Paré el camión, apagué el motor, y la señora que atendía entonces, doña Aurelia, me dio un té y una pieza. Esa noche saqué de la guantera unas calcomanías que mi viejo había mandado a hacer en Mendoza y que nunca había pegado en ningún lado, por vergüenza. Pegué una en el surtidor. Era lo único que tenía con su nombre para dejar en este lugar.
—¿Y te quedaste?
—Una semana, por la nevada. Después ya no supe cómo irme.
Yésica no dijo “lo siento”, que era lo que Ismael temía. Agarró la otra espátula, la de la cocina, se puso del otro lado del surtidor y empezó a levantar bordes.
Sacaron capas hasta que se hizo de noche y prendieron la luz del alero. A las ocho, debajo de un perro de dibujos animados y de la calcomanía de una cooperativa de Valdivia, apareció una punta azul. Estaba descolorida, casi gris, y el pegamento había tomado el color del té. Ismael pasó el vapor despacio, con la mano temblándole. Decía Transportes Quiroga e Hijo. Su padre lo había hecho imprimir así, en singular, por si algún día. Nunca se lo había dicho en vida, y Ismael recién lo leyó bien esa noche, con la nariz pegada al plástico.
Salió entera. La puso sobre el hule, aparte de las demás, y se quedó mirándola.
—En el surtidor nuevo va a quedar bien —dijo Yésica.
—Va a quedar abajo de todo —dijo él—. Donde no se vea. Para que el primero siga siendo el primero.
En octubre llegó el surtidor blanco, liso, con olor a fábrica. Ismael pegó el rectángulo azul en la base, en la esquina de atrás, a la altura de la rodilla, y lo aplastó con el pulgar hasta que no quedó una burbuja. Después fue pegando las demás, al revés de como las había sacado, de la más vieja a la más nueva. No entraron todas. Las que sobraron se quedaron en una caja de zapatos, esperando el verano.
El primero en cargar fue un ciclista con las alforjas llenas de polvo. Pidió permiso, sacó una calcomanía del bolsillo y la pegó arriba de todo. Ismael no dijo nada. El viento probó el borde con una uña y no pudo levantarlo. Abajo, donde nadie mira, estaba el nombre de su padre. Arriba ya empezaba otro caparazón.
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